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Revista Veintitantos

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¿Comemos?

¿Comemos?

"Me penetró fuerte, se movía lento pero duro, cada penetración me hacia soltar un gemido cada vez más intenso".

23/05/2019 | Autor: @20s
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Lunes, me despierto a las 6 de la mañana, me meto a bañar, aún con la bata puesta me acuesto un rato en la cama mientras reviso mi mail, FB, Twitter y demás cosas en mi smartphone. Volteo a ver el reloj y me doy cuenta que han pasado 20 minutos, ¡ya se me hizo tarde otra vez! Me pongo lo primero que encuentro, agarro mi cabello en un chongo y me quedo sin maquillar, “lo hago en el camino” -pienso.

Esto me pasa todos los días y aún así, no he logrado romper con esa mala rutina, soy una floja de lo peor, me duermo cuando tengo oportunidad, en el cine, viendo la tele, en el carro, si es que yo no voy manejando; y hasta en el metro cuando lo uso. Siempre ando corriendo, siempre se me hace tarde, siempre. Siempre.

Por todo esto, no es raro que se me olvide hacer cosas, me ponga mal alguna prenda, dejé mi desayuno y terminé comprando un sandwich en algún puesto o minisuper; del cual termino, regularmente, arrepintiéndome. Total, mis días son un verdadero caos, pero aún así procuro no amargarme la vida, ya llegará el momento en que decida cambiar estos hábitos tan pésimos, mientras, vivo como puedo. 

El miércoles pasado, estaba saliendo del metro cuando me llegó un mensaje de mi novio, me preguntó si quería comer con él, que pasaba a recogerme a las dos a mi trabajo, que no me preocupara, sería puntual por eso de que mis jefes son muy estrictos con el tiempo de comida... y de entrada y de todo. Tardé como media hora en contestarle, por andar a las carreras se me olvidó; cuando lo recordé sólo le puse “Ok”. Era la una de la tarde cuando me llamó para volverme a decir que pasaba a las dos, que no tardara en bajar, pues había hecho una reservación y no teníamos mucho tiempo.

Me apresuré a terminar mis pendientes y cinco minutos antes de la hora en que quedamos, él estaba esperándome afuera, bajé corriendo, tan de prisa que casi muero en las escaleras, todo por no esperar el elevador y no saber correr con tacones. En fin, llegué y me subí al carro, lo besé y le sonreí, honestamente estaba muy emocionada de verlo, tenía como tres días que no lo hacía. Debo admitirlo, mi novio es bastante guapo, pero ese día se veía aún más, es de los pocos que lucen bastante bien en camisa, corbata, saco y pantalón de vestir; además de que siempre huele riquísimo, anda bien peinadito y sus lentes oscuros le quedan ¡uuuuf! ¡Me muero!

En el camino comenzó a hacerme cariñitos, me agarraba el cuello, los hombros y en los semáforos, se acercaba a besarme tan cachondamente que hacía que el corazón palpitara a mil por hora. Como su carro es automático, bajó su mano a mi entrepierna y la acariciaba, lo mismo con mi piernas; obviamente me prendió, así que hice lo propio, poco a poco le zafé el cinturón y le desabroché el pantalón; con mi mano izquierda tomé su pene y lo masturbé, cuando estaba ya en su punto, me agarré el cabello en una coleta y me agaché a chuparlo, había momentos en que le costaba trabajo manejar, dos veces se frenó tan bruscamente que casi me estrelló en el volante. Pasaron como dos minutos cuando me dice “ya llegamos”, me levante y cuál fue mi sorpresa al ver que no había ningún restaurante, me llevó a un hotel. Miré el reloj y eran 2:15, nada mal, teníamos buen tiempo para un “rapidín”.

Estacionó el carro y me bajé para entrar yo primero a la habitación, tengo la terrible maña de llegar a prender la tele. Sebastián entró enseguida, se quitó el saco y la corbata, los lanzó sobre el sillón que estaba ahí y se abalanzó sobre de mi; brinqué y subí mis piernas a su cadera, me sentó en el tocador y en segundo me desabrochó el pantalón, aventé los tacones y me quité la blusa. Mientras me besaba desesperadamente, se quitaba los zapatos como podía. Me gusta verlo así, caliente, saber que me desea y muere por hacerme suya, me pone tan cachonda que no puedo esperar más para tenerlo entre mis piernas. 

Cuando me quitó toda la ropa, abrió mis piernas y se agacho a hacerme sexo oral, es una de mis cosas favoritas, hasta hoy, no conocía a nadie que lo hiciera tan bien como él. Yo estaba recargad en el espejo y con las pies arriba, completamente a su disposición. 

 

Me cargó y me llevó a la cama, en la tele sonaba una canción bastante buena, nunca pude saber como se llamaba, pero hasta el día de hoy no he podido olvidar la tonadita. 

Por la ventana, entre el espacio que había en la cortina y el vidrio, entraba un rayito de sol, que caía justo sobre mi cadera. Sebastián se puso a la orilla de la cama y lo primero que hizo fue ponerme en cuatro, le encanta tenerme así y apretarme las nalgas, en ocasiones me nalguea, es fanático de está posición y yo, pues lo satisfago. 

