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Revista Veintitantos

Playa azul

En cuanto comencé a hundirme en él, Gabriel –como en el mar- vino a unirse conmigo y nadamos juntos hasta llegar a la cima

Playa Azul
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04/10/2018 | Autor: Valeria Rodríguez
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Cuento 
Marzo 2008
Playa Azul
Por 
 
¿Alguna vez han sentido que todo les sale mal? 
Después de tres años de trabajar 10 horas diarias como asistente en un empresa y que me despidieran sin mayor motivo, me sentía perdida y derrumbada. 
Mi familia y mis amigos (obvio, no tengo novio) me convencieron de tomar unas vacaciones. Fui a una agencia de viajes y creo que por mi cara la agente me recetó un viaje al mar: Playa Azul, “te va a encantar. 
Pensé que sería buena idea, me gusta caminar por la playa y mirar un atardecer es deleitante para mí.
Me instalé en un hotel a la orilla del mar y para el día siguiente en verdad me sentía mejor. Había decidido quedarme un par de semanas, pero en cuanto tuve tiempo de caminar por aquí y por allá, me di cuenta que en dos días agotaría todos los lugares a donde ir. Era literalmente “una playa de descanso”. 
 
Me puse mi traje de baño y mis lentes de sol, acompañada de un libro y mi ipod decidí que el segundo día (porque el primero me la pasé durmiendo) me lo aventaría a los rayos del Sol.
 
Mi libro iba en un pasaje de verdad interesante, cuando algo más llamó mi atención: a unos metros de mí el hombre más guapo del mundo pasaba trotando.
Quedé muda… o no sé, quizá sin darme cuenta me quité las gafas y dije en voz alta “¡wow!”, no lo recuerdo con claridad.
 
Casi hipnotizada lo seguí con la vista desde que pasó frente a mí hasta que llegó a la torre de salvavidas. No sé cuánto tiempo pasó. Con todo el dolor de mi corazón me levanté, recogí mis cosas y todavía alcancé a verlo bajando de la torre… la parte razonable de mí, me llevó a rastras al hotel, mientras mi parte “acosadora” se retorcía y miraba insistentemente hacía donde él estaba limpiando (o algo parecido) su tabla.
Lo tenía decidido, iba a conocerlo. No sabía cómo pero iba a hacerlo o dejaba de llamarme Paula.  
Lo primero fue investigar discretamente con la gente del hotel si sólo había un salvavidas. Resultó que por algunos días Gabriel, sería el único que cuidaría la playa.
Con esa información al otro día llegué decidida y con el plan perfecto para conocerlo. 
Me metí a nadar, poco a poco, me fui metiendo a lo profundo, dejé que la fuerza de unas cuantas olas jugaran con mi peso, no sabía si Gabriel estaba observándome (era probable, había poca gente), así que ponía cara de susto y fingía por un rato algo de miedo. Después de un buen rato, decidí ir más al fondo, el mar me mandó una ola fuerte de la que fingí salir con dificultad, luego me mandó una más y otra… y por la cuarta en verdad no podía salir. El pánico se apoderó de mí por unos instantes, hice un intentó por salir pero me di cuenta que Gabriel se acercaba.
Puedes salir de ahí-, me preguntó en cuanto entró al agua y se acercaba a mí. 
Creo que no… casi no puedo respirar, le respondí. Era real, sin darme cuenta me estaba quedando sin aliento, pero además quería que él fuera por mí. 
Todavía me excita recordar el sentir sus manos en mi cintura para darme vuelta y ayudarme a llegar a la orilla. Una vez que el agua estaba tan sólo a nivel de la rodilla, su brazo entero estaba otra vez en mi cintura para llevarme hasta la torre. 
No sé si fue la impresión de tenerlo tan cerca, pero sentí como me fui quedando sin conocimiento… ahora sí estaba asustada… mi visión se hizo borrosa y luego nula, no veía nada. Y casi dejé de escuchar, escuchaba la voz de mi ángel lejana… me sentí sin fuerzas y lo siguiente que tengo en mente son los labios de Gabriel despertándome. 
Creí que habías tragado agua, pero creo que sólo fue la impresión-, me diagnosticó una vez que estuve recuperada.  
No sé de dónde me salieron las lágrimas, ni los sollozos pero eso hizo que Gabriel me abrazara para tranquilizarme.
Me dijo que el mar era sumamente impredecible y que por ello, había que estar muy alerta.
“Tengo un plan, que tal si mañana –ya más tranquila- vienes por acá por la tarde un rato y platicamos, vienes y observas el mar. En estos días no hay mucho movimiento y quizá pueda mostrarte que no hay nada que temer. No me gustaría que te fueras con una mala impresión, tienes que vencer ese miedo y yo te voy a ayudar ¿te parece?”, me ofreció Gabriel.
 
Al siguiente día por supuesto regresé, me aseguré de llevar un outfit playero pero absolutamente radiante. Me invitó a sentarme en las escaleras, me ofreció agua y comenzamos a platicar.
 
Gabriel alternaba la plática con el monitoreo a la playa: subía, vigilaba hacía uno y otro lado, hablaba más fuerte o me decía “te sigo escuchando, preciosa” y regresaba a mi lado. 
Ese día detrás de su torre había una camioneta, bastante peculiar, lera suya y me dijo que la había traído para invitarme a ver el atardecer en el lugar más especial de Playa Azul. 
 
Al dar las 6pm, Gabriel anunció que su turno había terminado, estratégicamente me quedé sólo en bikini y le dije que ya quería estar en el lugar especial. 
 
