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Revista Veintitantos

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“Yo nunca, nunca he…”

“Yo nunca, nunca he…”

"Yo movía las caderas mientras él me agarrabacon fuerza, haciéndome chocar contra él"

22/08/2019 | Autor: Rincón Erótico
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A partir de cierta edad se nos debería prohibir jugar juegos de chupe y confesiones. Eso sería lo más prudente, pero el viernes pasado, en la que parecía una reunión inofensiva de ex compañeros universitarios, a Paola “la briaga” se le ocurrió proponer que jugáramos el temidísimo “Yo nunca, nunca he…”.

Para aquellos afortunados que no conocen este diabólico juego, he aquí las reglas: los participantes se sientan armados con el trago de su preferencia (bien servido pa’que pegue), y por turnos, cada uno va diciendo alguna actividad sexual que no hayan realizado, por ejemplo “Yo nunca, nunca he… hecho una felación”. Entonces, los jugadores que hayan realizado dicha actividad, levantan su vaso y le dan un buen trago a su drink. Es así como van saliendo todos los trapitos al sol.

Cuando llegamos a cierto “Yo nunca, nunca he…” todas mis amigas me miraron con cara de “Demandamos una explicación”.

Bueno, llevábamos saliendo más o menos dos meses y ya habíamos tenido varias noches de pasión… y tardes y mañanas. Jorge era uno de esos tipos insaciables, como salido de una película porno –ahora que lo pienso, esa debió haber sido la fuente de su educación sexual-, era una especie de atleta del sexo, incansable, dispuesto a satisfacer, todo un entusiasta del sexo, y a mí me encantaba.

Claro, Jorge no sólo era mi muñeco inflable, era un arquitecto de 32 años, que adoraba lo que hacía. Era dulce y educado y cada vez que sonreía se marcaban las pequeñas arrugas que tenía alrededor de los ojos. Tenía un cuerpo fabuloso, era bastante narcisista y eso lo llevaba a pasar 2 horas diarias en el gimnasio, pero bueno, hay peores maneras de canalizar una neurosis ¿no? Al menos se me antojaba a morir.

Durante esas semanas en donde todo es novedad y risas y muestras públicas de afecto, Jorge decidió que era buena idea irnos un fin de semana largo a la cabaña de uno de sus amigos. No pude estar más de acuerdo. Nuestra primera escapada romántica: el mejor motivo para sacar la ropa interior de encaje y el bagaje de ama de casa de los cincuenta.

Era una casa linda, grande, rodeada de ventanales a través de lo cuales no veías más que pasto y árboles rodeados por niebla. Lo mejor de todo era que te sentías completamente solo en medio del bosque, porque los vecinos más cercanos estaban a varios cientos de metros. Una casa perfectamente diseñada para tener absoluta privacidad, eso, o filmar una película de horror. Nos instalamos y fuimos al mercado a comprar provisiones; teníamos planeado un maratón, si saben a lo que me refiero.

Durante las compras, en el mercadito del pueblo, entre el puesto de fruta y el de birria, Jorge aprovechaba cualquier empujón de la multitud para tocarme el culo o “arrimarme” y yo hacia lo propio, dejando que mis manos se colaran por los agujeros, convenientemente localizados, de sus jeans rotos. Sospecho que algunos marchantes se dieron cuenta a juzgar por sus miradas desaprobatorias. 

Una vez de regreso en la cabaña, Jorge me tomó por la cintura, me recargó contra la pared sosteniendo mis manos por encima de mi cabeza, y me dio uno de esos besos que te deshacen y no te dejan pensar en nada más que en arrancarle los pantalones a tu hombre y arrastrarlo al cuarto; acarició mi vulva y mis tetas por encima de la ropa, se restregaba contra mí haciéndome sentir su duro abdomen y su aún más dura verga; de repente se quitó, así, de golpe y recogió las compras… Jorge estaba en el mood de postergar, de provocar, poner nuestra mente a funcionar, y particularmente, ponerme a mí a lubricar.

Sexy

 

 

Así que fuimos a la cocina y preparamos botanas entre más besos, caricias y francos toqueteos. Abrimos una botella de vino que apenas tocamos porque, una vez en el sillón, la tensión era insoportable y veinte minutos de foreplay después ya estábamos en el cuarto quitándonos la ropa el uno al otro. 

Su pelo, un poco largo y rizado, todavía olía a shampoo y su piel despedía el olor de carretera mezclado con desodorante y suavizante de ropa, todo un afrodisíaco.

Me puso de rodillas y tomó mi pelo, yo me metí su pene en la boca, sentía sus muslos tensándose y lo escuchaba gemir a medida que yo succionaba y recorría su miembro con la lengua. Su mano apretaba mi pelo y lo jalaba un poco, mi boca cubría su escroto y mis labios y mi lengua subían poco a poco hasta presionar ligeramente su glande. Él me apretaba las boobs y pellizcaba mis pezones. Yo estaba empapada y ya no aguantaba las ganas de tenerlo dentro de mí. 

