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Hostal italiano

Hostal italiano

Dicen que así como inicias el año, lo terminarás. Por eso, yo me propuse empezar el mío viajando, ahorré mucho y me lancé una semana a Roma, yo solita, para perderme entre sus calles antiguas, comer pizza y ver a muchos guapos italianos. 

13/12/2018 | Autor: @gabilumireles
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Mi fama como soltera ‘liberal’, por no decir la más hot, es bastante popular entre mi círculo de amigos. Por eso, no faltaron quienes auguraron que regresaría con varios encuentros apasionados con italianos. Y sin querer, poco a poco comencé a mentalizarme a que algo así tendría que sucederme. 

Salía de mi hostal todos los días en espera de una aventura, un encuentro fabuloso de película con algún italiano irresistible que me viera comiendo gelato afuera de un museo y me llevara a sus brazos sin pensarlo. Pero pasaron 2, 3, 4 días y nada parecido sucedía. Todo lo contrario, yo era bastante invisible en las calles romanas. Las rubias se llevaban toda la atención por sus cabelleras tan poco comunes entre los nativos de Italia, mientras que una castaña con curvas, como yo, no parecía crear mucha controversia e interés.

Todos los días, regresaba al hostal y pasaba unas horas en el bar del lobby, desde donde veía a la gente en su vaivén, así como al bartender servir cervezas y copas de vino a las chavitas que se inclinaban sobre la barra para llamar su atención. Era guapo, supongo, alto, moreno... pero no era italiano. Era de Portugal y, además, era insoportable; de esos hombres que se saben galanes por lo que no se dignan siquiera a cruzar palabra contigo. Apenas y había hecho contacto visual conmigo cuando me servía mis copas de tinto en las noches.

En la quinta noche, me senté de nuevo en la barra, sin pedir más que un vaso de agua de la llave, pues mi presupuesto no daba para más. De repente, una copa de vino tinto fue colocada frente a mí. “Yo invito”, escuché decir al bartender desde la caja registradora. Se acercó a mí e inclinó su cabeza hasta que vi sus ojos de un tono azul cristalino. Cuando sus brazos se flexionaron sobre la barra, entendí el fanatismo de las otras huéspedes por este chico de espalda ancha, brazos torneados, barba larga como de leñador vistiendo playera entallada; no se notaba ni un gramo de músculo sin trabajar. Su físico era impactante, ¿cómo es que no lo había notado? 

“¿Te gusta el tinto o prefieres otra cosa?”, me preguntó casi en un susurro desde su lado de la barra. Le di un sorbo a la copa y me atreví a contestar fijando mi mirada en la suya: “¿Qué otra cosa puedes ofrecerme?” “Para ti, lo que quieras”, respondió con un rostro serio que no me dejaba leer sus intenciones. No lograba descifrar si estaba coqueteando o simplemente era demasiado servicial.

Mi cansancio del día era tanto que no estuve ahí mucho tiempo para averiguarlo. El vino me relajó y huí a mi cuarto, pero antes de irme, dejé en una servilleta junto a la copa un "Gracias, la chica del 203". 

Al día siguiente, caminé por horas por las calles italianas sin éxito. El final de mi viaje estaba cerca y la probabilidades de regresar con un gran romance parecían muy remotas. 

Regresé al hostal hecha polvo directamente a mi habitación y me dormí de inmediato. Estaba tan cansada que esa noche había una fiesta en un bar en las afueras de Roma. Cuando bajé al bar, casi a media noche, estaba vacío. No había bartender pero había una botella de vino afuera así que la agarré y me senté en una mesa. Empezaba a relajarme cuando escuché pasos y entonces vi al portugués. Y me cachó con la botella en la mano. 

"¿Así que eres una ladrona, eh?", me preguntó en una mezcla de español e italiano, mientras se sentaba a mi lado. 

"No, obviamente pensaba pagarla", respondí haciéndome la ofendida pero muriendo de pena por dentro. Se sentó tan cerca, que identifiqué las notas amargas de su loción. Su mano comenzó a rozar mi rodilla, después sentí cómo me hacía cosquillas sobre el muslo para seguir subiendo peligrosamente por mi pierna. 

Con un magnestismo que jamás había sentido, mis labios cayeron rendidos a los suyos. Nos besamos y en segundos sentí sus brazos alrededor de mi cintura. Una de sus manos viajó hasta mi espalda baja presionándome hacia él. Su aliento cálido hizo cosquillas en mi cuello, mientras recorría con besos cada rincón de mi piel hasta bajar a mi escote. Todo se difuminó y solo sentía sus labios apretándose sobre mi piel y el cierre de mi vestido bajando para dejar al descubierto mis senos excitados. De un solo movimiento se puso de pie y me empujó hacia la barra, tomándome fuertemente de la cintura para subirme. Entendí lo que seguía, abrí mis piernas e hice a un lado mi tanga para que él acercara su cara a mi entrepierna. Comenzó besando mis muslos, perqueños besitos, solo con los labios, que poco a poco se transformaron en lamidas que se acercaban más y más a mi vagina hasta que sentí su lengua jugando atrevidamente con mi clítoris. 

Con una mano tomé su cabeza y la presioné entre mis piernas. Con su lengua estudiaba toda mi anatomía, como analizando y explorando el terreno antes de entrar por completo. Me vine intempestivamente y con ello llegó mi turno de demostrar de qué estaba hecha. 

Arrodillada ante él, bajé el cierre de sus jeans para sacar su miembro. Lo recorrí con mi lengua, estudiándolo como él a mí. Con mis labios cubrí desde la punta al final, saboréandolo y succionándolo, hasta saber que él no podía más. Empezó a empujar su miembro en mi boca, moviendo su cadera hacia mí, sentía como se endurecía más y más cada que la punta de su pene alcanzaba el fondo de mi garganta. De repente, sus gemidos eran tan fuertes que se vendría dentro de mi boca en ese instante pero se contuvo. 

Me levantó del piso, me empinó en la mesa de billar, acomodó mis brazos hacia adelante, mis senos al descubierto rozando la tela verde y mis piernas abiertas listas para que él hiciera conmigo lo que quisiera. Y lo hizo. Me penetró. Tomó con fuerza mi cintura, con un ritmo veloz entró y salió de mi cuerpo, se movía de manera tan varonil, tan masculina, que yo sentía que explotaría de excitación. 

Podía sentir su sudor caer sobre mí, sus manos recorrer todo mi cuerpo mientras elevaba su ritmo a tal grado que logramos sincronizarnos para llegar al clímax juntos. Nos quedamos un rato en la misma posición, recuperando el aliento. Una vez que podíamos respirar de nuevo busqué la botella de tinto. 

A la mañana siguiente, ya no lo vi en el bar. De lo que pasó esa noche solo me llevé un par de chupetones en las piernas. Y así fue como inicié el año, bastante satisfactotio.  

Pasión y Sexo, Confiésate

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