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Revista Veintitantos

Mi fantasía hecha realidad

Me deshice de la vergüenza y los pensamientos que no me dejaban disfrutar de lo que en mi mente vivía durante las noches de lujuria. ¿Todo es diferente? Sin duda, todos me notan distinta, y sí que lo soy.
Relato erótico: Mi fantasía hecha realidad
Shutterstock
23/08/2018 | Autor: Fab M. H.
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Desde aquella noche en que tuve sexo con un extraño, mi placer se encontró con su nivel más extremo. Jamás imaginé gritar y gemir de esa manera, tampoco sabía que me gustaba tanto que me nalguearan, jalaran mi cabello, terminaran en mi boca y… no volver a verlo.
 
Siempre he considerado que soy una chica romántica, a la que le gusta ‘hacer el amor’, sentir esa conexión, besar con ternura, terminar abrazados toda la noche y bañarnos juntos en la mañana para luego desayunar. Claro, eso sólo pasaba cuando tenía pareja, ahora que soy soltera aprendí a disfrutar el sexo de otra forma, una muy diferente a la que acostumbraba y creía gozar sin esperar más.
 
Aquella vieja y aburrida ‘yo’, dejó de vivir el día en que mi amiga Camila me invitó a festejar sus 30. El plan era ir a sentarnos a un aburridísimo restaurante, platicar con sus amigos que apenas conocía y, claro, hacer todo por pasarla bien. Ahí estaba yo, en una mesa de 20 personas sin charlar con nadie, hasta que llegó Mauricio, se sentó junto a mí y me habló de él. Tenía 37 años, era soltero, vivía solo, era jefe de un departamento de no sé qué... no me importó y ahora me interesa menos saberlo. Pasamos ahí un rato, no sé cuánto, bebí tres o cuatro copas de vino. Si se lo preguntan, él no es para nada mi tipo. De entrada, nunca imaginé tener sexo con alguien 10 años mayor que yo, que vistiera a diario de traje y tuviera canitas.
 
Al final de la cena me invitó a su casa, así, sin siquiera esperarlo. Dudé durante algunos segundos y después acepté. No sé cuánto tiempo había pasado sin tener sexo, pero les juro que con sólo escuchar su invitación comencé a mojarme. Fue en ese momento cuando supe que estaba del otro lado, de aquel que no había experimentado.
 
Mauricio pidió el coche en el valet, me abrió la puerta y esperó a que estuviera sentada para cerrarla. “Al menos es caballeroso y atento”, pensé. Yo traía falda y en el primer semáforo puso su mano caliente sobre mi pierna, no sé qué mirada habré hecho, pero seguro fue de placer porque en menos de dos segundos toda su palma ya estaba en mi entrepierna.
 
Me dio pena que notara mi humedad, pero vi en su erección que le agradó. Hizo a un lado la tanga para poder meter sus dedos en mi vagina, los sacaba para lamerlos y volvía a introducirlos fuertemente una y otra vez, ¡fue tan excitante!
 
Llegamos a un motel, pago la habitación y entramos a la recámara. Me desnudó con tal rapidez que hasta sentí que rompería mi ropa (no me hubiera importado si lo hacía), quitó del paso las almohadas, nos acostamos, separó mis piernas y empezó a lamer y a succionar mi clítoris.
 
Tomaba mis pezones con sus dedos, los apretaba, sentí que escurría de placer. Jamás había tenido tantas ganas de hacer todo lo que pasara por mi imaginación como en ese instante, mientras Mauricio saboreaba todo mi ser con su lengua.
 
Di la vuelta y levantó mis nalgas para azotarme. 2, 3, 4 veces, grité de placer. Cuando metió su pene con una fuerza brutal, estoy segura que mi grito se escuchó en las 50 habitaciones del motel, le rogaba que no dejara de penetrarme así, que siguiera haciéndolo sin parar.
 
Mis manos apretaban con fuerza las sábanas, mis ojos estaban fuera de sus órbitas y mi cabello enredado entre sus dedos. Le exigí que me hiciera suya, que arañara mi espalda, golpeara y mordiera mis nalgas, que me hiciera venir hasta el cansancio.
 
Siempre creí que eso que se ve en las películas porno era mentira, ¿qué mujer podría eyacular de esa manera? ¿Quién? Pues yo. Y no una, sino dos veces. Eyaculé dos veces. Las piernas me temblaban muchísimo, no tenía fuerza alguna, de haberme puesto de pie, hubiera acabado tirada en el piso sin poder levantarme. Recuperé el aliento y volví a sentir mis extremidades, el temblor se había ido. Sin mover a Mauricio de su lugar, me arrodillé y metí su pene en mi boca, lo lamí sin control, escuchaba su respiración agitada, cada vez comenzaba a gemir más fuerte, notaba que le estaba gustando mucho. Tomó mi cabeza entre sus manos, con fuerza, no me dejó descansar ni un segundo.
 
De pronto, sentí algo caliente dentro de mi boca, sin pensarlo tragué su líquido hasta no sentir nada en la lengua... Sólo de recordarlo vuelvo a prenderme, definitivamente quiero hacerlo de nuevo.
 
Nos recostamos sobre la cama tratando de recobrar el aliento, empapados de sudor. Mientras pasaba, Mauricio besó todo mi cuerpo, recorrió mi espalda tan lentamente que era inevitable revolcarme de placer en las sábanas, la piel se me enchinaba con cada roce de sus labios. Jaló mi cadera y me puso en cuatro, se colocó atrás de mí para hacerme sexo oral una vez más.
 
Cuando se dio cuenta de que estaba lo suficientemente húmeda, volvió a penetrarme, al tiempo que masajeaba mi clítoris y apretaba mis pechos, en un movimiento rápido. Se puso boca arriba para que lo montara, moví mis caderas de atrás hacia adelante, de arriba a abajo, una y otra vez; lo vi fijamente a los ojos por un momento, sentí cómo me retaba, cómo su mirada exigía que le diera más, el sudor recorría ya todo mi cuerpo. Arqueé mi espalda sin dejar de mecerme, mientras que con mi mano hacía vibrar mi clítoris; él simplemente se dejó montar. Seguí hasta sentir un orgasmo, no sé si realmente duró tanto o el tiempo pasó como en cámara lenta, pero mis ojos estaban en blanco, mi pecho agitado, mis piernas sin fuerza y mi entrepierna empapada. No sé qué hora era, todas mis cosas estaban tiradas en el piso, dormimos un par de horas, escuché a Mauricio bañarse, me levanté a buscar mi celular y vi que tenía dos horas para llegar a mi casa, ducharme e ir a ver a mis papás para desayunar. Recogí todo, menos las culpas, la pena y la ‘antigua yo’. Sólo le dejé una nota diciéndole que disfruté mucho la noche, pero no tenía intención de volver a verlo, ni de dejarle mi teléfono. “Me quedo con el recuerdo”, le escribí sin titubear.
 
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