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Revista Veintitantos

Aventón

Era imposible dejar de tocarnos, sentíamos una necesidad imperiosa de hacerlo.

Aventón
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27/09/2018 | Autor: Valeria Rodríguez
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Según las noticias era uno de los veranos más calurosos de los últimos años, no lo dudo ni un segundo. Entre el tráfico de la ciudad y el calor, me sentía en algún punto del infierno. Lo único que me consolaba y me hacía soportar el trajín era que en una hora estaría en mi paraíso personal de los fines de semana: Tepoztlán.
Gracias a mi tía Lili, tenía una casa con alberca para mi sola, pude haber hecho una fiesta pero me gustó más la idea de viajar sola, asolearme, leer, dormir, irme a desayunar sin prisa y visitar todas las tienditas del pueblo sólo por ver colores, texturas… cosas. Era una de esas ocasiones en que una simplemente quiere estar sola.
Cruzar la caseta fue un triunfo, durante 45 min. estuve frenando y avanzando sólo 3 metros; cuando por fin lo logré hacerlo, me llamó la atención que mucha gente, en particular chavos, estuvieran pidiendo aventón. Por un momento, me cruzó la idea de que sería divertido subir a un desconocido y tener una aventura, ni siquiera había terminado de formular la imagen en mi mente cuando una cara me llamó poderosamente la atención…
Sin pensarlo, me orillé y me detuve frente al chico.
-Hola, ¿te llevo?-, dije con algo de coquetería.
-¡Hola!, ¿lo harías?-, respondió en el mismo tono.
-Claro, siempre subo a chavos lindos a mi coche.
Quité el seguro de la puerta y él entró al auto, acomodó su mochila en el asiento trasero y se acercó para abrazarme y darme un beso.
-¿Cómo has estado? ¿Dónde te has metido?
-Por ahí, por ahí…-, de pronto los nervios me atacaron, no sabía qué decir, hasta ese momento me di cuenta lo que estaba sucediendo.
Hacía tiempo que conocía a Ricardo, una amiga nos había presentado, sentíamos química, al menos eso me parecía, pero ninguno se atrevía nunca a dar el primer paso.
Nos pusimos al corriente sobre nuestra vida, empleos, etc., iba a Tepoztlán con un grupo de amigos, pero ellos habían partido desde el día anterior y él no había encontrado boleto de autobús hasta en la tarde, así que se aventuró a irse a la caseta a pedir aventón.
-¿Y por qué vas sola a Tepoztlán, no tienes novio?-, preguntó sin más.
-No, no tengo, y pues quise descansar, mis amigas iba a querer fiesta.
-Y ¿cuándo te regresas?-, preguntó.
-Mañana en la tarde, si quieres otro aventón, tengo pensado salir a las 5pm.
-Pues quizá te tome la palabra, porque mis cuates se quedan un par de días más. Aunque no quisiera abusar de ti.
-¡Adelante! -dije en doble sentido, pero enseguida agregué-, encantada de regresarme contigo.
Lo dejé pasando la caseta de entrada a Tepoztlán, intercambiamos nuestro número de celular, él quedó de llamarme al día siguiente.
Llegué a la casa y me instalé. Me di un baño, salí a comer y a caminar un rato, regresé dispuesta dormir todo cuanto pudiera, comenzaba a quedarme dormida cuando me llegó un mensaje al celular era de Ricardo: “Me encantó verte. Espero que estés descansando. Un beso”.
Se me hizo un hueco en el estómago, me gustó el detalle y me entusiasmó la posibilidad de volverlo a ver al día siguiente.
Al otro día, me dediqué a hacer lo que estaba en mis planes. Estaba sentada en la banca de la plaza, tomando una nieve y escuchando música, cuando sentí que el celular vibró, era una llamada de Ricardo.
-Hola, ¿qué tal tu descanso?
-Súper rico, lo único que lamento es que ya se terminó.
-Ni modo. Oye, ¿sigue en pie la oferta del aventón?
-Claro, nos vemos a las 5pm.
-Ok., ¿te parece bien en la caseta?
-Perfecto, ahí nos vemos.
 
