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Revista Veintitantos

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Relato sexo vecino

El sexy encuentro con mi vecino

"Me tomó por la cintura hasta hacer que su miembro se frotara sobre mí… una… dos… tres veces"

10/10/2019 | Autor: @20s
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El elevador estaba a punto de cerrarse cuando la mano de Saúl detuvo la puerta para detenerlo.

-No, no me dejes-, dijo en son de broma mientras entraba y oprimía el número 3.

No pude evitar sonreír ni ponerme un poco nerviosa al verme atrapada por unos instantes con el vecino más guapo que había tenido. Llevaba 2 años de conocerlo y siempre me había llamado la atención pero me sentía demasiado nerviosa cerca de él así que huía de sus charlas –la mayoría picantes- en cuanto podía.

Durante casi todo ese tiempo nunca fuimos más allá de los típicos saludos y breves conversaciones de vecinos, hasta hacía unos 3 meses yo llegaba con unas bolsas enormes del súper, llevaba todo, batallaba entrando al vestíbulo y justo cuando me quedaba una bolsa apareció Saúl dispuesto a rescatarme.

-Hola, déjame ayudarte-, me dijo mientras se agachaba por la bolsa.

Apenas pude detener mi paso hacía la bolsa, me quede parada a unos centímetros frente a él y no pude evitar verle el trasero mientras se agachaba, me quedé tan embobada que no me dio tiempo de reaccionar  y dar un paso atrás. Recuerdo que pensé “justo como me gustan”.

Cuando Saúl levantaba la bolsa sus ojos -a decir verdad todo su rostro-  me recorrieron desde la rodilla hasta el cuello sin que ninguno de los dos pudiera evitarlo.

Indefensa vi cómo su mirada se detenía en mis senos. En cuanto llegó a mi cara yo estaba sonrojada por la forma en que me vio y la que yo lo había visto. No estaba segura que no se hubiera dado cuenta de mi vistazo a sus nalgas.

Vecino sexy

 

 

Se hizo un silencio incómodo. Me había quedado sin voz y lo más que pude hacer fue sonreír y darle la espalda, torpemente trataba de alcanzar el resto de las bolsas. Llevaba una t-shirt, minifalda y tenis, mientras recogía las bolsas no me quitaba de la mente que ahora él pudiera estar viéndome el trasero, me resigné e intenté apurarme.

-Te ayudo, te ayudo-, trató de quitarme algunas bolsas más. En el elevador, sólo apretó el botón que señalaba el piso 4, el mío.

Muchas gracias por la ayuda, compré medio súper-, dije intentando que el momento bochornoso pasara ya.

No te apures, además a mí me gusta cargar…-, levantó la bolsa que llevaba en la mano derecha para ver el contenido, puso cara de contrariedad un momento pero enseguida dijo con maldad:

-Melones-.

No pudimos evitar la carcajada. Ambos estábamos nuevamente avergonzados pero no podíamos salir huyendo, así que lo tomamos con humor. Me acompañó hasta mi cocina y enseguida en un tono de fingida solemnidad agregó:

-Fue un placer ayudarte con tus melones, se ven… bien escogidos… saludables… disfrútalos-.

Volvimos a reír y desde entonces cada vez que nos encontrábamos nuestras pláticas eran en doble sentido, cada vez un poco más elevadas de tono.

Así comenzamos a flirtear. En presencia de otros vecinos nos las arreglábamos para que nuestras charlas parecieran inocentes o incoherentes.

Por eso no sabía si era una bendición o una tortura tenerlo ahí, para mí sola. Esta vez no dijo nada, se dedicó a observarme descaradamente intentando ponerme nerviosa. Yo le seguí el juego, coqueteándole en silencio, moviéndome en poco ante el espejo del ascensor. En cuanto éste se detuvo, dijo:

-Te invitó un café-, las puertas se abrieron y antes de que pudiera darle una respuesta, ya me había tomado de la mano y empujado al pasillo.

-¿O no se te antoja?-, agregó mientras ponía su cara frente a la mía y sus manos ligeramente sobre mi cintura.

