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Revista Veintitantos

Un viaje de placer

Cuando comenzó a gemir, sentí que un calor inmenso me explotaba por dentro...

Un viaje de placer
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20/09/2018 | Autor: Anónimo
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Toqué el timbre una y otra vez. Pregunté en la recepción y nadie sabía por qué Mirna no estaba en su habitación. 
Estaba en una ciudad desconocida para mí, con mi mochila en la espalda y una amiga -que se supone me daría alojamiento- ausente. 
Para pensar mejor qué hacer, me salí a la calle frente al hotel donde Mirna se quedaba, hacía un calor espantosoy dado que no conocía la ciudad ni a nadie más, no me quedó más remedio que sentarme a esperar. 
Pasó mucho tiempo, no sé cuánto, me pareció una eternidad.
Quizá debido a eso, de pronto pensé que la idea de que Mirna estuviera en problemas no era tan descabellada, me entró la urgencia de saber qué hacer en esos casos… ¿llamó a la policía?, ¿voy a los hospitales?, ¿quién la vio por última vez? Pero no tenía idea de a dónde ir.
Como caído del cielo, un policía en motocicleta pasó frente a mí, estacionó su moto delante de donde estaba, echó un vistazo por las aceras y cruzó la calle, entró al edificio de enfrente unos instantes y regresó a su vehículo.
Así que en cuanto ví que el policía se acercaba de nuevo a su moto, lo abordé.
-Hola, disculpe la molestia oficial, estoy de visita en esta ciudad y tengo un problema-, no sabía ni por dónde comenzar a narrar mi historia, ni cual era en realidad “mi problema”.
-Dígame en qué puedo ayudarla-, respondió en tono cortés, mientras se quitaba las gafas oscuras.
-Se supone que una amiga me daría alojamiento, vive en ese hotel, pero no está y tampoco responde a los teléfonos que me dio. Llevo toda la mañana esperando y en la recepción no saben qué pasa, su cuota mensual está cubierta pero desde hace un par de noches no la han visto. La esperaría todo el día pero también me preocupa que pueda haberle pasado algo, ¿qué me sugiera que haga?
El policía, un chico joven y atractivo, me escuchó pacientemente. De pronto sentí como si durante mi monólogo se sonriera, pero quizá eran sólo los gestos que los fuertes rayos del Sol le obligaban a hacer.
Me dijo que tendría que esperar 48 horas para que le declarase oficialmente desaparecida, antes de ese lapso, lo que me quedaba era investigar que ella no estuviera hospitalizada o detenida. 
Mi cara evidenció la angustia que cualquiera de las dos cosas me provocaba, en parte por la situación de Mirna, pero también por la mía. 
-Por qué no pides en recepción que te dejen entrar a dejar tus cosas solamente- sugirió con total naturalidad.
-A mí me parecía imposible que me lo permitieran aunque necesitaba con urgencia dejar mi  mochila y ducharme. 
-No creo que se nieguen. Ven, yo te acompaño- y tomándome ligeramente del brazo me dirigió a la recepción del hotel de Mirna. Al parecer ahí lo conocían porque bastó que él les explicara que mi amiga regresaría más tarde y daba autorización para que yo entrara unos minutos a la habitación para que me dieran la llave. Me pareció divertido que un policía mintiera con tanta naturalidad, pero me dije que quizá sólo era por ayudarme y lo agradecí. 
-Está bien, tiene 20 minutos-, dijo el chico de la recepción mientras me daba la llave. 
Subí, me tiré 5 minutos en la cama, busqué indicios de que Mirna se había ido de improviso o con violencia, pero todo parecía en orden. Decidí bañarme y cambiarme de ropa, me puse un vestido de verano y sandalias, y tomé un poco de dinero y mis papeles antes de salir de la habitación. Salí de hotel para buscar un lugar dónde comer, me sorprendió encontrarme todavía ahí al policía.
-¿Todo bien?- me preguntó al ver mi cara de asombro.
-Sí, muchas gracias. Ahora veré qué puedo comer por aquí y esperaré a ver si en las próximas horas aparece mi amiga. 
-Mi turno se terminó, si gustas puedo acompañarte a comer, mientras haré unas llamadas para ver si hay forma de localizar a tu amiga. 
Acepté y nos sentamos a comer en uno de los restaurantes de la calle del hotel. Me contó que era originario de ahí y que por su trabajo conocía cada rincón de esa ciudad, trató de tranquilizarme respecto a Mirna. Se levantó un par de veces para hacer las llamadas, finalmente dijo que tendríamos que esperar hasta la noche para ver si aparecía.
Era un tipo ameno, no era el típico policía cuarentón, de bigotito y panza de esos que abundan en mi país. De hecho todo lo contrario, era un chico guapo, de cuerpo atlético, sonrisa perfecta, el cabello impecablemente peinado, sus manos parecía suaves, su piel bronceada pero cuidada, incluso su loción era de muy buen gusto. De verlo en otro contexto pensaría que se trataba de un modelo o de un instructor de gimnasio.
-Por cierto, ¿cómo te llamas? Ya me salvaste la vida y ni siquiera sé tu nombre.
-Héctor y ¿tú eres…? 
-Tania-, en el momento de decir mi nombre sentí como si tuviera un haz de luz sobre mi cabeza que calentara mi sangre. Sentí que el color de la cara se me subía. 
Después de comer, Héctor me invitó a conocer la ciudad, nos subimos a su motocicleta, me abracé a él y nos fuimos del lugar. Comenzaba a oscurecer cuando me llevó a caminar a su lugar favorito: debajo de unos puentes que se iluminaban de noche, era algo solitario el sitio, pero pensé que acompañada de un policía que además se había portado caballeroso y amable conmigo no podía estar más segura. 
Me sentía tan a gusto e iba tan despreocupada que por caminar sin fijarme donde pisaba, me resbalé y casi me caigo. Héctor alcanzó a sujetarme y por unos segundos nos quedamos abrazados viéndonos de frente. Entre el susto y tenerlo tan cerca de nuevo sentí que me ponía nerviosa y roja.
Al tratar de apoyar el pie me dolió un poco así que me llevó a recargarme en una de las paredes para revisar mi tobillo. 
-Está bien, creo que el dolor ya pasó- dije al sentir menos molestia al apoyar el pie. Aunque en realidad me ponía demasiado nerviosa que Héctor me tocara, casi por reflejo, mientras él revisaba mi tobillo, mis pezones se pusieron erectos. Él se percató de aquello pues mi ligero vestido no disimulaba en nada la excitación que me estaba provocando… Entonces comenzó a tocarme de diferente manera… Se levantó, me sonrió y sin más comenzó a besarme. 
 
