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Revista Veintitantos

Un final feliz

Una de las cosas que me gusta hacer en mi tiempo de ocio o descanso después de una semana pesada, es ver pornografía.
Un final feliz
Shutterstock
30/08/2018 | Autor: Fab M. H.
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Cierto día, un amigo, que se conoce todos los lugares en donde uno la puede pasar kinky, desde antros, sex shops y ‘spas’; me recomendó uno. Dijo que es un secreto muy bien guardado y que, incluso, el lugar no tiene nombre, todo el que va le dice spa, no tiene publicidad de ningún tipo, no lo encuentras en internet, llegas a él porque alguien te lo recomienda. Así terminé yo en aquel sitio.
 
Era muy elegante, limpio y discreto. Alrededor se observaban muchas habitaciones y no se escuchaba nada de ruido, nada. Un pasillo te llevaba al lobby donde había una chica bastante guapa recibiendo a todo aquel que llegaba, me dieron un cóctel de bienvenida, me enseñaron los tipos de masajes que tenían y el costo de cada uno. Después de que elegí cuidadosamente, llené un formulario para indicar si quería a un hombre o a una mujer para darme el servicio. Hombre, palomeé yo. 
 
Un rato después, fui asignada a una habitación, tomé una toalla y me indicaron que me quitara toda la ropa. Como sabía perfecto a lo que iba, empecé a sentir nervios, emoción y, claro, me prendí muchísimo. Una vez con la toalla puesta, pasó cerca de un minuto cuando él entró. Traía puesta una bata
blanca, estaba descalzo y olía delicioso. No pude ver más, en ese momento ya me encontraba boca abajo. Le puso play al reproductor y una canción, que bien podía ser el fondo musical de cualquier película pornográfica, comenzó a sonar. El aceite era vainilla, un suave aroma llegó a mi nariz, escuché sus manos frotarse, sentí cómo se acercaba, comenzando con mi cuello y mi nunca, relajándome por completo. “Qué bonitos pies”, pensé al verlos frente a mí. Pasaba sus manos por mi cuello, sus pulgares hacían la presión necesaria, llegaban a mi nuca, mi cabeza y jalaban suavemente mi cabello. Siguió hasta mis hombros, haciendo movimientos circulares, presionando ligeramente y poco a poco bajó hasta mi cintura. Caminó hacia mi lado izquierdo, continuó en mi cadera, iba de un lado a otro, en ocasiones me sujetaba, sentía sus 10 dedos clavarse en mi cuerpo. Empecé a mojarme.
 
Sentí cómo lentamente bajó por mi vagina una gota, llegó hasta la toalla de la cama, bajó otra más, y otra... Fue imposible contener la respiración, sin siquiera darme cuenta comencé a agitarme. No es porque yo sea precoz, no; pero esas caricias no eran de un masaje común, eran caricias para provocar, para preparar el cuerpo y contonearlo. Llegó a mi cadera, con sus pulgares hizo presión arriba de mi coxis, mi cadera se levantó, era como un movimiento involuntario. Se fue hasta mi pies, subió poco a poco por mi pantorrilla, seguía presionando acercándose cada vez más a mi entrepierna, yo no paraba de mojar la toalla.
 
Finalmente llegó. Sus dos manos estaban en mi entrepierna, las yemas de sus dedos apenas tocaban mi vagina, sentía cómo los pasaba suavemente y volvía a regresar a mis nalgas, bajaba a mis labios húmedos, los seducía, subía de nuevo. La toalla ya no me cubría. Con un tono suave me dijo: “Date vuelta”, su voz era masculina, gruesa y atractiva. Lo hice, pero no quise abrir los ojos, no todavía. Honestamente no quería llevarme una desilusión y desconcentrarme, así que preferí esperar hasta que mis 50 minutos de sesión terminaran para abrirlos y ver a mi masajista.
 
Ya estaba boca arriba cuando me quitó por completo la toalla, volvió a mis hombros, bajó a mi pecho y, de pronto, tocó mis pezones. Me los apretó con sus dedos índice y pulgar. Empezó a jugar con mis bubis, las ponía entre sus enormes y suaves manos, otra de las ventajas de trabajar con aceite, supuse. Estaba empapada, mi vagina no dejaba de lubricar y mi respiración estaba incontrolable; supongo que fue por eso que, sin más, fue directo a mis genitales.
 
Mi masajista no dejaba de ponerse aceite en las manos, escuché el frote cuando, de pronto, sus dedos cálidos llegaron a mi vagina, jugueteaba con mi lubricación, acariciaba mi entrepierna, mis labios y, por primera vez, introdujo uno de ellos en mí, gemí. Luego dos, gemí más. Luego tres, ¡grité!
 
Siguió metiendo sus dedos al tiempo que con la otra mano agarraba mis bubis. Iba cada vez más rápido, entraban y salían; inevitablemente me movía de arriba hacia abajo. Se detuvo por unos segundos y colocó una almohada debajo de mi cadera. Sus dedos estaban concentrados en mi punto G, ¡ya no podía más! La sensación de placer inundaba mi cuerpo de manera espectacular. Así fue como llegué y eyaculé por primera vez en la mano de alguien, mis piernas temblaban, por unos segundos perdí la fuerza y me sentí desvanecer.......
 
Creí que ya no podría más. Mis piernas eran tan débiles como las de un venado recién nacido, si alguien intentaba colocarme de pie, seguro que azotaba en el piso al instante.
 
Después de darme los mejores 5 minutos de los 50 que pagué, comenzó a relajarme nuevamente. Volvió a masajear todo mi cuerpo, se puso más aceite, se dedicó a restablecer mi pulso cardiaco. Poco a poco me tranquilicé, mi respiración se normalizó y recobré la fuerza en mis piernas. Tomó la toalla, cubrió mi cuerpo y dijo: “Espero que lo hayas disfrutado”. En ese momento abrí los ojos, estoy segura que cuando le dije gracias mi sonrisa era la de una puberta enamorada.
 
Efectivamente, era un hombre muy guapo y sexy. Salí casi casi flotando sobre una nube y cada que lo recuerdo se eriza mi piel y una sonrisita invade mi boca.
 
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