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Revista Veintitantos

"Me gusta ver porno"

"A la par de mi delicioso orgasmo, lo agasajé moviendo mi trasero de forma circular". 

Shutterstock
06/12/2018 | Autor: Adriana Zepeda
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Mi nombre tal vez no diga mucho de mí, la verdad, odio las definiciones. Ok, si quieres que me defina diría que soy una chica rara, porque me encanta el porno y detesto las novelas rosas (sobre todo las chick flick).

El porno llegó a mí cuando era una adolescente precoz, enfrentarme a esa revista XXX que alguien había dejado por descuido en el baño de mi tía, me despertó una sensación morbosa y obscena, una sensual curiosidad difícil de ignorar. Ahora, años más tarde y con varias camas recorridas, cuando tengo ganas de masturbarme tengo un ritual: prendo mi computadora, a veces cuando estoy de ánimo pongo algunas canciones, y me voy directo a mi página porno favorita.

Ahora tengo lo que podríamos llamar un boy toy. Llevamos un par de meses saliendo y estoy con él porque, hasta el momento, es el único que me lo hace casi como si estuviéramos en una peli porno, así de incansable y ardiente es. Nuestros encuentros sexuales siempre comienzan de la misma forma, con el típico mensaje de Whatsapp: “¿Qué vas a hacer hoy?”

Uno de esos días en los que me escribió para saber si esa noche estaba disponible para verlo, yo no traía ropa interior ‘sexy’. Vaya, ni siquiera más o menos presentable. Así que cuando llegué al restaurante donde habíamos quedado de vernos fui al baño y deposité en el cesto de basura mis nada provocadoras panties.

Maliciosamente, dejé entreabierto el cierre de mis jeans, lo cual notó desde que cruzamos una candente mirada; de esas cargadas de sexo, que sólo se dan entre dos personas que saben que terminarán en la cama. Lo que ‘mi juguetito’ no sabía era que debajo de mi pantalón el terreno estaba completamente despejado, para que hundiera los dedos en mi vagina al ritmo que quisiera.

Regularmente, le gusta meterme un dedo durante la cena, para luego chuparlo como si estuviera degustando un delicioso postre; sin embargo, su reacción al descubrir que no llevaba nada debajo fue diferente. Su respiración se agitó tanto que prácticamente comenzó a jadear.

Más de una ocasión frotó con descaro sus dedos en mi vello púbico. Eso es algo que también me gustaba de él, que prácticamente podía hacérmelo en cualquier lugar sin miedo. Lo mismo daba un baño público, el estacionamiento o mover sus dedos hábilmente bajo el mantel, si de coger se trataba, él no tenía reparo. Ese día obvio, terminamos revolcándonos, literalmente, en un parque. Pero antes, en el estacionamiento del restaurante mientras nos dirigíamos hacia la salida, se colocó detrás de mí y metió sus manos por debajo de mi blusa, la forma en cómo sujetó mis senos hizo que mi clítoris se hinchara de inmediato. A una cuadra del lugar había un parque y hasta ahí pudimos aguantar, ninguno de los dos podía más. Estacionó el coche y fuimos detrás de una jardinera (su carro lo teníamos ya muy bien repasado).

Para ese momento, mi blusa ya estaba completamente desabrochada y mis jeans casi tocaban el piso. Primero ‘me obligó’ a hacerle un oral, su pantalón le llegaba a las rodillas y yo me hinqué para complacerlo con mi lengua. Si hay algo que me enciende es ver la cara de un chico cuando se la estoy chupando. Desde que me la metí en los labios ya la tenía súper dura. Sabe que me gusta que me coja por la boca, así que comenzó a mover su pelvis vigorosamente, mientras los hilitos de saliva escurrían por mis senos, él se deleitaba con mis pezones húmedos y suaves, siempre los apretaba con la presión exacta para someterme. Después me puso a gatas y, sin preámbulos, hundió su miembro en mi vagina. Lo que me sorprendió fue sentir un rico masaje en mi ano.

No me lo tocaba como otras veces, no, lo hacía diferente, estaba moviendo su pulgar rítmicamente sobre él y alternaba esos movimientos con pequeñas penetraciones anales, también con su dedo. Esa sensación de inmediato me hizo venirme. A la par de mi delicioso orgasmo, lo agasajé moviendo mi trasero de forma circular. Sé que mis nalgas lo vuelven loco. Él también ya estaba a punto, sólo tuvo que embestirme una par de veces más para terminar rociándome toda la espalda. Mis rodillas estaban hechas un desastre, pero cada raspón valió la pena.

Un par de días después, me escribió de nuevo, algo que se me hizo muy raro, pues generalmente tras ‘nuestro día de sexo’ podían pasar semanas para que nuestros apetitos sexuales volvieran a coincidir. “¿Hoy tampoco te pusiste ropa interior. Te quiero”. No le contesté nada. Inmediatamente lo bloqueé de mis contactos, prendí mi compu y me suscribí a un nuevo canal de porno, dispuesta a regresar a mi ritual de siempre. Ya dije que odio las novelas románticas. 

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