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la chica en el bar

La mujer en el bar

Él sentado en la cama la tomó por la cintura y comenzó a besar su abdomen y a pasar sus manos por su espalda

14/05/2020 | Autor: @20s
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Cansado de la rutina, un hombre entró a un bar. Estaba seguro que solo quería una copa para antes de llegar a casa, para relajarse del estrés que le ocasionaba su empleo. Pero no considero a la morena que se encontraba sola sentada en la barra, bebiendo un trago que no reconoció pero que le pareció gracioso por la pequeña sombrilla que adornaba la copa.

No sabía que llamaba más su atención, las ganas de pasar sus dedos entre su negra cabellera o preguntarle que estaba bebiendo, y escuchar esa su voz que, aunque no conocía, ya lo había hechizado.

Decidió que podía hacer ambas, usaría la segunda como una excusa para probar su suerte y saber si sería capaz de llevar a cabo la primera.

El cansancio, el estrés, todo parecía haberse disuelto, lo único que ocupaba su mente era la firme convicción de que la morena hablara con él; por su cabeza no cruzó la idea de que ella estuviera esperando a alguien, al parecer sus caminos estaban dispuestos el uno al otro y eso era lo que importaba.

Resuelto, se acercó a la barra y pidió un lo mismo que ella, incluso sin saber que era. Se disculpó, le dijo que no sabía que era pero que desde que puso un pie dentro del bar su trago le llamó la atención y no se iba a ir sin probarlo. Ella rió sin decir ni una palabra, diciendo con la mirada que sabía el impacto que su bebida tenía en los hombres.

El trago pasó a segundo plano, hablaron de tantas cosas, como si se conocieran, que sin darse cuenta los dedos de él se pasaban entre sus negros cabellos. Ella lo sabía y lo disfrutaba, hasta que un silencio que, parecería incómodo pero no le fue, se puso entre ellos; la morena tomó el control de la situación y le insinuó que deberían ir un lugar más tranquilo donde "conocerse" mejor, él captó el mensaje, pagó las bebidas y le tendió el brazo para que retirarse del lugar.

"¿A dónde te gustaría ir?" -A donde quieras llevarme, fue la respuesta que ambos esperaban. A unos metros del bar el anuncio de un hotel brillaba como a sabiendas que esa pareja en particular lo estaba buscando. Entraron, él estaba nervioso, sentía como si fuera la primera vez que iba a un hotel, aunque a lo largo de su vida lo había hecho en varias ocasiones y con distintas mujeres… pero ella, en particular, era diferente, es una mezcla de la ternura de su esposa con la iniciativa de una prostituta, sabía lo que quería y eso lo prendía.

 

 

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Al llegar a la habitación se pusieron cómodos, ambos se quitaron el abrigo y se sentaron en la cama, pareció por un instante que ella se arrepintió de estar con él en el ese lugar; inmediatamente, se volvió de frente, lo tomó por las mejillas y  lo besó tan apasionadamente que ambos supieron que debían estar en ese lugar con esa persona, dejando atrás su presente, sus problemas cotidianos y a su familia.

Ella se puso de pie y comenzó a quitarse el entallado vestido rojo que le marcaba sus exuberantes curvas, él sentado en la cama la tomó por la cintura y comenzó a besar su abdomen y a pasar sus manos por su espalda, bajando hasta sus nalgas  y apretandolas para atraerlo contra su cuerpo que ya mostraba claros signos de excitación.

La morena espectacular fue bajando poco a poco hasta quedar hincada frente a él, desabrochó su cinturón y su pantalón, sacó su miembro con delicadeza, lo miró a los ojos y lo introdujo en su boca, succionando la punta y estimulandolo con la lengua mientras él se recostaba para disfrutar más y desabotonarse la camisa. Mientras tanto, la que comenzaba a considerar como la mujer perfecta, lamia y tocaba su pene con una velocidad contra la que tenía que luchar para no venirse.

