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“Me arrodillaría frente a ti, subiría mis manos por tus muslos, llegaría hasta tu sexo y apartaría tu panty con mi boca”

11/07/2019 | Autor: Rincón Erótico
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El reloj marcaba las 8:22 pm. Estaba en mi oficina cuando recibí un e-mail de Mario. Un simple “hola” era el asunto. Me sorprendió la reacción que tuve: el corazón se me desbocó, sentía la sangre caliente corriendo por mis venas… me excité. Así de la nada me imaginé a Mario desnudo, sin embargo, aun así no quería leer el contenido del correo.

Pasaron más de 40 minutos antes de que me decidiera a hacerlo. Entre una junta, varias llamadas y la revisión de más correos, me entretuve todo ese tiempo antes de darle click al mail de Mario. ¿Qué podría decir? Un inocente “hola” no significaba nada, pero ¿cómo saberlo? Era el tercer mail que recibía en la semana y los tres decían lo mismo: “Tengo que verte…”

Ahora tenía miedo de que dijera otra cosa, aunque muy en el fondo quería que expresara algo más que eso. Al abrirlo, efectivamente descubrí que esta vez remataba con lo que yo siempre había querido leer: “Tengo que verte… quiero hacerte el amor”. Al terminar de leer estaba temblorosa, muy agitada, no me podía concentrar y me empecé a imaginar de nuevo el perfecto torso de Mario, sus brazos firmes envolviéndome, su aliento en mi cuello…

Casi sin pensar le di reply al mail y escribí: 

-“Dime dónde: 55124578, Susana”.

 

Apreté el botón para enviarlo y me sentí aún más nerviosa que antes, porque pensé que mi correo le hablaría de una chica desesperada por tener sexo y un sinfín de locuras más. Estaba pensando en eso cuando mi jefa me llamó a la sala de proyecciones para una junta, al llegar a ella apenas me estaba sentando y mi celular vibró avisándome que tenía un mensaje nuevo. Como no conocía el número decidí leerlo discretamente y casi me desmayo de la impresión: 

-“Imagino que bajo tu falda usas una sensual panty ¿o me equivoco?” 

Enseguida le respondí: 

-“Panty negra de encaje…” 

Los cinco minutos que tardó en responder se me hicieron eternos. Obviamente no me podía concentrar en lo que mi jefa decía en la junta. Yo estaba lejos de ella, así que no podía ver que estaba mandando mensajes. 

-“¿Quieres que te diga lo que te haría si estuvieras aquí?”, apareció en la pantalla. 

No pude resistirme y la curiosidad hizo que le respondiera: 

-“Sorpréndeme… sólo de imaginarlo me pones caliente”.

Había empezado a excitarme con el simple hecho de imaginarme su respuesta. Para entretenerme garabateé algo en mis papeles, y mi mente seguía estando con Mario y con su perfecto cuerpo. Nos habíamos conocido en un bar hacía apenas tres meses en el cumpleaños de una amiga mía. Gaby estaba saliendo con él aunque no era su novio y me lo había descrito como un hombre maravilloso y muy guapo, pero la verdad es que se quedó corta: Mario era el sueño de toda mujer hecho realidad y al momento de vernos experimentamos una química instantánea. En ese momento era un hombre prohibido para mí, aunque eso no impedía que nos coqueteáramos inocentemente… o al menos eso pensaba yo. 

Después de dos semanas de ese primer encuentro, lo volví a ver de casualidad en otro bar. Iba solo y estuvimos toda la noche flirteando, platicando de nuestras respectivas carreras: él es un exitoso arquitecto y yo contadora de una empresa constructora. Durante el encuentro Mario insistió mucho en que le diera mi número de celular, pero opté por darle mi correo personal, creí que no era apropiado darle el de la oficina. Al despedirse en la entrada del bar me susurró al oído: 

-“Eres muy sexy, ¿sabías? Te ves muy rica con ese vestido”-, al mismo tiempo se acercó a mí y me plantó un beso apasionado mordiéndome el labio inferior.  

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Yo lo abracé para que sintiera mis senos en su pecho, hubiera querido desnudarlo ahí mismo pero me contuve. Se despidió de mí y subió a su carro. Pasaron casi dos meses y pensé que Mario ya me había olvidado, hasta que recibí el primer mail con la frase que me inquietó y que no me dejaba de dar vueltas en la cabeza. Ahora estaba yo ahí esperando un mensaje suyo:

-“Me arrodillaría frente a ti, subiría mis manos por tus muslos, llegaría hasta tu sexo y apartaría tu panty con mi boca”.

Yo respondí:

-“Tu pene se me antoja mucho, quiero sentirlo dentro de mí, chuparlo hasta que te vengas… ¿qué más me harías?” Al terminar de escribir el mensaje sentí cómo mi sexo se humedecía, mi vagina empezaba a contraerse y sentía mis pezones duros. Con sólo palabras, Mario estaba logrando excitarme muchísimo. 

Definitivamente no me podía concentrar en nada, salí de la sala y me dirigí baño, en eso llegó otro mensaje:

-“Si estuvieras aquí, chuparía tu clítoris mientras mis manos recorren tus senos, tus nalgas, tu espalda… quiero recorrer con mi lengua todo tu cuerpo”.

 

Mi lujuria para ese momento ya no tenía freno:

-“Me tienes súper excitada, pondría tu pene entre mis senos para chuparlo una y otra vez…”

En mi mente podía sentir claramente cómo me embestía y chupaba mis pezones erectos. Sentía el calor de su piel contra la mía mientras el vaivén de nuestro cuerpo se volvía desesperado. Quería inventar una excusa y salir corriendo a sus brazos. 

Salí disparada a mi oficina. Cerré la puerta por dentro y pedí que no me molestaran. Tenía que calmarme, no quería que mi jefa me viera así. Traté de poner orden en mi escritorio cuando volvió a vibrar mi celular: 

-“¿Se te antoja que te vende los ojos?”

Los mensajes fueron llegando uno tras otro y las respuestas se hacían cada vez más intensas. No podía creer que me atreviera a tanto…

El último mensaje sólo decía:

-“Nos vemos en el Hotel Imperial, a las 7pm”

Miré el reloj y marcaba las 5:17

 

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