Ricardo ya estaba esperando en el sitio que habíamos pactado. Mientras yo pagaba el peaje, él localizó mi auto y se fue acercando. 
Subí los vidrios, accioné los seguros, subí el volumen del radio y me puse en marcha. El tráfico hacía que avanzáramos muy lento, y comenzó a llover. Activé el limpiaparabrisas y de reojo busqué adivinar qué expresión tenía, supo que algo andaba “mal” pero supuso que me ponía nerviosa manejar con lluvia y a media tarde, así que se ofreció a manejar él.
Acepté en parte para justificar mi breve ataque de nervios.
Hicimos un breve alto para cambiar de asientos y retomamos nuevamente el viaje. Se hizo un silencio incómodo, ninguno de los dos encontraba la manera de comenzar una conversación. Cuando reaccioné Ricardo me miraba algo intrigado:
-¿De qué te estás acordando?
-Soñé contigo anoche-, le dije maliciosamente sonriendo.
Nuevamente nos quedamos en silencio, no se atrevió a preguntarme qué había soñado, en lugar de eso, puso el desempañante y bajó -nerviosamente- un poco el vidrio de su lado para evitar que los cristales se siguieran empañando.
-Yo pensé en ti anoche-, agregó entre su maniobra.
La carretera comenzó a despejarse y Ricardo a acelerar, pero la suerte no nos duró tanto o quizá sí hasta que el auto casi se detuvo.
El auto de adelante encendió las intermitentes y se detuvo totalmente, nosotros tuvimos que hacer lo mismo, la lluvia arreciaba. Después de poner el freno de mano y las intermitentes, Ricardo se me quedó mirando fijamente.
-Entonces, ¿qué soñaste?
-Algo como esto-, y me acerqué a besarlo. Fue un beso largo y provocativo. Hizo que una especie de energía cálida subiera desde mi estómago hasta mi garganta.
Una de sus manos se fue acomodando en una de mis piernas y, los dedos de la otra recorrían mi rostro, tenía un tacto suave y delicado.
Antes de que nosotros pudiéramos “avanzar”, lo hicieron los autos, Ricardo tuvo que poner el nuestro otra vez en marcha, pero era imposible dejar de tocarnos, sentíamos una necesidad imperiosa de hacerlo.
La cara de él revelaba tanto deseo que yo sólo podía pensar en la manera de acomodarme para poder tocarlo. Tomé su mano y la hice recorrer mi cara, mi cuello y mi escote, quería que sintiera el estado de excitación en que me tenía. Echó un vistazo adelante y, tras cerciorarse que todo estaba en orden, me tomó de la nuca, acercándome a él, para besarlo.
Ahora había más urgencia. Al separarnos, fije la mirada en medio de sus piernas, estaba visiblemente excitado.
-¿Ya te diste cuenta?    
- Sí y ¿tú?
-Ya veo-, me dijo mientras veía rápida pero lascivamente mis piernas. Mi falda estaba cada vez más arriba y yo le ofrecía sin pudor mis piernas.
Los coches comenzaron a avanzar con más velocidad, la lluvia era constante y la noche se dejaba caer.
-Cuéntame tu sueño-, se le ocurrió a Ricardo.
-Sólo recuerdo imágenes, flashazos…-, le dije. Su mano regresó a mi pierna, está vez la posó más arriba, sus dedos se me movieron para acariciarme, tuve una idea que de sólo pensarla hizo que me mojara.
Tomé su mano y suavemente comencé a deslizarla hacía arriba. Ricardo reaccionó sorprendido pero me devolvió una sonrisa pícara y de aprobación, estaba dispuesto a seguir.
-Sólo me acuerdo que era muy rico-, intentaba seguir con el relato.
-Cuéntame todo.
-Podía sentir tu piel, era suave, estaba caliente y mojada, como si recién acabáramos de salir de mar o después de bañarnos.
