Iba por un tatuaje y terminé cumpliendo mis fantasías

Iba por un tatuaje y terminé cumpliendo mis fantasías

14/06/2018 | Autor: Anónimo

"No hay nada más masculino y sexy que un hombre con barba"

¿Qué me atrajo de él? Fue más de una cosa. De inicio, sus tattoos, que le cubrían los brazos desde los hombros hasta las muñecas. Tenía una barba de leñador, despeinada, larga, descuidada... Para mí, no hay nada más masculino y sexy que un hombre barbón.
Ah, su profesión, sin duda, le daba puntos extras: era tatuador, lo que según el cliché significa que era rebelde, artístico, un verdadero chico malo. ¿Existe algo más irresistible? No en mi mundo.
A todos mis amigos a los que les contaba sobre mi cita para mi primer tatuaje, también les mostraba de inmediato la foto de mi tatuador: Rojo (nunca supe su nombre real, así se hacía llamar hasta en sus redes sociales). Me parecía tan sexy que me mordía los labios inconscientemente cada que la veía... Todos se reían, conociendo mis locuras y mi insaciable hambre de hombres con ese look de bad boys. Por fin llegó el día de tatuarme.
 
Mientras esperaba en el pasillo afuera de su departamento, llegó otra chica con su mamá. Kelly venía por su 3er tatuaje. “Este chavo es muy bueno, te va a gustar”, me aseguró. Cuando llegó Rojo, escuché su voz y caí rendida. Era grave, masculina. Noté que era mayor de lo que imaginaba, unos 40 tal vez. Eso sólo aumentó mi atracción por él. Me besó en la mejilla, a Kelly también y todos entramos al depa. Cuando le enseñé el diseño que quería, alcanzó a ver una foto mía en ropa interior que tenía en mi teléfono.
“Oye, yo quiero ver esas fotos mejor”, me dijo en un tono coqueto que me tomó por sorpresa. Supuse que era una broma, me reí y seguí mostrándole el diseño de una luna. Se sentó entonces junto a una mesa para dibujar su propia versión, girando el rostro de repente para voltear a verme. Podía sentir sus ojos sobre mí. No aguanté la curiosidad, así que pregunté: “¿Qué pasa?, ¿qué ves?”. Él sonrío con mucha seguridad y me respondió: “Nada, me gustas”. 
Así, directo.
 
El tatuador, esa sexy figura con la que yo me había imaginado desde que vi su foto por mensajes, me estaba coqueteando. En ese momento me mojé un poco. Apreté mis labios para intentar suprimir la sonrisa nerviosa que inevitablemente apareció en mi rostro. 
 
Ignoré aquella respuesta, tratando de hacer plática inútil con Kelly, que parecía que no estaba notando los coqueteos de Rojo, pues su celular la tenía hipnotizada.
 
Finalmente llegó la hora, Rojo comenzó a tatuar mi antebrazo, haciendo pequeñas pausas sas para mirar mi rostro, detenidamente analizar mi escote y sonreír. Yo estaba sentada frente a él, nuestros cuerpos cada vez más cerca. La tensión sexual era evidente. Entonces, hizo una pausa más larga, tomó mi barbilla, acercó su boca a mi oreja para susurrarme: “Quiero quitarte toda la ropa, ahora”. Y así, con una frase, me derritió. Yo vine por un tatuaje, no para tener sexo con un extraño… pero, ¿sería capaz de rechazar esta tentadora invitación? Era una fantasía mía, además, teníamos público. Kelly estaba sentada a unos pasos de nosotros, seguramente en su mundo, pero aun así, la peligrosidad de que nos cachara era demasiado excitante. “Espérame a que acabe con su tatuaje, por favor”, me dijo. Yo no decía nada, sólo pensaba. Contemplaba mis opciones. Pero cada segundo que pasaba me inclinaba más hacia su cuerpo, con la mano que tenía libre, acariciaba lentamente su rodilla, acomodaba levemente mi escote para dejar un poco más a la vista, como invitándolo a pasar. Acabó mi tatuaje y en minutos acabó el de Kelly, pero ella tenía que esperar a que su mamá pasara por ella. Rojo se estaba desesperando.
 
Noté que cuando se volteó a acomodar las agujas, sacó de una cajita un condón para meterlo a su bolsillo. Claro, esto no era nada nuevo para él.
Conquistar chicas ha de ser parte de su labor diaria. Pero me fascinaba todavía más pensar que yo era una de sus conquistas.
“¿Me acompañas a la tiendita?”, me preguntó con una cara traviesa. Apenas cerramos la puerta de su depa y en pleno pasillo me empujó contra la pared, mi espalda hacia él, besándome el cuello. Mordió mi oreja, me jaló despacio el pelo, me volteó... Ya de frente, lo besé desesperada.
 
Me comí su lengua, luego bajé mis manos y abrí el zipper de su pantalón. Sí, ahí, en el pasillo, a plena luz del día. Saqué su pene, besé la punta, lo recorrí con la lengua asimilando su tamaño, su sabor. Estaba completamente erecto. Lo metí todo en mi boca hasta ahogarme. La posibilidad de que alguien abriera alguna de las puertas y nos encontrara devorándonos resultaba completamente excitante. Me levanté, sacó mis senos de mi blusa y dio pequeñas mordidas a mis pezones, los chupó hasta dejarlos rojos. Tal vez olvidé en ese momento que estábamos en una zona pública, o quizás eso fue lo que me prendió más, porque le di la espalda inclinándome hacia la pared. Bajé mis pantalones, él entendió perfecto, hizo a un lado mi panti, introduciéndose en mí. Tuve que estar muy callada, aunque lo único que quería era gemir de placer con cada embestida. Con una mano pellizcaba mi pezón, con la otra tomaba mi abdomen para empujarme más hacia él. Justo llegamos al clímax cuando escuchamos una de las perillas girando. Nos tapamos como pudimos y Kelly asomó la cabeza de su departamento. Su mamá había llegado por ella. Reímos, recuperando el aliento. Nos despedimos como dos cómplices que ahora compartían un secreto… y mi primer tatuaje me lo recuerda todos los días.