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Revista Veintitantos

“Si me vuelves a amarrar así, podría quedarme para toda la vida”

"Entramos a la habitación besándonos, despojándonos uno al otro de la ropa que nos estorbaba".
“Si me vuelves a amarrar así, podría quedarme para toda la vida”
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25/04/2018 | Autor: Rincón Erótico
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Llevaba seis meses separada de mi marido, no tuvimos hijos y las cosas fueron más sencillas, al parecer. La realidad era que en el fondo me sentía fea y sola, incapaz de rehacer mi vida sentimental y de la sexual ni hablar. Mi mejor amiga me convencía de vez en cuando de salir de copas, un par de tragos y regresábamos a nuestras respectivas casas a descansar, pero hace unas semanas pasó algo diferente.
En la mesa de al lado del bar que solíamos frecuentar, se divertía un grupo de caballeros que rondaban la misma edad que nosotras. Siendo honesta ahora, uno de ellos destacaba del resto, sin el abultado abdomen que se acumula con los años, pero con algunas canas y arrugas que evidenciaban el paso del tiempo. Nuestras miradas se cruzaron y recordé esa emoción que se forma en tu estómago cuando alguien atractivo te mira. Inmediatamente esa sensación desapareció, la ignoré y seguí mi velada en compañía de mis amigas.
Unas horas más tarde, tenía a ese hombre alto, de brazos anchos y fornidos hablándome de frente, preguntando mi nombre, queriendo llamar mi atención.  Mi primer instinto fue alejarlo, decirle que no me interesaba, pero al parecer mi boca perdió poder ante el estridente palpitar de mi entrepierna.
Platicamos menos de una hora, pero parecía tener un poder sobrenatural en mí, no me sentía enamorada, no señor, me sentía excitada; por mi cabeza rondaban pensamientos que desconocía estuvieran ahí: quería que me tomara sobre la mesa de aquel lugar, delante de mis amigas, de todo el mundo, que me tomara como si fuera un objeto más que una mujer. Ansiaba que lo hiciera.
Pero al parecer era todo un caballero, divorciado como yo, tenía un hijo pequeño, tema del que hablamos ampliamente y del que, ignoro el porqué, me gustaba pensar en él en su faceta de protector del niño. Me prendía todo de él, lo que me contaba, el movimiento de sus manos al hablar, sus labios y hasta la manera en que su garganta se movía cuando las palabras salían de su boca. Quería imaginar que el sexo con él sería rudo, pero la manera tan caballerosa que tenía me hacía pensar que sería de lo más cortés, preguntándome sí podría introducírmela, o bien que tendríamos sensacional sexo en la posición del 'misionero' todo el tiempo.
Una parte de mí tenía miedo de sugerir que fuéramos a un lugar más íntimo, pero otra parte moría por sentirlo dentro; así que comencé con frases sugerentes y confusas, que le dieran pie a pensar que no quería pasar la noche sola.
Y así fue, terminó cayendo en mi red de frases y sugiriendo que pasáramos la noche juntos: “no tiene que pasar nada que no quieras, podemos solo platicar o dormir”, me aseguró a la vez que sentía cómo mi pantaleta se mojaba aún más.
Terminamos la copa que teníamos en la mano, la extendí lo más que pude porque sólo podía pensar en lo mucho que me excitaba esperar. Él, por su parte, parecía bastante calmado, demasiado seguro, mientras que yo tenía que cruzar las piernas para contenerme; como me era casi imposible, las presionaba y liberaba de vez en vez para satisfacer medianamente mi deseo voraz por poseer a aquel hombre. 
Al terminar nuestras respectivas copas platicamos un par de minutos a la espera de la cuenta, me arrepentí del tiempo perdido porque éste se prolongó más. Por fin pagamos y salimos de ahí, él me tomaba por la cintura como si fuésemos
una pareja que lleva años juntos y en cuya relación las cosas han marchado de maravilla. Su auto llegó pronto. Mientras conducía él notó que mojaba muchos mis labios y me preguntó si tenía sed, que podía parar rápidamente en algún lugar y comprarme un poco de agua, pero la verdad es que lo hacía inconscientemente porque me lo estaba ‘saboreando’. Llegamos a unas villas y mientras él se bajó del auto a pagar una ola de inseguridad me invadió. El pánico me impulsó a bajar del auto y echarme a correr. Justo cuando mi mano tomó la manija para abrir la puerta, ésta se abrió, ahí estaba mi príncipe azul ofreciéndome su mano para bajar. La tomé y al salir nuestros cuerpos quedaron muy juntos, agaché la cabeza e iba a decirle que era un error y que quería irme cuando sus dedos se posaron en mi quijada y levantaron mi rostro dándome el beso más