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Revista Veintitantos

El reencuentro

Después de otro beso largo, pausado y húmedo, alejó ligeramente su rostro del mío y; mientras me miraba directo a los ojos, me penetró lentamente.



El reencuentro
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11/10/2018 | Autor: Valeria Rodríguez
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Por años me obsesionó su recuerdo. Lo buscaba en todas partes: en el súper, en el cine, en los conciertos, en cada taxi que encontraba a mi paso… A veces podía “sentir” su presencia o estar casi segura que era él quien iba dando la vuelta en la esquina; pero nunca podía encontrarlo de frente. Sólo era mi imaginación.

Conocía cada centímetro de su cara, de sus brazos, hasta de sus pies… no recuerdo cuando fue que los vi, pero lo hice y mi memoria los grabó. Como todos los detalles de ese 23 de agosto de 2013, el día en que durante un fin de semana en Valle de Bravo por fin pasé una tarde entera junto a él, apartados del resto de nuestros compañeros de la universidad.

Realmente ya hacía mucho tiempo que había perdido la esperanza de verlo, cuando sin más una tarde caminando sola sobre Reforma ahí estaba él: frente a mí. 

Después de 5 años sin verlo, había cambiado mucho, sin embargo, me seguía gustando. Mientras transcurrían los saludos y las frases típicas de los reencuentros el mundo se movía en cámara lenta.

En cosa de 20 minutos, ya estábamos en un café platicando animosamente y poniéndonos al corriente de nuestras vidas…

- Y ¿tienes novio?

- No.

Sentí un nudo en el estómago y luego en la garganta mientras lo dije. De inmediato tomé un sorbo de café para disimular mi nerviosismo.

Al verlo frente a mí experimentaba un deseo enorme por tocarlo. Su pecho y sus hombros eran robustos, me pregunté qué sentiría sentirse abrazada por él. Él seguía hablando mientras yo me concentraba en sus detalles como para comprobar si eran reales o sólo los había soñado. Y no pude evitar detenerme a observar la comisura de sus labios, no sé cuánto tiempo lo hice pero creo que se dio cuenta del momento en que me inconscientemente me mordí el labio, reprimiendo mi apetito por besarlo.  

Comencé a sentir tensión, ¿se puede sentir “realmente” la tensión sexual? ¿El deseo puede ser tan fuerte que de pronto se vuelva algo físico? 

Creo que sí.

Noté la diferencia enseguida. La charla se iba volviendo más personal pero también la forma en que me miraba.

Sus manos comenzaron a acercarse con más confianza a las mías, y de mantenerlas bajo la mesa o alrededor de la taza del café, las pasaba de vez en cuando sobre mis manos o antebrazos, fingiendo que lo hacía por casualidad. 

Se hacía tarde y ya no quería seguir hablando, en realidad quería ver qué pasaba, ¿me pediría mi teléfono? ¿Me besaría?

-¿Nos vamos?, dije casi abruptamente, yo misma me había sorprendido de haberlo hecho. 

Pidió la cuenta y salimos. Ahora era evidente algo de nerviosismo en él.

- Mi hotel queda adelante, ¿se te antoja algo más fuerte que el café?

Acepté sabiendo que además del bar, terminaríamos en su habitación. La tensión se volvió puramente sexual desde ese instante. 

Descubrí que me miraba el escote. Habíamos elegido un extremo de la barra del bar pero conforme el tiempo fue pasando y los vodkas nos relajaron, una de sus rodillas quedó quedaba atrapada entre las mías, rozando una de ellas; pensé que de llevar falda en lugar de un capri aquello sería muy sensual y atrevido.

Debió captar mis intenciones porque sus manos de pronto comenzaron a pasearse juguetonamente y más persuasivamente por mis brazos, mis hombros, mis piernas y finalmente mi cara.

- Ahora se me antoja ir a un lugar más tranquilo, ya casi no te escucho-, dijo señalando la televisión con videos a alto volumen. 

Pidió la cuenta y como si silenciosamente ya lo hubiéramos pactado, nos dirigimos a su cuarto.

-¿No te has cansado de estar sentada tanto tiempo?