Después de 10 minutos que me parecieron eternos, llegamos a unas rocas enormes empotradas justo ala orilla del mar, era un lugar maravilloso, parecía muy solitario por lo que me extrañó que también hubiera una torre salvavidas. 
Solamente funciona en temporada alta-, dijo Gabriel como si leyera mi mente, mientras apagaba la camioneta. 
Gabriel permaneció en silencio, me miró como contemplándome, no era una mirada lasciva sino una serena y absolutamente llena de sensualidad. 
Creo que nuevamente perdí el conocimiento por unos segundos porque no recuerdo cómo nos comenzamos a besar tan febrilmente que no dudé enseguida en acomodarme sobre sus piernas con las mías abiertas. Sus manos varoniles me tomaron de los glúteos y me acomodaron a su gusto. Nuestros sexos latían al unísono estando tan cerca.  
Su beso era exquisito, perfecto. Su lengua se deslizaba dentro de mi boca con seguridad, al igual que sus manos sobre mi espalda. Poco a poco, sus dedos se fueron deslizando al borde de mi top, siguiendo desde la espalda el camino que marcaba el cordón con el que estaba sujeto. 
Su erección se hizo más intensa, al igual que sus besos, sus pulgares –uno a cada lado- se deslizaron hacía el frente de mi top tocando por dentro el borde de mis senos. El gesto me calentó tanto que comencé a balancear mi pelvis sobre la suya… deseaba más. 
Sus dedos regresaron a mi espalda pero sólo como preámbulo, sin prisas, los pulgares volvieron a hacer el recorrido desde atrás hasta los senos y finalmente tocaron -exquisitos- mis pezones absolutamente duros de placer. 
En cuanto los sintió, frotó alrededor de ellos, enseguida una de sus manos dejó al descubierto un seno y Gabriel pasó sus labios, su aliento y después su lengua sobre la aureola y el pezón. 
Los latidos de mi corazón y mi vagina se hicieron uno. Y como si Gabriel quisiera auscultar también la humedad de mi interior deslizó si dedo índice por entre mis piernas, al llegar a mi pubis frotó, mientras me miraba provocativamente. Me llevó por un momento al éxtasis, parecía deleitarse con mi aliento agitado y a punto del gemido. 
Fue un orgasmo delicioso pero no muy intenso, y Gabriel sabía lo que hacía, así que enseguida entre besos y caricias más resueltas me invitó a salir de la camioneta. Nos dirigimos hacía las rocas, por fin estábamos en el “Lugar Secreto”, el Sol se iba poco a poco, y con él mi pudor.  
No podía imaginar una escena más erótica… un lugar maravilloso y solitario, en la playa, con un hombre absolutamente sexy… sólo quería darle rienda suelta a mi deseo, ardía en ganas de que me poseyera.  
No sé si leía mi mente, pero conforme iba pensando y calentándome más, Gabriel se volvía más excitante y diestro en sus caricias. Pensé en desnudarme para él, pero el que me tocara entre los pliegues del bikini, haciéndolos a un lado, me encendía más.  
Al llegar a las rocas, me recostó, nuestros sexos volvían a estar cerca. Separados únicamente por dos telas delgadas y empapadas por el mar… y nuestros deseos. Con destreza Gabriel se separó un poco y se bajó el traje de baño. 
Su mirada me dejaba tan atónita y era en sí misma tan excitante que ni siquiera pude voltear a mirar su sexo… y para esas alturas me moría por verlo, tocarlo, sentirlo, probarlo… 
Esta vez hizo a un lado mi bikini para dar paso libre a su pene, ambos estábamos tremendamente mojados, de modo que la penetración fue suave y deliciosa. Alcancé a ver que él entrecerraba los ojos, yo los cerré totalmente mientras arqueaba mi espalda y echaba la cabeza ligeramente hacía atrás. Me perdía de placer. 
Deseaba moverme para él, llevar el mando. Cambiamos de posición y ahora sus manos me guiaban desde la cintura o más abajo para que las penetraciones fueran perfectas. Nunca lo había hecho lentamente. Gabriel me enseñó. Cada entrada de su sexo en el mío era una invitación a ir más profundo en el mar de la pasión, pero la experiencia era tan deliciosa que no quería que nada cambiara.
Nunca dejó de mirarme, lo cual me ayudó a tener otro orgasmo prolongado y maravilloso. En cuanto comencé a hundirme en él, Gabriel –como en el mar- vino a unirse conmigo y nadamos juntos hasta llegar a la cima.  La sensación fue tan fuerte que llegué a sentir un ligero mareo de tanta excitación. 
Era un experto controlando su modo de hacer el amor, me ayudó a tener un orgasmo lento y delicioso; él también retrasó el suyo para más gozo, por momento su pene salía de mi vagina y esperaba unos segundos antes de entrar. No quería venirse pronto, sino seguir penetrándome una y otra vez. En cuanto salía de mí, ya lo extrañaba, quería que siguiera embistiéndome sin descanso. Fue exquisito.  
Al conseguir nuestro orgasmo, permanecimos quietos –yo encima de él- por unos minutos, mientras recuperábamos el aliento, estábamos completamente empapados de sudor y la brisa que venía del mar, o del cielo... qué importa. 
Esa noche no regresé a mi hotel, el mundo desapareció por completo. 
En las siguientes dos semanas, visité a mi ángel diariamente después de su turno, una y otra vez me hizo hundirme en el océano lentamente y sin miedo. Y para el día de hoy yo diría que el “miedo” se convirtió en adicción. 
Mientras Gabriel me acompañe, puedo dejarme llevar hasta en el mar más profundo porque sé que será delicioso. 
 
 
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