candente del que mi cuerpo tenga registro. En ese momento olvidé que quería salir de ahí y me entregué a sus labios, carnosos y suaves. Sus manos nuevamente me jalaron por la cintura hacía él y sentí cómo su miembro se ponía firme con la cercanía de mi pierna, con la cadencia de mis caderas moviéndose un poco y la sensación de sensualidad que mis besos le transmitían. Iba subiendo por las escaleras pensando que venía tras de mí, al voltear lo vi ahí parado al pie de la escalera viéndome subir, tal vez mi cara hizo la pregunta correcta (¿qué esperas?) y de su boca salió la respuesta indicada: “podría verte ese tremendo trasero que tienes toda la vida”. Mi sonrisa, mezcla de agradecimiento y lujuria subida de tono por su comentario, lo animó a alcanzarme y tomarme de las nalgas, encajando un poco las yemas de sus dedos en mi piel que rogaba por ser presa de sus más oscuros deseos. Entramos a la habitación besándonos, despojándonos uno al otro de la ropa que nos estorbaba. Me quedé en bra y pantaleta, me enorgullecí por haberlos combinado bien, (¡qué casualidad!); él permaneció en boxers por un par de milésimas de segundo observándome, devorándome con la mirada. Lo tomé por las mejillas y comencé a besarlo, muy segura de querer estar ahí; él me tomó por la cintura para atraerme nuevamente hacía él (yo podría acostumbrarme a eso el resto de mi vida). Me aventó sobre la cama y en ese momento me di cuenta que lo mismo que era caballeroso también podía ser una fiera, la fiera que todo el tiempo en el bar estuve imaginando. 
Hábil y fuertemente, de un movimiento me volteó boca abajo tomándome por las caderas, mis brazos quedaron bajo mis senos y él se montó sobre mis muslos.
Comenzó a acariciarme el cabello, a besar mi cuello y espalda, a presionar con sus yemas de los dedos mi piel bajando por mi cintura y encontrando mis glúteos levantados hacia él. Sin previó aviso tomó la parte superior de mis calzones y la jaló hacía arriba, haciendo una especie de tanga que presionaba mi vulva excitándome, levanté un poco más el trasero a manera de ofrenda, quería sentirlo dentro de mí. Así fue, tras colocarse el condón y sin quitarme la poca ropa que me quedaba me penetró, fuerte, seguro. 
Las embestidas duraron un par de minutos mientras mis manos pellizcaban mis pezones a la par. Salió de mí y giré para verlo, un brillo perverso se asomó en su mirada, alargo la mano y encontró su corbata, me tomó por las muñecas y subió mis manos por encima de mi cabeza. Un “¿puedo?” salió de su boca a la vez que me amarraba las muñecas, puedo jurar que una lluvia de lubricación salió de entre mis piernas.
Por fin me quitó la pantaleta (no es que hiciera mucha falta he de confesar), e introdujo su miembro. Tocaba mis senos y jalaba mi cuerpo tomándome de las caderas para penetrarme cada vez más fuerte y más rápido. Me dejé ir. Salió de mí y me ayudó a ponerme de rodillas, se paró frente a mí, puso su pene en mi boca, la punta de mi lengua se paseó por todo su miembro, después lo succioné completo. Mis manos atadas aún tenían acceso a mi zona V, así que comenzaron a moverse en círculos delicados al mismo ritmo que lo chupaba con fuerza.
Un par de minutos después, me desamarró pero sólo para atarme por la parte de atrás. Me colocó en una especie de posición de perrito, pero obviamente
mis manos no eran apoyo suficiente, así que, en su lugar, lo fue mi cabeza. 
Ahí me encontraba yo, con la cabeza de lado en un colchón, las manos atadas, de rodillas y abierta de piernas. Me tomó por la cadera y me penetró nuevamente, tomada por las caderas me embistió en repetidas ocasiones, hasta que logró provocarme un orgasmo, mientras mi cuerpo sentía correr la energía en cada rincón, se agachó y susurró en mi oído: “me encantas”.
Me dio un par de nalgadas y volvió a colocar su cara cerca de mi cuello. Mientras aún sentía que el orgasmo me recorría el cuerpo entero, su respiración en mi cuello me hizo prolongar la sensación, haciéndome sentir la intensidad del momento aún más.
En el instante en que me relajaba escuché que gemía y supe que estaba a punto de venirse, así que apreté su pene con mi vagina, sintiendo en ese momento las contracciones que indicaban que lo estaba ‘exprimiendo’ por completo. Se quedó un par de segundos arriba de mí, después me desató y pude recostarme. Pasó su brazo por debajo de mi cabeza y me hizo cariños en la espalda. Justo cuando estaba a punto de quedarme dormida me susurró al oído: “juro que podría acostumbrarme a esto”, a lo que respondí “sí me vuelves a amarrar así, podría quedarme para toda la vida”.
 

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