-Claro, precisamente venía pensando que se me antojaba uno rico y caliente-, no sabía de dónde había salido la frase pero me alegré que tuviera lógica en todos los sentidos.

Se dio la vuelta, abrió la puerta y me invitó a pasar. Durante un rato se dedicó hacer crecer la tensión sexual.

En lugar de café volvió enseguida con un par de cervezas, hablamos como una hora de trivialidades: trabajo, el edificio, los vecinos, etc., aparentemente las cosas se iban enfriando, mis nervios estaban pasando cuando de pronto dijo:

-Creo que estoy muy lejos-, se acercó peligrosamente. Sus manos chocaron “sin intención” con las mías, mientras trataba de acomodarlas en algún lugar. Me alegró notar que él también estaba tenso.

Por un momento me quedé mirando lo cerca que estábamos y disfrutando el roce de su mano con la mía, al levantar la vista me encontré con la suya acercándose para besarme. En minutos desahogamos todas las semanas que nos habíamos estado deseando. Recorrimos nuestro cuerpo por encima de la ropa con desesperación e insistencia, podía sentir cuán caliente estaba, su pene se sentía listo para penetrarme toda la noche.

 

Estábamos teniendo un faje delicioso, aunque me desconcertaba un poco que no avanzara; yo deseaba estar desnuda ante él y sentir esas caricias directamente sobre mi piel. De pronto tomó una de mis manos y la condujo entre sus pantalones. La piel de su pene era deliciosamente suave, se sentía viril y, en cuanto noté una ligera humedad, me dieron ganas de frotarlo contra todo mi cuerpo.

Saúl se concentró en disfrutar mis movimientos, casi mecánicamente me acariciaba los senos. Dejamos de besarnos y nos miramos casi hipnóticamente, sin dejar de tocarnos –ahora lentamente-.

El timbre nos sacó de nuestro trance, era uno de sus amigos esperándolo en la puerta del edificio para salir. La sorpresa fue tal que ambos nos desconcertamos de hasta donde había llegado nuestro juego. Así que mientras Saúl buscaba en su mente qué decirle a su amigo por el interfon, yo con señas le dije que me iba. Y huí, mientras él decía que bajaba en 5 minutos.

No volví a saber de él durante toda una semana. Tenía mil pendientes que arreglar. Hasta un día que llegaba del trabajo y llovía a cántaros, estaba afuera del edificio y no encontraba mis llaves. Totalmente empapada,  torpemente abría mi bolso intentando a un tiempo que nada dentro se mojara y, a la vez, tratando de tantear y adivinar dónde demonios había puesto las llaves. Quizá tarde un minuto, pero cada segundo me pareció una eternidad. Estaba histérica.

De pronto como un  ángel caído del cielo se apareció Saúl, abriéndome paso hacía el vestíbulo de nuestro edificio.  

-Muchas gracias, no encontré mis llaves-, le dije tratando secarme aunque de antemano sabía que estaba totalmente empapada.

-Por suerte el taxi me dejó justo en la entrada, ya era el destino-, me dijo con una sonrisa mientras tardíamente quitaba su mirada de mis pezones que se veían a través de mi blusa y mi bra mojados. Darme cuenta de eso me prendió.

El elevador no servía. Nos dirigimos hacía las escaleras, tuve tiempo para detectar su loción, tenía un aroma exquisito que terminó de calentarme. No hablamos, pero sabíamos que ambos deseábamos terminar nuestro encuentro… al menos yo no dejaba de repetir en la mente: “quiero hacerlo, quiero hacerlo hoy”.  

Llegamos frente a su puerta y me di la vuelta para agradecerle la “salvada” y despedirme, pero adelantándose a mi despedida Sául me invitó a pasar:

-Por qué no buscas tus llaves adentro-, dijo señalando su departamento.

-Cómo crees estoy empapadísima-, el doble sentido había comenzado de nuevo.

Sonrío. También lo había entendido así.

-Lo veo perfectamente y no le encuentro nada de malo, si te invito a pasar es precisamente por eso-.

