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Revista Veintitantos

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Enemigos Perfectos

Enemigos Perfectos

"Eduardo me sentó en su escritorio, me abrió la blusa y comenzó a acariciarme los pechos por encima del sostén"

02/05/2019 | Autor: @20s
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Eduardo siempre me cayó mal. Me parecía muy narcisista y, aunque tiene una voz bastante varonil, habla como si fuera superior a todos, se cree muy inteligente. Nos conocemos desde que éramos niños y, por algún motivo, se la pasaba molestándome y lograba exasperarme, ya fuera jalándome el cabello o poniéndome apodos horribles sólo para atormentarme. 

A pesar de que la relación entre mi familia y la suya era muy cercana, su mamá es la mejor amiga de la mía, nunca logramos llevarnos bien y siempre peleábamos por tonterías. Nuestras familias solían vacacionar juntas, así que tuve que aprender a ignorar sus bromas y sus palabras burlonas.

Conforme crecimos, la relación fue empeorando, pero no había tanto problema porque ya no nos frecuentábamos mucho. Hasta que, para mi horror, Eduardo escogió estudiar lo mismo que yo. Los dos queríamos ser abogados, el destino parecía jugarnos una mala pasada: misma universidad, mismo salón ¡y hasta el mismo grupo de amigos! 

Los días en la facultad eran terribles cuando él estaba cerca, aún me ponía sobrenombres y debatía incansablemente conmigo en clase. Por supuesto que en cuanto se me presentaba la oportunidad yo también lo ridiculizaba y no lograba entender por qué mis amigas decían que era guapo. 

Por fortuna, Eduardo ganó un concurso para irse de intercambio a una universidad española y al fin logré descansar de su odiosa presencia. 

Los años pasaron, me licencie y comencé a hacer prácticas laborales. Después de ir de un empleo a otro, conseguí entrar a un despacho especializado en derecho civil. Era lo que siempre había soñado. 

El primer día me moría de los nervios, me sentía como una adolescente que entraba a una nueva escuela, aunque, como de costumbre, se me hizo tarde. Entre corriendo al edificio y alcance a meterme al elevador justo cuando las puertas se estaban cerrando. 

Y entonces me quedé helada. Frente a mí estaba mi pesadilla personal, con su típica mirada de sabelotodo y enfundado en un traje gris oxford. Había cambiado un poco, ahora era más alto y usaba una sugerente barba incipiente que no le iba nada mal. Se veía atractivo, pero eso quedaba eclipsado al ver su sonrisa sardónica.

-Vaya, dijo sorprendido.

-¿Qué haces en México?, cuestioné molesta.

-Trabajo aquí. 

No tuve tiempo de decir nada más, llegamos al penthouse donde se ubicaba el despacho y fui a presentarme con mi  jefe. Resulto que Eduardo también era nuevo, seríamos compañeros y, como buenos colegas, teníamos que apoyarnos y trabajar en equipo para resolver los casos que fueran llegando. 

Trabajar con Eduardo era la muerte. Siempre era demasiado metódico, siempre quería que nos quedáramos hasta tarde y siempre le encontraba un “pero” a cualquier cosa que yo hiciera. 

Una noche me llevó al límite. Era algo tarde, todos se habían ido y ya sólo quedábamos él y yo en la oficina. Estuvimos todo el día preparando una audiencia y ni siquiera habíamos salido a comer, yo estaba de mal humor y él cada vez más terco, estaba empeñado en que dejáramos la conciliación de lado y usáramos una táctica más agresiva, cuando era claro que ambas partes estaban dispuestas a negociar. 

Para variar, acabamos discutiendo, comenzamos a alzar la voz y parecía que nada nos detendría hasta que Eduardo, enfurecido, golpeó su escritorio violentamente. 

-Si te atreves a tocarme, te demando, amenacé al ver cómo trataba de contener su enojo y apretaba la mandíbula. 

-Los muertos no hablan, soltó amenazante. 

Recordé que Eduardo era capaz de muchas cosas, una vez me había aventado a la alberca y casi me muero ahogada. La sensación de miedo y desesperación que experimenté en esa ocasión era algo difícil de olvidar. Él rodeó el escritorio con actitud amenazante y sus ojos brillaron peligrosos, comencé a calcular cuánto tiempo me tomaría correr hasta la puerta cuando Eduardo comenzó a reírse. 

¡Me había asustado a propósito! La furia que me invadió al verlo burlase de mí fue superior a cualquier cosa, sin pensarlo, me le fui encima, quería vengarme por todo lo que me había hecho. Eduardo me sujetó los dos brazos para contenerme y me arrinconó contra la pared. Lo observé con odio y comencé a agitarme, quería que me soltara.

-Era sólo una broma, cálmate, me pidió. 

Pero yo seguía retorciéndome, hasta que él recargo su cuerpo contra el mío para inmovilizarme y percibí su familiar aroma amaderado y el calor de su pecho contra mis senos. Su respiración estaba agitada y su mirada castaña no se apartaba de la mía. Por un instante, mis ojos se desviaron a sus labios, suaves y carnosos, y entonces… Eduardo me besó. 