Me agaché para poner mi cabeza sobre la cama, pero mi cadera estaba frente a mi novio, era toda para él, se movía y me movía como se le pegaba la gana. Poco a poco me hizo hacía adelante hasta que quedé completamente boca abajo, se puso sobre de mi y yo me movía de arriba hacia abajo, hacía movimientos circulares y apretaba su pene entre mi vagina, ¡hacer eso es delicioso! Estaba extasiada en ese momento; pensar en que estaba con mi novio, en un hotel a las 2:30 de la tarde y que debía regresar a trabajar en una hora, me sentí como adolescente escondiéndose de sus papás, en aquella primera vez en que va a un hotel o que tiene sexo en un carro; era una emoción tan rica e increíble a la vez, que no quería que terminara; por un momento pensé en inventar un pretexto para no regresar, pero recordé que mi jefe no estaba tan contento ese día, menos después de que llegué como 4 minutos tarde. 

Me concentro de nuevo, así que me volteo y pongo a mi novio sobre de mi, abro mis piernas y lo jalo a mi entrepierna, me sujeto fuertemente de su espalda y muerdo su oreja, beso su cuello y, de nuevo, huelo su aroma; le pido que me haga suya, que me coja fuerte, que no quiero que termine ese momento nunca. Él me responde con un te amo, no hago más que besarlo y volverme loca entre sus brazos. Nunca el romance y el sexo habían convivido tan en armonía, fue perfecto. 

 

Me penetró fuerte, se movía lento pero duro, cada penetración me hacia soltar un gemido cada vez más intenso. Jalaba de mi cabello y me agarraba por la cintura, tan fuerte que parecía que tuviese miedo de que en algún momento me fuera, me sentía poseída, que estaba ahí, de bajo de él para no hacer nada más de lo que se le viniera a la mente.

Pequeño paréntesis, Sebastián y yo nos conocemos desde hace unos meses y una de las cosas que mejor funcionan en nuestra relación; además de nuestra mutua pasión por el futbol, es nuestra pasión por el sexo; nos encanta estar desnudos y sentir cada centímetro de su piel, he besado su cuerpo entero, por cada rincón, por cada poro que lo conforman. El tener sexo con él es tan intenso que me hace sentir cada día más enamorada, más atraída hacía él y más caliente cuando me tiene entre sus brazos. Disfruto poder tener el mejor sexo del mundo con él, mi hombre, mi novio. 

Sigamos... Tomó mis piernas y las puso sobre sus hombros, no sé a ustedes, pero cada que hago esta posición, siento dolor; no sé si soy masoquista o que, pero me gusta sentirlo, es cuando aprovecho apara gritar y agarrarme con fuerza de las sábanas, me vuelvo completamente loca. 

De pronto, bajó mis piernas y se puso de lado, al mismo tiempo que me penetraba, con sus manos acariciaba todo mi cuerpo; mis bubis, mis piernas... y, lo mejor, masajeaba mi clítoris, en se momento me perdí, sabía que se acercaba el orgasmo, mi piel se puso chinita y mi vagina se humedeció muchísimo más, le dije que no parara que estaba a punto de tener un orgasmo, me puse como desesperada, gemí y grité, hasta que por fin terminé. Volteé a ver el reloj, ya eran las 3:00 de la tarde, tenía media hora para llegar, así que tomé el control, le dije que se pusiera debajo de mi, está vez yo haría todo. Puse sus manos encima de la almohada para evitar que me tocara, sé cuanto le gusta sentir la desesperación por tocarme y no poder hacerlo, así que lo hice. Sin dejar que el hiciera algo, comencé a moverme de un lado a otro, cada vez más rápido y fuerte, Sebastián intentaba zafarse, pero no lo dejé; cada vez se parecía más un tigre, luchando contra su presa, desesperado por ganar.

Me agaché a besar su cuello, le solté las mano y en segundo me tomó de la cadera, me gusta que haga eso, pues me indica los movimientos que quiere que haga. Me acerqué a su oreja y le gemía suavemente, le dije una y otra vez cuanto me gustaba que me hiciera el amor, que me hiciera sentir suya, que me causara gritos de dolor y placer, orgasmos al por mayor. Aceleré mis movimientos y unos segundos después, eyaculó él, se abrazó a mi espalda y en cuanto quiso, volvió a recostarse en la cama. 

 

Me recosté a su lado, lo miré a los ojos y le dije que era la mejor de mis comidas desde que había entrado a trabajar; que no dejara de sorprenderme. Al final, no pude más que decirle que lo amaba. 

Nos levantamos y en dos minutos nos tuvimos que medio bañar, ya saben, menos el cabello, llegar mojada sería bastante sospechoso. 

Como ya no nos dio tiempo de probar alimento, pasamos a un restaurante de comidas rápidas, pedimos unas hamburguesas y comimos en el regreso, llegando a la oficina traía mi refresco en las manos, me acerqué con mis compañeros y lo primero que me dijeron fue “¿traes la blusa al revés?”, maldición, no me di cuenta que por las prisas, hice de nuevo algo mal. No tuve que hacerme la sorprendida, mi cara lo dijo todo. Sólo pude contestarle “Ya sabes, siempre ando a las carreras, ni cuenta me di”. Me di la vuelta y fue al baño a cambiarme. Aunque, honestamente, después de mi hora y media de comida, eso era lo que menos me importaba.

 

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