Lo tiré en la cama y me subí en él, lo monté con ánimo un poco desesperado, era como si hubieran pasado días desde la última vez que habíamos cogido, en vez de horas; sentía cómo mi vagina se expandía conforme él entraba en mí, cómo me mojaba cada vez más. 

Yo movía las caderas mientras él me agarraba las nalgas con fuerza, haciéndome chocar contra él, subía y bajaba y, al mismo tiempo él levantaba la pelvis, estimulando mi clítoris. Yo lo cabalgaba y me echaba un poco hacia atrás, recargándome en sus muslos, el ponía sus dedos sobre mi clítoris, frotándolo, al mismo tiempo, con la otra mano, apretaba suavemente mis pezones. 

Era como verlo manejar una máquina complicadísima, su frente estaba cubierta de perlas de sudor, resoplaba y se tensaba. Aunque debo decir que, todo ese esfuerzo estaba dando resultados impresionantes; me tenía completamente perdida en el placer, gimiendo y gritando como si estuviera a punto de morir, sin poder pensar, sólo sentir, sus manos, su verga dura, su pelvis, sus piernas entre las mías. Finalmente exploté en un orgasmo que pareció durar minutos. A juzgar por su gesto de orgullo, mi placer fue bastante obvio, aunque no había quejas vecinales para comprobarlo.

 

 

Mientras trataba de recuperarme y volver a respirar, Jorge me jaló hacia él, empezó a nalguearme, firme y fuerte, mientras me apretaba contra su pecho, entraba y salía de mí con movimientos cortos y certeros. Lo sentía entrar hasta el fondo y yo me aferraba a su pelo. Me metió un dedo en la boca, que yo lamí como si estuviera haciéndole un blow, lo sacó y lo metió de golpe por mi culo. Me quité entre sorprendida y asustada.

-¿Qué haces?

-¿No te gusta?

-Sí…- Dije en tono algo titubeante.

-¿Entonces?

Entonces nada. Decidí dejarme llevar, dejarlo dirigirme, a pesar de que era la primera vez que, estando arriba, sentía que no tenía el control de nada de lo que estaba pasando… fue una sensación bastante liberadora y muy excitante.

Seguí moviéndome, sentada sobre él, Jorge me jaló hacia él otra vez y me siguió estimulando con el dedo mientras su pene entraba y salía de mí con fuerza. No podía evitarlo, gemía y me agarraba de sus hombros, rasguñándolos; al mismo tiempo él metía otro de sus dedos y yo sentía cómo me abría más y más. 

Después, me pidió que me pusiera de lado, dándole la espalda, “como de cucharita”, lo hice y, mientras tratábamos de acomodarnos, su pene chocaba continuamente con mi ano y se sentía bien. Lo dejé seguir mientras nuestros gemidos se acompasaban, no dijimos nada, simplemente usé mi propia lubricación para ayudarlo. Él me tomó de las caderas y a medida que sus embestidas se hacían más fuertes empecé a sentirlo abriéndose paso; él se aferraba a mis crestas ilíacas (o sea, los “huesitos de la cadera”) y me clavaba los dedos, tensos y firmes.

Dolía, no lo voy a negar, pero se trataba de un dolor placentero, casi dulce; sus manos seguían aferradas a mis caderas, su pecho se adhería a mi espalda por el sudor. De repente me di cuenta de que yo no estaba gimiendo, estaba gritando, gritando de verdad. 

Era como si el dolor y el placer se hubieran hecho uno, tomando posesión de mi cuerpo; me sentía como si un nuevo camino se hubiera abierto dentro de mí, sólo era capaz de pedir más y más, más adentro, más fuerte… Con cada embestida el dolor desaparecía y se convertía en placer puro. Él me decía cuánto le excitaban mis gritos, lo apretada que estaba, lo bien que se sentía estar adentro de mi culo.

Una de sus manos subió a mi pecho, pellizcaba ligeramente mis pezones y yo rasguñaba sus brazos y sus nalgas, su otra mano bajó hasta mi clítoris y lo acariciaba suavemente, con destreza. Ninguno de los dos podía aguantar mucho más, yo terminé primero en una verdadera descarga de contracciones y gemidos, él me siguió casi al instante, lo sentí llenándome de semen, su pene expandiéndose y contrayéndose dentro de mí, sacudiéndose. Terminamos exhaustos.

Aún agitados nos abrazamos y nos besamos, yo no dejaba de preguntarme si la próxima vez sería igual. El resto de nuestro viaje estuvo lleno de sexo fantástico, pero no repetimos la experiencia del sexo anal, terminamos dejándolo como una ocasión especial… aunque claro, toda esa relación estuvo llena de ocasiones especiales.

Y por eso, cuando Sandra dijo: “Yo nunca, nunca he tenido sexo anal”, yo levanté mi vaso y brindé por Jorge, aunque claro, no en voz alta.

 

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