No me había dado cuenta de cuánto deseaba que lo hiciera, porque en ese instante todo desapareció. Por un segundo me cruzó por la mente la absurda idea de que quizá no “embonaríamos”, pero no era el caso. Todo lo contrario, era como si toda la vida hubiera estado esperando que Héctor me besara, su boca y la mía hacían que los besos parecieran de ensueño. Pronto nuestras manos buscaron extender el placer que sentíamos. 
 
Héctor se separó un poco y entonces entendimos lo verdaderamente excitados que estábamos. Sin mirar alrededor, subió mi vestido, comenzó a tocarme los glúteos, los muslos y a buscar mi piel por debajo de las panties. Se mojó con saliva uno de sus dedos y lo llevó directo al clítoris. Me dediqué a disfrutar ese momento al máximo, sin preocuparme, incluso sin hacer nada. Me entregué a esa sensación que Héctor me estaba haciendo sentir. 
Con cada caricia de su dedo por sobre mi vagina me encendían más, realmente me sentía caliente; tan excitada que estaba casi abrumada. Me entregué sin freno al placer. 
Bajé un poco el vestido de la parte de arriba y le ofrecí mi seno. El calor de su aliento y la humedad de su saliva, me hicieron pensar por un momento en desnudarme totalmente ahí mismo. 
Aflojé su cinturón y metí mi mano para sentir su pene. Primero lo hice por encima de su ropa interior, sin embargo, en pocos segundos Héctor estaba guiando mi mano debajo de ella, en silencio me suplicaba que lo tocara directamente. 
El masturbarnos mutuamente nos prendió tanto que Héctor no aguantó más y bajó el ziper de su pantalón, me levantó un poco, acomodó mis piernas alrededor de su cintura y me penetró una y otra vez. Nuestros cuerpos se entendían perfectamente. Yo subía y bajaba mi cuerpo deseando tenerlo lo más dentro posible, mientras pensaba que nunca había tenido sexo de esa forma tan efusiva. Eso me excitaba más… estaba haciendo algo atrevido, ilegal (supongo) y ¡con un policía!  
 
En el momento en que él se acercaba al orgasmo, sentí que se puso más rígido y se concentró en verme. Quise añadir más sensualidad bajándome toda la parte de arriba del vestido y mostrándole mis senos, acariciándolos y poniendo la cara más provocativa que era capaz. Era una invitación a que alcanzara el clímax, ahí mismo… dentro de mí. 
 
Mi táctica surtió efecto y en los siguientes segundos estaba llevándome desde la cintura con más fuerza hacía él, cuando comenzó a gemir, sentí que un calor inmenso me explotaba por dentro y una urgencia de más placer se apoderó de mí. Cuando él terminó de venirse, yo estaba en medio del orgasmo, me acompañó quedándose dentro de mí y observando la forma tan arrebatada en que me venía. 
 
Poco a poco, fue dejando mi cuerpo en el suelo, y extasiados, todavía nos quedamos un rato abrazados. Volvimos a la realidad cuando escuchamos voces, otras personas parecían acercarse; tratamos de arreglar nuestra ropa y cabello, y nos fuimos a su moto. 
  
Al llegar al hotel, entró conmigo, pregunté si Mirna ya había llegado, el chico de la recepción respondió que sí y que me estaba esperando. Instintivamente, casi corrí a ver a mi amiga, en el pasillo noté que Héctor me seguía, llegué al cuarto, llamé a la puerta y Mirna abrió. Nos abrazamos y me explicó que por un asunto de trabajo tuvo que salir de la ciudad un par de días (no me había dicho para no cancelar mi viaje), y que no tuvo tiempo de localizarme durante la mañana. 
-Por suerte, hoy pude hablar con Héctor para que viniera a rescatarte. Me dijeron abajo que comieron juntos y se fueron en su moto, ¿te llevó a conocer la ciudad?
Sorprendida, voltee a ver a Héctor. Él me sonreía con cara de picardía, era irresistible. No tenía caso ofenderme ni hacer un drama.
-Sí, me llevó a pasear y me trató muy bien, pero nunca me dijo que te conocía- dije viendo a Héctor y fingiendo un reclamo.
-Es mi amigo del gimnasio. Te he contado de él, sabía que podían llevarse muy bien. 
 
Y, en efecto, durante toda mi estancia con Mirna, Héctor y yo nos llevamos tan bien que en cada uno de sus días libres, me llevaba en su motocicleta debajo del puente a revivir nuestro primer encuentro. 
 
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