Conduje su mano hasta dejarla atrapada en medio de mis piernas, presioné su dedo medio contra mi pubis, primero formando un círculo y luego de arriba a abajo. Entrecerré los ojos para disfrutar la sensación, volvía a sentir un fuego interno y deseé que durara mucho tiempo.
Solté su mano para que él siguiera y así lo hizo. Yo subí la falda aún más y me dispuse a disfrutar que me masturbara.
La adrenalina de estar en el auto en movimiento y el que de inmediato ubicara mi clítoris para acariciarlo magistralmente me hicieron acercarme al orgasmo rápidamente, decidí balancear un poco mi pelvis hacía adelante.
Mi respiración y mi cara de gozo se lo decían todo, no quería que parara.
-Tócate los senos.
Ni siquiera lo dude, tiré del cuello de la blusa y el bra hacía abajo, le mostré el seno izquierdo y comencé a acariciármelo.  
-Los dos-, me dijo con voz suplicante, mientras alternaba la vista entre su mano, el seno descubierto y el coche de enfrente.
Desabroché el brassier y me lo quité, saqué ventaja de la tela elástica de la blusa y empecé a tocarme sin dejar de verlo. Tanto placer hicieron que en poco tiempo que el fuego interno que sentí ahora me recorría toda, de pronto se concentró en mi pubis y un placer absoluto me invadió desconectándome totalmente de lo que pasaba fuera de mi cuerpo.
En ese momento me percaté que Ricardo estaba todavía más excitado, me incliné hacía él, le desabroché el cinturón y bajé el zíper de su pantalón, dejé al descubierto su pene, mis dedos lo recorrieron.
Lo deseaba, sentía que lo deseaba con todo mi cuerpo. Así que me recosté sobre sus piernas y comencé a besar suave y lentamente su miembro. La sensación que me produjo el contacto me hizo recordar mi sueño.
Sentí un sabor ligeramente salado en la boca y eso me invitó a sorber más su virilidad, hice que recorriera cada zona de mi boca, como si se tratara de recorrerme todo el cuerpo, quería brindarle sensaciones nuevas e inesperadas. Me concentré por un rato sólo en la punta, mi lengua se deslizó sobre ella como sobre un caramelo delicioso. Ricardo soltó un gemido de placer.
Con una mano formé un anillo y, entre éste y mi boca imité el movimiento de la penetración, con un vaivén rítmico, pero cada vez más rápido. Sentí un poco más de esa sustancia salada en mi lengua, lo cual me incitaba a desear y hacer más, quería que Ricardo no olvidara nunca esa experiencia.
Sentí el cuerpo del pene más rígido, estaba en el punto de no retorno, las contracciones comenzaron y yo dejé que el semen resbalar entre mi boca, mi cuello y mi pecho. Lo sentía como un bálsamo o un néctar con el que deseaba cubrirme toda, seguí besándolo aún cuando había terminado. Luego poco a poco me fui incorporando.
Para cuando me terminé de acomodar nuevamente en mi asiento, los coches avanzaban a un ritmo constante, la lluvia había cedido, las luces de la ciudad estaban cerca. Nos quedamos en silencio un rato. La mano de Ricardo sobre mi pierna me sacó de mi trance.
La caseta estaba cerca, por un momento temí que al cruzarla el encanto se terminara y no sabía muy bien cómo quería terminar aquello, pero no hubo necesidad. El chico siguió conduciendo sin preguntarme hacía dónde íbamos, al tomar Insurgentes me dijo:
-Espero que no tengas que llegar a tu casa porque ahora yo quiero decirte lo que pensé sobre ti anoche, pero necesito espacio y tiempo. 
-Prometo que no te vas a arrepentir, chico guapo.
 
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