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Revista Veintitantos

Un inocente juego de la infancia se convirtió en un candente encuentro

"Lo ponía sobre mis piernas y le daba tremendas nalgadas que despertaban en mí una gran satisfacción".
Un inocente juego de  la infancia se convirtió en un candente encuentro sexual
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24/04/2018 | Autor: Rincón Erótico
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Cinco años después estábamos en la misma sala, cuando él apenas salía de la prepa y yo a unos pasos de irme de intercambio.
 
Sin embargo, todo en él había cambiado, su mirada se había tornado penetrante y profunda, mientras su cuerpo, más robusto, se marcaba por encima de la camisa blanca desabotonada, que provocaba el desvío de mi mirada, tanto que incluso llegaba hasta topar con su entrepierna.  
 
Luis es hermano de Lucía, mi mejor amiga desde el kínder y con quien he compartido todos los recuerdos desde pequeña, hasta aquellos que no eran tan inocentes, como el juego que nos gustaba hacer en la cochera subterránea de los  departamentos donde ella vivía. Las reglas eran muy simples, ella era la novia de mi hermano más grande y yo era la mamá del suyo (por la edad). Lo cierto es que ellos terminaban dándose besos frente a mí y muchas veces, en mi  el sentimiento por no poder hacer lo mismo con algún chico, me volvía una madre iracunda contra el niño, al grado en el que lo ponía sobre mis piernas en la banca del jardín y le daba tremendas  algadas que despertaban en mí una gran satisfacción, incluso podría decir que fueron mis primeras sensaciones de excitación.
 
Sin embargo, no sólo me lo provocaba darle de golpes, sino que él nunca, nunca lloraba es más, volteaba su cabeza, como si me confrontara y entre dientes me pedía más, sólo por el placer de hacerme sentir débil. 
 
Al paso del tiempo, nunca nos confesamos nada, sólo entre shots de antro se le escapaba un: “deberíamos de jugar a que eres mi mamá”, entre una mueca bastante sugerente, mientras que a mí me robaba una pequeña erección. Siempre pensé que por ser el hermano pequeño de mi best friend estaba prohibido, y creo que justo eso en el fondo era lo que más me provocaba, porque sabía que si Lucía algún día sabía que yo podía terminar en la cama con él lo iba a tomar como una traición un tanto incestuosa.
 
En realidad éramos como hermanos y pasábamos tanto tiempo juntos que él fue el primero que notó la aparición de mis senos cuando iba a entrar a secundaria. Estábamos de viaje en Puerto Vallarta, nos hospedábamos en una casa alquilada y por ahorrarse espacio, tanto sus padres como los míos nos pusieron en un mismo cuarto.
 
Recuerdo que habíamos vuelto de la playa, y yo, por mi tez tan blanca, me había quemado toda la parte de enfrente del cuerpo; Lucía me ponía crema en el pecho, los brazos y el cuello, mientras yo, recostada en la cama, no podía moverme para nada.
 
De pronto se escuchó que alguien tiró un plato en la cocina y mi amiga dejó el tarro de crema y salió a ver qué había pasado, Luis se acercó y sin preguntarme nada también comenzó a untarme crema sobre mi rostro, luego pasó hacia mi cuello y yo, enmudecida y humedeciéndome, esperé a que llegara a mis senos… sus yemas a penas rozaron la tela del top de mi bikini, cuando mis pezones se comenzaron a poner duros y entonces los pellizcó con curiosidad, cuando vio que me retorcí sobre las sábanas, metió su mano por entre la tela y los masajeó con más fuerza… yo no pude detenerlo y de pronto mi vagina experimentó por primera vez una sensación que me hizo temblar desde la cabeza hasta los pies… después de eso él salió también del trance, dejó la crema y huyó de la habitación. A partir de ese momento él y yo tuvimos un secreto que nadie debía saber, pues esa lealtad que existía entre nosotros era tal cual la de una enorme familia. Cuando Lucy y yo salíamos con chicos, en su mirada percibía una especie de celos, pero justo cuando lo notaba él tenía un cambio de actitud para poder comportarse de nuevo cool. Misteriosamente jamás decidimos hablar entre nosotros lo mucho que nos gustábamos, pero era como si los juegos entre ambos hubieran continuado de alguna u otra manera, porque incontables veces sentí su deseo por mí, se lo correspondía, nos dábamos cuenta de que estaba prohibido que pasara algo entre nosotros, y volvíamos a comportarnos como hermanos. 

