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Revista Veintitantos

Encuentro inesperado en la tina

"Él se abalanzó sobre mí, no dijo nada y me besó con desesperación"
 Encuentro inesperado en la tina
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26/04/2018 | Autor: Rincón Erótico
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A mí desde niña me enseñaron a disparar con un arma de salva; aún puedo sentir el tirón en mis brazos de cuando mi hermano me sostenía para apuntar a unas botellas de vidrio y tratar de reventarlas con unos cuantos plomazos. No siempre gané, mi puntería nunca fue lo suficientemente buena como para cazar algo, sin embargo, mis deseos de captura fueron sublimados cuando descubrí una antigua cámara en el sótano de mis abuelos. A partir de ahí comenzó mi tremenda  adicción a la fotografía y el capturar instantes para volverlos eternos en el tiempo se convirtió en mi pasatiempo favorito.
Mis colecciones de fotografías se volvieron un tesoro ilimitado, si bien fotografiar los paisajes era lo que más me gustaba, una tarde en Peña de Bernal, descubrí que retratar desnudos sería lo que más placer me podría dar.
Mis dos amigos de la Universidad y yo decidimos pasar un fin de semana cerca de la ciudad, sin embargo, desde que salimos hacia la autopista una extraña tensión se hizo cada vez más fuerte, pues entre la dulzura de Ignacio y la agresividad de César, nunca había podido involucrarme con alguno; si bien la rivalidad entre ellos era muy primitiva, también lo sentía con respecto a mí, así que en la competencia por ganarme, la atención de ambos era completamente mía. César conducía con pose, una de las actitudes que me prendían siempre que la adoptaba, así, con la mano sosteniendo su barbilla y enfocado en el camino, parecía un animal a la caza pero con gran elegancia. De reojo me veía, mientras yo tarareaba las canciones de nuestro playlist; podía sentir su mirada en mi escote y yo le coqueteaba. Ignacio dormitaba en la parte trasera del auto mientras yo le sugería a César que me tomara las piernas. Los aceleres del coche se fueron intensificando, hasta que frenaba de golpe y su mano se paseaba por mis muslos llegando a tocar mi entrepierna, mis pies se helaron de la excitación que para entonces ya sentía, y con el pretexto de tener frío me coloqué un saco que traía encima de mi torso. Con tal libertad, él no quitó su mano de mí, la metió entre mi hendidura mojada, yo me movía involuntariamente, rozando mi pelvis con los nódulos de sus dedos, él se quedaba quieto y dejaba firme la muñeca, como si estuviese sólo a la disposición de mi placer. Tragaba mis gemidos y mis ojos vibrantes entrecerrados se ocultaban bajo unas gafas oscuras. 
Yo tenía el control, lo veía pero él a mí no; así que metí mi mano entre el asiento y él, para sentir la dureza de su miembro, lo toqué con suavidad, cerciorándome de no darle más placer del que me daba, así, incitándolo a ponerlo cada vez más firme, dejándolo con ganas de más. De pronto Ignacio hizo ruidos y ambos recordamos que no estábamos solos, así que nos soltamos, me incorporé en el asiento y sólo constreñí mi vagina, sintiendo un leve orgasmo que me produjo contracciones suaves, dejándome con ganas de más, mucho más. 
Al llegar a nuestro hotel, nos encontramos con que la habitación tenía una cama matrimonial y una individual, como eran días de fin de semana largo, no pudimos hacer nada por cambiar el cuarto; sin embargo, lo que más nos sorprendió fue que, en medio del lugar, vivía una bañera antigua, un tanto europea, blanca porcelana, con las llaves platinadas y brillantes… atrayendo nuestras fantasías con un poco de pena y risas entre nosotros cuando entramos la primera vez. Luego de dejar nuestras cosas y de salir a recorrer las calles, tomar fotos de los paisajes, de la comida y de las artesanías, entramos en una de las tabernas escondida entre callejones, donde tocaban en vivo muy buen rock y al cabo de varios drinks Ignacio se animó a acercarse a mí, me llevó al centro a bailar y el misterio de su mirada me atrajo por primera vez. En sus ojos existían muchos mensajes escondidos, y yo me sentía impotente de no poder descifrarlos, sin embargo, sus