De repente se detuvo y subió poco a poco viéndolo a los ojos hasta que lo hizo cerrarlos con un apasionado beso, mientras se montaba sobre él en la posición de la vaquerita, hizo a un lado su pantaleta y permitió que él la penetrara lentamente, al ritmo que ella quisiera ir bajando poco a poco por su pene; en tanto ese hombre de negocios, estresado y cansado, se sentía lleno de vida, de vitalidad para poder tomar sus pechos y apretarlos para ver como se juntaban y ella se excitaba, aumentando el libido de ambos de una manera que nunca antes había experimentado.

La sintió, se sintió dentro de ella, juraba que cada milímetro de su pene reconocía su interior. La tomó por la cintura y le marcó la manera en que quería que se moviera, lento, de adelante hacia atrás; por su parte, ella lo agarró firmemente del pecho con la yema de los dedos. La morena disfrutaba como su clítoris se estimulaba con el roce del cuerpo de su reciente conquista. No había manera de saber cómo pero ambos encontraron el ritmo perfecto que a ambos funcionaba.

De repente, él recordó lo mucho que le había gustado su trasero cuando la vio subirse al auto, así que sacó su miembro de ella, la empujó firme y cariñosamente a la vez a un lado de él en la cama. Mientras la besaba se dio a la tarea de desabrochar su bra, para poder besar sin problema sus pezones, los cuales ya estaban duros duros de la excitación. Bajó por su vientre, hasta llegar a su sexo, mismo que comenzó a besar, chupar y lengüetear, jurando en su cabeza que nunca lo había hecho y lo mucho que lo estaba disfrutando, preguntándose por qué no lo había intentando antes, con su mujer, por ejemplo.

Al cabo de unos minutos, en que su lengua se divertía dentro y fuera de ella, la morena le rogó porque la penetrara; el hombre de negocios la volteó jalando su cadera hacía él, penetrándola por detrás, tomado firmemente de sus nalgas para marcar el ritmo, pendiente de que ella estuviera disfrutando tanto como él lo hacía.

Las embestidas se hicieron más intensas cada vez,el hombre de negocios tuvo que detenerse unos segundos para no terminar, lo último imo que quería era defraudar a una mujer como ella. Tomó su larga y brillos a cabellera negra con la mano derecha, con la izquierda seguía disfrutando de su trasero, de esa cadera que se movía como ninguna otra pero que, claramente, parecía conocer.

 

La emoción que lo embargaba era incontenible, lo único que pasaba por su cabeza era no venirse hasta que ella lo hiciera, moría de ganas de que sucediera al mismo tiempo, pero le avergonzaba pedírselo, así que esperó concentrándose para no terminar. Ella gemía de placer mientras estimulaba su clítoris y de vez en cuando los testículos de él con su mano; su otra mano se aferraba a la sábana como si de cuán fuerte la apretara dependiera de que tan rico sería el orgasmo que vendría próximo.

Ella comenzó a sentir cómo le flaqueaban las piernas, sentía como se le doblaban y como su cuerpo sufría de pequeñas y placenteras contracciones que le estaban haciendo ver el cielo. Aquel hombre de negocios sintió como la vagina de la morena presionaba su miembro con fuerza y se dio cuenta que era el momento de dejarse llevar, de soltar todo lo que lo ataba a ella y disfrutar un instante del paraíso.

Ella cayó boca abajo en la cama del hotel, él se recostó sobre ella, abrazándose con firmeza a su cintura. Ambos se recostaron un par de minutos abrazados, sin recordar que eran un par de desconocidos en un cuarto desconocido.

Ella pareció ser la primera en no olvidar que debía llegar a casa, de volver a la realidad. Se levantó, fue al baño, se refrescó, vistió y le pidió al desconocido que la llevara a casa, era momento de regresar al presente, a la realidad. Él, más a fuerza de que de ganas, se vistió, le abrió la puerta y ambos se dirigieron al auto, pensando si sería la primera y la última vez que se verían de esa manera, pero ninguno tuvo el valor de preguntar al otro. El camino a casa fue en total silencio, pero no ese silencio incómodo, más bien reflexivo sobre lo que acababa de pasar.

Ella le indicó cómo llegar a su casa, al estacionarse frente a la puerta de su casa, caballerosamente le abrió la puerta, la besó en la frente y dijo: “Feliz aniversario, amor”. 

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