La distancia entre Lucía y yo fue creciendo de pronto, pues ella había decidido entrar a medicina, mientras que yo me fui a estudiar diseño; lo que hizo de nuestra convivencia algo más lejano y esto mismo sucedió con Luis, él estaba en la preparatoria y sus fiestas y amigos tampoco le daban espacio para preguntar por mí. Luego de tres años mi amiga y yo decidimos que era justo reencontrarnos y hacerme una despedida porque me iría del país un año a estudiar, nuestro plan era pasar una noche de antro en antro, como hacía tiempo no lo habíamos hecho. Ese viernes pasé por ella a su casa, salimos primero a nuestro pre-copeo habitual en la Roma, para luego escapar a un lugar que nos fascinaba en Insurgentes, ahí estuvimos hasta la madrugada, pasándola a todo lo que da cuando otro grupo de amigos nos invitó a un after con música electrónica.

Lucy y yo aceptamos, aunque ella lo hacía más por necedad que por gusto, pues los tragos ya le habían hecho efecto y la pila se le fue bajando hasta el suelo, tanto así que a penas duramos veinte minutos en ese lugar, cuando le propuse regresarnos a casa. 

Luego de pasar un rato tratando de convencerla de que volver era una buena idea sentadas en el sitio de taxis, logré subirla, nos dirigimos a su casa y al llegar a ella, en lo que buscaba las llaves en su bolso, apareció Luis. Al principio estaba asombrado del estado de su hermana y después preocupado porque no se ponía de pie, así que decidimos entre los dos llevarla hasta el sillón de la sala. La acomodamos y pensamos en hacerle un café para bajarle un poco la fiesta y revivirla.

Al entrar a la cocina de inmediato sentí una tensión que me recorría las partes traseras de las piernas, como unos alambres electrificados que me daban toques en las nalgas y al mismo tiempo todo mi cuerpo se endurecía.

Tomé la cafetera y Luis sacó la jarra de agua con mucha fuerza, tanto así que al momento que volteó a dármela me la derramó sobre la blusa. Yo me sorprendí, porque mis pezones quedaron exhibidos, se notaban por encima de la tela por lo frío del agua y porque mi excitación era extrema. Él sostuvo su mirada en mis senos, dejó la jarra sobre la barra y con mucha calma los tocó, primero con las palmas de sus manos, luego con los dedos y después los comenzó a apretar con más fuerza.

Mis gemidos comenzaron a sonar cada vez más cuando se acercó a besarme. Con su lengua escudriñándome, mi vagina se humedeció y se pegó a su pene, como si quisiera por fin conocerlo, saber qué se sentía tenerlo dentro de ella y volverla a hacer estallar como hacía años lo había hecho las manos de su dueño con tan sólo un roce. 

Luis me arrinconó en la esquina de la barra, me sentó en un banco y me abrió por completo la blusa, buscando con desesperación mis pezones. Los sacó de mi bra sacudiéndolos con fuerza, como si quisiera arrancarlos, para luego subirme la falda, hacerme a un lado mi panty y mojarse los dedos entre mis piernas. Yo las abría, pidiendo que me penetrara, así que lo acerqué a mí tomándolo por el cinturón, toqué su pene duro y me mojé todavía mucho más, él mientras me preguntaba: “¿así querías que te cogiera?”, a lo que yo contestaba entre dientes: “¡Sí!, así…” Él mientras lo ponía más duro y yo lo sacaba de su pantalón. Bajó su cabeza y metió su cara entre mis senos, mientras que con la lengua buscaba mis pezones de nuevo, yo le acariciaba su miembro, sintiendo cómo él también se humedecía y sus manos no dejaban de tocar mi clítoris.

Luego de morder mis boobs y de volverme loca de placer, me jaló de las piernas, me tomé por detrás de la columna de madera y me penetró con fuerza, el gemido que se me escapó se ahogó en el temor de ser descubiertos, así que apreté los labios y recibí sus embestidas en un silencio delicioso, uno que no me dejaba gritar.

Lo hizo varias veces, lo metió una tras otra y cada vez más rápido, al tiempo que sentí cómo tiró el banco por debajo de mis nalgas y siguió con un instinto casi animal cargando todo mi peso, mientras yo me sostenía con los brazos hacia atrás casi ya sin fuerza. No se detuvo hasta que dijo: “te voy a dejar mojada”, cuando su gruñido me hizo remontarme a esa sacudida de todo mi cuerpo, un orgasmo inigualable me recorrió de nuevo toda la piel y sentí cómo quedaba llena de él.

Al volver a encontrarnos con la mirada, supimos que si bien seguiríamos siendo como hermanos, tendríamos que terminar de vez en cuando en algún rincón de la casa y saciar ese deseo que oscila entre lo ingenuo y lo perverso. Como ahora… cinco años después sentados en la misma sala de aquella noche. 

 

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