Living la vida loca

Living la vida loca

09/08/2018 | Autor: Fab M. H.
¿Quién se iba a imaginar que esa rola tan de 1999 iba a marcar mi vida actual?

Vivir sola me ha dado la oportunidad de pasar más tiempo con mi novio, nos vemos 3 o 4 veces por semana, lo que también significa sexo esa misma cantidad de veces.

En el tiempo que llevamos andando, más de un año, siempre hemos procurado satisfacer nuestra vida sexual, nos manoseamos cada que se nos pega la gana y si podemos, aprovechamos hasta los mínimos 10 minutos para el mañanero.
Hace unos días, mientras veíamos una película, comenzamos a besarnos en el sillón, me quitó la blusa, desabrochó mi pantalón y yo su camisa. Poco a poco nos fuimos quedando sin ropa hasta estar completamente desnudos. Mi sillón es pequeño, así que buscamos las mil formas de poder aprovechar el espacio. Cuando vimos que no pudimos más, nos fuimos 
a la alfombra, y ahí sí, nos dimos con todo: yo encima de él, él encima de mí, de ladito, de perrito, con mis piernas en sus hombros o boca abajo. Las posibilidades eran inagotables.
Seguro estuvimos ahí unos 30 minutos, fue rápido, corto pero MUY intenso. De pronto me dijo: “¿Y si estrenamos TODO tu depa?” ¡Los ojos se me iluminaron!
 
Con las nalgas aún empapadas caminamos hacia la cocina, sacamos unas chelas del refri y las pusimos sobre el mueble, me senté cerca del lavabo, separé mis piernas y él se agachó
para hacerme el mejor sexo oral de nuestra historia. Sentía que me arrancaba la vida cada que pasaba su lengua, mis ojos estaban en blanco. Abrí la llave de la tarja y comencé a mojarlo, terminamos súper empapados entre el agua y el sudor.
Tomó mi cintura para bajarme del mueble y me volteó, quedé dándole la espalda… y más todavía. Estaba con mis bubis puestas sobre el mueble, mi cara pegada en todo lo mojado, mi cabello ya escurría y él lo sujetaba fuerte. A veces es muy controlador... ¡es excitante! Mientras él se adueñaba de todo mi cuerpo, empecé a decirle una que otra frase muy subida de tono, le pedía que no parara de darme, le describía lo que en mi cuerpo pasaba, la erección de mis pezones y lo mojada que estaba. Metía sus dedos a mi boca, mientras me penetraba por la espalda, yo los lamía con desesperación, a veces se los mordía, quería arrancárselos... Nos fuimos a la barra. Yo estaba recostada boca arriba, se puso encima y tuvimos que hacer un gran esfuerzo para no caernos, no es tan fácil como se ve en las porno. Amé poder verlo a la cara, seguir cada uno de sus gestos, saber qué estaba sintiendo en el instante. 
 
Estaba a punto de venirme, así que lo sujeté fuerte y le dije que siguiera, que estaba por terminar, que no se detuviera. Así lo hizo por unos 10 segundos hasta que mojé la toalla que uso para limpiar... sabía que sería de utilidad. “Creo que tenemos que meternos a la regadera”, le dije. Sujetándome de las nalgas fuimos hasta el baño, mientras yo le besaba el cuello. Abrió la llave de la ducha y cuando estaba en su punto, entramos. Lo besé con fuerza debajo del chorro de agua y acaricié toda su espalda, besé sus brazos, hombros y pecho, poco a poco me puse de rodillas, apenas y podía respirar pero yo estaba donde debía. Su pene quedaba justo en mi cara, volteé a verlo y sonreí. Lo tomé de las nalgas, sin agarrarlo, metí su pene en mi boca. Soy fan del sexo oral, sobretodo si es en la regadera. Lo jalaba cada vez más hacia a mí, no dejaba que se despegara, a veces se retorcía del placer, jalaba mi cabello mientras me decía que le encantaba.
 
Decidí ponerme de pie, abracé con mis piernas sus caderas y me penetró; comencé a moverme de arriba hacia abajo, gemía, gritaba y arañaba su espalda; sentí que iba a terminar otra vez. Cuando llegué al orgasmo, grité tanto como pude, tuve mucho calor, sentía un terrible cansancio, parecía muñeca de trapo en sus brazos, apenas y podía sujetarme por mí misma. Quedé como si hubiera corrido un maratón.
 
Tomé una de las toallas y lo sequé poco a poco, al mismo tiempo iba besando cada una de las partes de su cuerpo. Fuimos caminando abrazados, envueltos en la misma toalla hasta llegar a mi recámara, nos acostamos, nos acariciamos tiernamente por un rato, nos vimos a los ojos, nos besamos y… así es, comenzamos a toquetearnos por todos lados de nueva cuenta. Sentí sus dedos acariciando mi vagina, yo tomaba su pene, lo acariciaba de arriba a abajo.
 
Estiré el brazo y le di play a la computadora, comenzó a sonar algo medio electrónico, bastante bien para el momento. Se levantó de la cama, me jaló hacia él de la cadera para ponerme en cuatro, agarró con una mano mi hombro izquierdo y con la otra sujetó su pene para introducírmelo. ¡Grité!  Me nalgueaba, apretaba mis bubis, jalaba mi cabello y enterraba sus uñas en mi espalda, no podía dejar de gemir. No dejaba de moverse, cada vez más rápido, fuerte y duro mientras volteaba mi cuerpo para tenerlo debajo de él.
 
Apreté las sábanas, tratando de no revolcarme de placer, dejé que él hiciera lo suyo, que terminara conmigo. Vi su cara, estaba por suceder (conozco perfectamente los gestos que hace cuando está a punto de eyacular), lo miré y le ordené que siguiera, quería verlo terminar, quería que lo hiciera sobre mi cuerpo vibrante y ardiente. Respiraba cada vez más fuerte, su sudor escurría por toda su frente, sentí una gota caer sobre mi pecho.
 
Más, más, más, mucho más... Terminó. Hizo lo suyo sobre mi abdomen. Estuve recostada por unos segundos, él se acostó a un lado. No es de extrañarse, pero nos quedamos dormidos, nos habíamos agotado demasiado. Una hora después de que mi novio se fue, llegó mi roomie. “¡Estás limpiando! ¿Y ese milagro?”, preguntó asombrada. “Si supieras”, le contesté con una sonrisita pícara y traviesa. Volteó a verme dudosa y se fue con cuidado y sin tocar absolutamente nada hasta su recámara.