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Revista Veintitantos

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En el cuarto de al lado

En el cuarto de al lado

"Mientras Javier jugaba con mi pezón, utilizó la otra mano para meterse en mi pantalón, hacer a un lado el calzón y acariciarme"

11/04/2019 | Autor: @20s
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El sexo con Julio era increíble. Nada lo asustaba... y a mí mucho menos. En su cama liberé realmente a la mujer perversa que siempre llevé dentro y que antes no había tenido la oportunidad de sacar por miedo a asustar a mis parejas anteriores. Me hacía gemir como nadie y como vivía en unos edificios con muchísimos departamentos, me excitaba la idea de gritar y que alguno de los vecinos pudiera escucharnos. Ese peligro me prendía aún más cuando él estaba dentro de mí. Yo gemía a todo pulmón.

Pero jamás imaginé que nuestro principal escucha estaba en el cuarto de a lado, dentro del mismo departamento: su roommate, Javier.

Un día, creo que estábamos esperando el metro en el andén cuando Julio me lo dijo: "Oye, tienes un fan. Javier me dijo ayer que escucha todo y que suena como que lo haces delicioso".

 

Julio y yo teníamos una relación abierta. No éramos novios, así que cada quien era libre de acostarse con quien quisiera; pero ya que era algo celoso, nunca imaginé que lo excitara la idea de hacer un trío con su compañero de depa, pero esa tarde lo insinuó. 

Yo, dispuesta a experimentarlo todo, solamente contesté: "pues un trío, ¿o qué?".

Ahí acabó la conversación. Él sonrió, un poco sorprendido, me besó en la boca y nos despedimos.

Una semana después, yo estaba de vuelta en su depa, ambos sobre el colchón viendo una película, cuando Javier llegó a casa y se unió.

De repente, sentí su mano acariciando muy suavemente mi espalda. Sus dedos comenzaron a coquetear con el broche de mi brásier, por encima de la blusa. Sopló ligeramente en mi oreja. No pronunciaba una palabra.

Julio parecía estar dormido a un lado mío. Yo no sabía cómo reaccionar. ¿Lo habrán planeado? ¿O qué si Julio no sabe? ¿Me dejo llevar?

La mano seguía su travesía por mi espalda, pero ahora desde adentro de la blusa, sus dedos rozando cada poro y levantando cada vellito de mi estómago. Jugó unos segundos con mi brásier hasta que se aventuró adentro con seguridad y sacó mis  senos. Los pezones era lo que él quería.

Sentí como comencé a mojarme, pero no podía entregarme del todo al placer, la duda me intrigaba demasiado, no entendía lo que sucedía. No sabía si esto estaba planeado o no, pero la adrenalina me estaba excitando como nunca nada lo había hecho antes. Mi respiración se aceleró. Sentía la necesidad de gemir, pero luché contra el impulso por no atraer la atención de Julio y que nos descubriera, pues aún no descifraba si era todo parte de un plan entre ellos.

Mientras Javier jugaba con mi pezón, utilizó la otra mano para meterse en mi pantalón, hacer a un lado el calzón y acariciar gentilmente mi clítoris.

Ya no pude resistirme más. Exclamé con un fuerte suspiro y Julio abrió los ojos.

Su cara de desconcierto me hizo saber que esto no estaba planeado, era todo el plan de Javier. Y yo caí, o me dejé caer.

Como fuera, la reacción siguiente de Julio fue aún más sorprendente: se unió al juego, comenzó a besar mi cuello mientras se quitaba la ropa.

Esa fue la luz verde que Javier necesitaba para enloquecer. No tardó mucho para desnudarme por completo, toda mi ropa terminó tirada en el piso de aquel departamento. 

Yo había visto muchas películas porno de tríos de una mujer con dos hombres y la idea me excitaba muchísimo, era una fantasía que siempre había querido tener. Pero la realidad fue aún mejor. Yo era su muñeca, el premio que ambos querían tener, me sentía deseada al doble.

Me pusieron de rodillas y ellos de pie enfrente de mí, completamente erectos. Con una mano en cada uno, acaricié sus penes. Cuando besaba a uno, el otro se quedaba con mis manos, acariciándolo hasta la punta. Después era el turno del otro, desparecía su pene en mi boca mientras volteaba a ver su torso y sus ojos, él viéndome directamente, encantado, excitado.

 

 

 

Javier, quien se notaba que tenía más experiencia en la escena de los tríos, me puso en cuatro y me penetró por atrás mientras jalaba mi cabello, haciéndo curvear mi espalda de placer. Mientras tanto, Julio se hacía cargo de mi clítoris, el cual estimulaba con dos de sus dedos al mismo tiempo que acercaba su pene a mi boca para que yo lo lamiera de arriba a abajo. Entre gemidos, succioné su pene, besé la punta y lo lamí todo.

Después, me intercambiaron. Era el turno de tener a Julio dentro de mí y reclamarme como suya. Se sentó en la orilla de la cama y yo hice lo mismo encima de él. Lo sentí duro, abriéndome, y grité de placer sin temor a que los vecinos me escucharan. Es más, seguramente grité queriendo que lo hicieran. 

Javier se paró enfrente de nosotros y se inclinó para morder mis senos mientras rebotaban tras cada penetración. 

Sentía labios en mi cuello, pezones, cintura, ombligo, pelvis, en mis piernas. 

Aún con los ojos cerrados, lograba reconocer la boca de cada uno. Los besos de Julio siempre suaves y apasionados; los de Javier, intensos y acelerados. 

Cuando estaba montando a Julio, él recostado boca arriba sobre las sábanas, sentí cómo Javier llegó por atrás y me penetró.

Lo que siguió fue éxtasis, sentir a ambos hombres adentro de mí al mismo tiempo, en completa sincronía, sus manos tomando mi cintura, mis nalgas, mis senos, mi cabello. 

Ambos locos por mí, penetrándome, y yo controlando toda su excitación. No quería que pararan. Es inexplicable sentir a dos hombres adentro de ti, empujando en distintos ritmos, diferentes intensidades. No quería dejar nunca de sentir esas cuatro manos recorriendo todo mi cuerpo, ningún rincón de mi piel sin recorrer.

Con la presión entre mis piernas, sentía que me quedaba sin aire. Sólo me alcanzaba para suplicar que no pararan, para pedir más y más de lo que me estaban dando. Todos mis poros sintiendo caricias, transpirando por la excitación.

Nuestros cuerpos ya mojados, salpicando el sudor con el movimiento de cada penetración, alcanzaron a sincronizarse y llegamos al orgasmo (yo por tercera vez esa noche).

Los tres terminamos tumbados entre las sábanas y tardamos un poco para recuperar un ritmo normal de respiración. 

Algunos pensarán que es raro tener un trío con dos hombres, que la mujer se tiene que someter, pero sucede todo lo contrario. Para mí fue la experiencia más empoderadora. En esa cama fui la reina, el tesoro por el que que había que pelear y la que más disfrutó, sin duda, fui yo. Los infinitos gemidos de placer fueron la prueba y si no me creen... Pregúntenle a los vecinos. Seguro a ellos también se les antojó.

 

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