manos en mi cintura me acercaban, al tiempo que también me repelía, como si yo fuese un fruto prohibido que le incitaba a degustar, pero del que se sentía incapaz de comer. La clave perfecta para tomarlo como un reto de seducción, al que se alineó una especie de ambiente más íntimo, pues el lugar oscuro y una especie de adrenalina musical en conjunto con el sudor del cuerpo, me llevó a arrinconarlo a un costado del escenario. Así, como un cazador arrincona a su presa, una fiera que no podía parar de seguir sus impulsos. Puse sus manos sobre mis nalgas y sus ojos se abrillantaron, su masa corporal aumentó, como si todo su cuerpo se pusiera duro y marcado; una figura tan varonil que levantó mi excitación al mil de inmediato. Él me cargó en su cintura y me plantó un gran beso del que no quería zafarme, su lengua averiguaba mis dientes y me atragantaba con ella, yo lo dejaba que la usara para penetrar mis labios, mientras sentía cómo se endurecía su pene por debajo del pantalón. Me mojé una vez más ese día y, apelando a la memoria de mi cuerpo, llegué a un orgasmo que me debía desde la autopista, sin embargo, él me rozaba con su pecho, mis pezones se excitaban cada vez más, y aunque él los buscaba por debajo de mi blusa, yo lo alejaba para que los quisiera con desesperación. Al final del pasillo vi cómo César nos buscaba entre la gente y aparté a Ignacio de un solo golpe, por miedo, por vergüenza o por quererlo a él también. Ignacio se quedó desconcertado, sin saber qué hacer, pero respetó mi decisión y volvimos a nuestro lugar junto a César, fingiendo que nada había pasado entre los dos, fingiendo igual que César y yo lo hicimos en la carretera.
Esa noche decidí que dormiría en la cama individual, dejando a los chicos en la cama grande, pues mis deseos estaban tan divididos que habría podido hacer cualquier cosa por saciarlos, como cuando cazas: matas sólo por satisfacción. Estaba segura que si dormía junto a alguno de ellos, la proximidad de nuestros cuerpos me volvería loca, haciendo que mi sangre hirviera y llenándome de un deseo descontrolado por poseer a aquél que estuviera a mi lado. Al día siguiente ellos bajaron a desayunar y yo no quise perderme de la bañera, pensé que tal vez me ayudaría a relajarme y a distraerme de mis pensamientos avorazados, así que tomé mi cámara y comencé a fotografiar sus ángulos, sus destellos, sus curvas… Era tan hermosa que creo que las fotos no le hacían justicia.
Como vi que ellos no volverían, pensé que unas fotos mías desnuda serían estupendas para mi explosión artística. Coloqué la cámara en el tripié y la dirigí hacia la bañera, con timer me hice varias fotos, puse algunos espejos reflectando
la luz para hacerlas más oscuras y mi experimento me cegó, a tal grado que me mojaba con el agua los senos, me acercaba a la lente para captar mis pezones húmedos y endurecidos; encuadré mi abdomen, tocaba mis boobs y las fotos no se detenían. Sentía cómo me humedecía, no sólo mi vagina, sino toda yo, era un éxtasis que se prolongaba como si no tuviese final, hasta que César apareció en el marco de la puerta...
Me di cuenta después de haberme zambullido en el agua, estaba de frente a mí, en silencio se acercó, metiéndose a la bañera con todo y ropa, sus pantalones blancos de inmediato dejaron al descubierto su pene, él se abalanzó sobre mí, no dijo nada y me besó con desesperación, chupó mis pezones, los mordía con cierta fuerza y sus dedos me penetraban. Se acercó a mi oído y susurró: "Te lo debía". Yo me estremecía, mis piernas se abrían cada vez más, hasta que me escuché gritándole: “¡Cógeme!”, a lo cual él se desabotonó el pantalón y sacó su miembro para comenzar con las embestidas. No podía gritar, pues me asfixiaba el agua, su lengua y mis gemidos, que se escuchaban como eco en todo el cuarto. Me jaló de los senos, y escuché un gran gemido de placer, él se estaba viniendo, el punto clímax para que yo hiciera lo mismo, mis contracciones eran un deseo de no soltarlo nunca. Lo aparté de mí y recobrando un poco la conciencia, me di cuenta de que Ignacio estaba ahí, viéndolo todo… al tanto de las fotos que la cámara nunca dejó de tomar. 
 

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