Me acercó lo más que pudo a su cuerpo, me rodeó con sus brazos y comenzó a bailar lentamente, apenas nos movíamos. Él podía sentir mis pechos en su torso y yo su sexo cada vez más excitado buscando el mío a través de la ropa. Su loción era exquisita y la tibieza de su cuerpo casi me dejó sin aliento.

El primer beso que nos dimos fue largo y lento, disfruté cada uno de los movimientos de sus labios y su lengua. Lo hacía bien. Me gustaba. Y también me encendía. 

Ni siquiera me percaté qué canción sonaba, sólo me dejé llevar por el ritmo cadencioso que él marcaba con todo su cuerpo. 

Me tomó de la cintura y me giró hasta ponerme de espaldas a él, me rodeó nuevamente con sus brazos y mientras me besaba el cuello, acercó en todo lo posible su cuerpo al mío. 

Con más fuerza su sexo se deslizaba repetidamente sobre mis glúteos, simulamos una penetración por detrás. Sus manos comenzaron a explorar debajo de mi blusa y mis pantalones. Sentí un enorme deseo de que estuviera dentro de mí.  

Todavía con la ropa puesta nos tendimos sobre la cama, representando una vez más el hacer el amor… ¿no lo estábamos haciendo, ya? A mí me parecía que sí. Deseaba que no parara y pude haber tenido un orgasmo fabuloso. 

Me dio miedo ser yo quien comenzara a quitarse o quitarle las prendas, no quería que la magia se fuera. Esperé a que él comenzara a bajar mi blusa y mi sostén para decidirme a desabrochar su camisa. 

Él me quitó el sostén, ajustó la blusa y así, sobre la tela, siguió besando mis senos que le respondían volviéndose cada vez más prominentes.  

Yo lo atraía tanto como me era posible a mi cuerpo, sentir su peso sobre mí y poder recorrer el suyo me parecía el sueño más excitante del mundo.

Terminamos desnudándonos lentamente, el ir descubriendo nuestra piel era como ir revelando secretos… no podía esconder la emoción que sentía cada vez que una prenda mía o de él caía. 

En silencio y desnudos nuestros cuerpos comenzaron un diálogo perfecto, era como si toda la vida hubieran estado esperando a encontrarse. Parecía que bailábamos un ritual ensayado mil veces, absolutamente perfeccionado. 
 
No hubo prisas, me besó completamente con empeño pero a la vez con suavidad, me hacía disfrutar cada caricia de un modo extraordinario, nunca me sentí tan deseada. 

Sus labios pusieron momentáneamente especial énfasis en mis senos y, poco a poco, fueron buscando mi cuello y luego mi boca que ya lo esperaba con ansia. Después de otro beso largo, pausado y húmedo, alejó ligeramente su rostro del mío y; mientras me miraba directo a los ojos, me penetró lentamente.

 Mi cuerpo lo recibió deseoso y cálido. Y así, lenta y pausadamente poco a poco me fui acercando al clímax… mi respiración se hizo un poco agitada y él se concentró en ir más adentro y con más fuerza. Sentí una mayor humedad en mi interior, acompañada de un estallido de sensaciones… traté de controlar mi respiración para extender en lo posible ese gozo. Fue maravilloso sentir tanta conexión de nuestros cuerpos y el estremecimiento que los acompañaba.

En silencio, con caricias y besos tiernos nos recostamos hasta quedarnos dormidos.

Desperté en la madrugada, serían las 4 am, Mauricio roncaba ligeramente. Encendí una lámpara y lo observé dormir, le acaricié el cabello y la cara en recompensa por los momentos en que me reprimí de hacerlo en la cafetería y en el bar. Y quizá un poco por todas las veces que deseé hacerlo en los últimos años. 

Me levanté intentando hacer el menor ruido posible. Me vestí, busqué mi bolso y escribí una nota que dejé sobre la mesita de la habitación: “Si el destino nuevamente quiere, nos volveremos a encontrar… aunque sea dentro de otros 5 años”. Elena

Salí de la habitación completamente convencida de que la vida me había dado un regalo. Y no lo quería cambiar. En realidad, quería que mi amor platónico siguiera siendo así, no estaba muy convencida de querer despertar junto a él y que la magia se terminara. Quería quedarme con ese recuerdo y esa sensación.

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