Ni siquiera lo vi venir, su boca me atacó hambrienta y sus brazos aferraron fuertemente mi cintura y me acariciaron la espalda por debajo de la blusa. Lo abracé con desesperación por el cuello, sus húmedos besos habían encendido algo explosivo en mí, nunca había besado a alguien con tanta urgencia, fue mucho más intenso que la ira, un deseo tan primitivo que estaba fuera de control.

Eduardo me sentó en su escritorio, me abrió la blusa y comenzó a acariciarme los pechos por encima del sostén, al instante sentí cómo mis pezones se ponían duros con su tacto, quería que me desnudara y me tomará en ese momento, sentir su piel caliente sobre la mía, ardía por sentirlo dentro. 

 

-Siempre te he deseado, farfulló en mi oído con tanta lujuria que percibí una exquisita punzada de placer entre las piernas.

Eduardo me arrancó la blusa y gemí cuando presionó su cuerpo contra el mío, sentí su dureza y eso me estremeció hasta la médula. Entonces me sacó el bikini, me levanto la falda y comenzó a subir su mano por mi muslo, disfrutaba jugando conmigo, recorría mi pubis con su mano y casi grité cuando introdujo un frío dedo en mi interior. 

-¿Te está gustando?

Sin pensarlo, lo jale de la corbata y lo atraje a mis labios, le desabroche la camisa y lo ayude a quitarse el pantalón. En menos de un minuto, Eduardo, el hombre al que siempre había odiado, estaba desnudo frente a mí. Sólo que ya no me parecía tan despreciable, recorrí su bronceado pecho con mis labios y comencé a aproximarme a su miembro, deliciosamente erguido, rodee su glande con mi lengua y masajeé sus testículos con mis manos mientras poco a poco introducía su dureza en mi boca. Los gemidos ahogados de Eduardo me confirmaron que estaba disfrutándolo.

Subí para besarlo y lo abrace al tiempo que comenzaba a frotar su entrepierna con la mía, al fin podía sentir nuestros sexos unidos. Eduardo empezó a lamer mis pechos, la humedad de su lengua era como fuego en mis entrañas, sus movimientos circulares eran lentos y excitantes, gemí su nombre cuando mordió mi pezón uno de mis pezones mientras pellizcaba el otro. 

-Gaby, quiero estar adentro de ti, susurró sensualmente.

Y continuó su recorrido con tranquilidad, como si tuviéramos toda la noche, dibujó figuras en mi vientre con sus dedos y probó mi vulva con sus labios hasta encontrar mi clítoris, lo presionó suavemente con su tibia lengua y yo comencé a retorcerme y lo sujeté de los cabellos. Me estaba volviendo loca. Mi sangre parecía arder.

-¡Quiero tenerte adentro, ya!, le ordené sofocada, sentía mi centro palpitar de ansiedad al pensar en su miembro invadiéndome. 

Eduardo me miró, sus ojos estaban oscurecidos por la pasión. Me acomodó sobre el escritorio, que a estas alturas era un desastre, y me penetró suavemente. Nuestros besos eran cada vez más frenéticos. 

-Conociendo cuánto te gusta el cine romántico, supondría que te gusta que te lo hagan lento, soltó mientras salía de mi interior y comenzaba a rozar mi clítoris con su glande, su movimiento era pecaminosamente excitante.

-Pero, sabiendo lo apasionada que eres cuando te enojas, podría apostar a que lo prefieres más rápido, soltó, penetrándome de golpe. 

Grité al sentirlo moverse en mi interior, duro, grueso, rudo y caliente. Me sentía paralizada por el placer. Sus embestidas comenzaron a hacerse más fuertes y profundas, entraba y salía sin control y sólo me dejé llevar por su exquisito vaivén. 

 

Eduardo cerró los ojos, su expresión concentrada, mis hinchados senos contra su pecho y mi nombre en sus labios fue lo último que vi, sentí y oí antes de que hiciera colapsar todos mis sentidos y mi cuerpo se convulsionara con un delicioso orgasmo. Pocos segundos después gimió mi nombre al venirse  dentro de mí mientras me besaba apasionadamente. 

Mi peor pesadilla me rodeó con sus brazos, respiraba agitado, podía sentir su corazón latiendo acelerado, acomodó su cabeza en mi pecho y le aparte un húmedo mechón de la frente. Permanecimos recostados unos minutos, sin más entretenimiento que acariciarnos despreocupadamente. Tenía un buen rato que el enfado se me había pasado y me sentía más relajada que nunca. 

-¿Y entonces, retiras los cargos?

-Tonto, murmuré sonriendo mientras le acariciaba el cabello. 

-Sal conmigo.

-Déjame pensarlo, contesté rozando sus labios con los míos.

Desde ese día, siempre salgo con una sonrisa cuando Eduardo y yo tenemos que quedarnos a trabajar hasta tarde. 

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