Abrió la puerta y entramos. Yo temblaba de frío. Me tomó de la mano y sin hablar nos dirigimos a su habitación.

-Necesito quitarme esto-, dije mirando mi ropa en cuanto estuvimos frente a la cama.

-Mejor date un baño, yo te acompaño, claro si tú quieres-.

Y sin darme tiempo de responder, nuevamente me condujo hasta el baño. Me dejé llevar. Me desnudó lentamente, abrió la regadera y me invitó a entrar. El agua era tibia. Cayó deliciosamente sobre mi cuerpo. Me sentía tan urgida que mientras lo miraba quitarse la ropa comencé a tocarme. Pude ver como su erección crecía viéndome.

Cuando entró al agua me dio un beso largo y empapado, sus manos buscaron mis senos, los recorrió con toda la palma y luego sus dedos índice y pulgar apretaron mis pezones por unos segundos. Su boca se deslizó hasta ahí y tras chuparlos, regresó a mi boca para que nuestros cuerpos quedarán lo más cerca posible.

Me tomó por la cintura hasta hacer que su miembro se frotara vigorosamente sobre mi pubis… una… dos… tres veces.  Sus manos me recorrieron toda la espalda. Acarició mis glúteos, me recargó en la pared y me levantó hasta enredar mis muslos sobre su cintura.

Encajó su pene lentamente, un gemido se escapó de mi garganta. La sensación y el caer del agua me hicieron tener de inmediato un primer orgasmo. En el furor del éxtasis le ofrecí mis senos para que los chupara a su placer, tomé uno y se lo puse en la boca, lo paseé de un lado a otro; luego lo cambié por el otro, lo introduje casi todo en su boca, hizo presión simulando una mordida y así lo deslicé –sacándolo- hasta dejarle entre los dientes y los labios solamente el pezón.

Sus manos amasaban insistentemente mis glúteos. El placer era inmenso. Esa mezcla de sensaciones me provocaron una especie de cosquilleo desde el vientre hasta los pies, un ligero calor me invadió, desee que las penetraciones se hicieran más profundas así que comencé a impulsarme para lograrlo.

Saúl se esmeró en hacerme subir y bajar, cada vez más rápido. No me di cuenta del momento en que comencé a gemir… a gritar ahogadamente. Mi orgasmo era tan fuerte que  golpeé  la pared. Saúl también gemía. Aun cuando ambos terminamos, seguía penetrándome. Pasó un rato antes de que pudiéramos calmarnos.

Me bajó de su cintura y por un rato más dejamos que el agua tibia y nuestras manos nos recorrieran la piel a su antojo.

Salimos de la regadera y me envolvió en su bata. Nos secamos y me llevó a la cama, entre las sábanas comenzó a besarme nuevamente, no pasó mucho tiempo para que ambos estuviéramos nuevamente excitados. Deseaba que me penetrara tanto como cuando habíamos llegado.

Me dejó abajo, me abrió las piernas y entró en mí. Me dediqué a disfrutar, me dejé llevar y hacer todo cuanto Saúl quiso. Cada posición, cada embestida era mejor. Nuestro orgasmo llegó ahora calladamente. Nuestro nuevo lenguaje  estaba compuesto por monosílabos, gemidos y respiraciones.

Nos quedamos dormidos. Muy temprano, me levanté y me fui a mi casa, tenía una cita a primera hora.

Me sentía radiante, animada y poderosa. Deseaba comenzar el día cuanto antes, recordar mi noche anterior me llenaba de sensualidad. Me vestí con espero, me puse una falta ajustada y una blusa con escote, tacones, me alacié el cabello y busqué un labial rojo, quería verme provocativa.

Al irme, bajé por las escaleras, sabía que Saúl ya no estaba en su departamento, me acerqué a su puerta y deslicé una nota por debajo:

“Maravilloso. Qué despedida. Hoy me mudé”.

En el vestíbulo me esperaba un servicio de mudanza, les di las llaves, algunas indicaciones y mi nueva dirección.  Yo –nuevamente- tomaría la delantera.

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