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Revista Veintitantos

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Él me enchina la piel...

Él me enchina la piel...

"Tomó mis piernas y las puso sobre sus hombros, se inclinó hacía a mi y con movimientos circulares, me hacía estremecer, gemir cada vez más fuerte"

16/05/2019 | Autor: Rincón Erótico
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Recorre todo mi cuerpo con sus manos, acaricia mi cabello, delinea mis labios con la yema de su dedo, me agarra de los hombros, acaricia mis bubis, besa mi abdomen, pasa lentamente su mano por mi entrepierna, se detiene unos segundos y sigue.

Recorre mis nalgas, baja a mis piernas, siento sus uñas enterrarse en mi piel, llega a mis pies, y regresa en brusco movimiento hasta mis labios, colocando sus manos en mi espalda y nalgas.

 

 

Me pone la piel chinita; tengo un orgasmo.

Así es como puedo describir estos últimos meses, si bien aseguro que ha sido el mejor sexo de mi vida; también el más despiadado y sinsentido de cualquier placer. Y no, no quiero decir con esto que sea malo o que haya sufrido al momento de encontrarme con él en la cama; lo que quiero decir es que, el sexo este tiempo es de esos que te dejas llevar, que no piensas, ¡literal! Tu cuerpo hace lo que la otra persona le provoca, reacciona con sonidos, gritos, escalofríos en la piel y humedeciendo la cama. Sn control.

No estoy segura de hace cuanto tiempo fue que lo conocí; pero recuerdo la vez en que, por fin, tuvimos un acercamiento. Estábamos en casa de un compañero del trabajo, llegó y me saludo; fui cortante y grosera, pues estaba entretenida escuchando las conversaciones de mis amigos, así que sólo le di la mano y sin, siquiera, verlo a la cara le dije “Hola”.

Paso tiempo, horas; hasta que me puse a buscar a Lore, mi BFF; estuve varios minutos entrando y saliendo de la casa, al jardín, etc., hasta que la vi coqueteando a gusto con Fernando. Me di la vuelta y me fui a sentar, de pronto se acercó alguien, me dio un baso y dijo “¡Salud!”, ¿me incomodó?, honestamente no, me pareció simpático y , hasta cierto punto, salvo mi momento de aburrición.

Para no entrar en detalles poco interesantes, les resumiré. Al siguiente día salimos a tomar un café. todo muy casual (léase nos besamos) y los siguientes días, igual; salíamos, nos besábamos y llegó el momento en que terminamos en su casa, en su recámara.

Era un martes, habíamos ido a cenar, no me pregunten qué porque cero que recuerdo, digo, no es relevante. Fuimos a ver una peli a su casa; para este momento yo ya me había imaginado con él, ya saben, las clásicas preguntas que todas, sí tooodas, nos hacemos, “¿lo hará rico?, ¿cómo se verá desnudo?, ¿se moverá bien?...” y demás.

Bueno, pues todas estas dudas quedaron resueltas aquel día, mientras estábamos en la sala viendo pelis y tomando cerveza, se volteo, me miró y comenzó a besarme, poco a poco sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Era suave, sus besos lentos; se acercaba cada vez más, hasta que quedó sobre de mi. Me tome de su espalda y, haciendo un pequeño esfuerzo, me cargó y, sin dejar de besarme, me llevó hasta su recámara.

Poco apoco nos fuimos quitando la ropa, todo caía al rededor de la cama, mientras sobre ella, estábamos los dos con la respiración agitada, la mente en blanco y las manos ocupadas.

De pronto, su mano se detuvo en mi entrepierna, con sus dedos recorría cada centímetro de piel, introducía sus dedos una y otra vez, me sentía cada vez más húmeda. Tome su pene entre mis manos y sí, estaba “al dente”.

Lo jale y comencé a besarlo, me sujeté de su cabello, lo tomaba por la espalda, apretaba sus nalgas, no quería que se fuera; fue en ese momento que separó mis piernas, beso poco a poco mi entrepierna, luego mi abdomen, el cuello, mis labios y... ¡grité!

Sentí su pene dentro de mi, estaba duro, cálido, mojado; mi piel se enchinó, no supe que hacer, es de esos momentos en que el placer es tanto que, simplemente, te quedas quita, disfrutando la sensación.

Mientras se movía, besaba su pecho, recorría sus hombros y su cuello, mordía suavemente; escuchaba su respiración y mis gemidos rompían con la tranquilidad del lugar, era inevitable.

Les describiré un poco como es él. Mide 1.75, delgado, tiene un cuerpo atlético, brazos y pechos marcados, digamos que no es el más musculoso del mundo, pero tiene definidas cada parte de su cuerpo. Sus labios están perfectamente delineados, son suaves; así que sus besos son de lo mejor en plena sesión de sexo. ¡Ah, lo olvidaba! Es fan del sexo oral.

 

Continuo...

Tomó mis piernas y las puso sobre sus hombros, se inclinó hacía a mi y con movimientos circulares, me hacía estremecer, gemir cada vez más fuerte y sujetarme con fuerza de las sábanas, era tanto el places que me provocaba pedir más, no quería que se detuviera. Debo confesar que fue la primera vez en la vida que disfruté tanto el sexo con un hombre que, por primera vez, estábamos juntos. Ni una sola vez tuve que decirle como hacerlo, nunca hizo nada mal, todo fue perfectamente placentero. 

Me acercó a la orilla de la cama y me colocó de espaldas a él; viene la posición del perrito, esa de esas que nuca faltan y nunca te quedan mal, además tienes la oportunidad de gritar sin preocuparte por reventarle el oído, de que te jale el cabello, te de unas nalgadas y te dejes llevar. 

Me voltee y coloqué mis piernas al rededor de su cadera; lo jalé hacía mi y le dije “Soy tuya, hazme lo que quieras, pero hazlo ¡ya!”. Me miró con una cara de sorpresa que, al igual que yo momentos antes, por un momento no supo que hacer. 

Le dije que me tocara todo el cuerpo, lo hizo; jaló de mi cabello, me sujetó por la espalda, apretó mis nalgas, mordió mis bubis, me besó con lujuria. Me hizo humedecer en exceso, la sábana estaba empapada, sus dedos hacían magia dentro de mi, yo gritaba, trataba de contener el escándalo, pero fue imposible. Me hacía revolcar en la cama del placer. Pienso en el momento y les juro que desearía regresar el tiempo. 

Tal como se lo pedí, hizo conmigo lo que quiso. Y yo deje que él se volviera mi mejor amante. 

Llegó mi turno, siempre lo he dicho, hay que devolver el favor. Lo acosté boca arriba, me puse de espaldas y deje que su pene me penetrara lentamente. Me moví de arriba a abajo, hacía movimientos circulares; recordé mis clases de belly dance, de algo tenían que servir. Escuchaba su respiración, cada vez era más agitada; sostenía con fuerza mi cadera, cada vez más y más fuerte. Me soltó una nalgada. Yo no dejaba de moverme. 

Me recosté sobre su pecho, mientras él mordía mis hombros y me apretaba las bubis, seguía moviendo la cadera, en verdad me estaba esforzando, no es fácil y mi condición física no es la mejor en estos momentos; pero el placer, vale cada gota de sudor, cada dolor en las piernas y cada marca de sus dientes. 

Pero, viene lo mejor. Se sentó y se puso a la orilla de la cama, yo seguía encima de él, sólo que esta vez me puse de frente. Los besos se ponían cada vez más salvajes, la ventana más empañada y mi entrepierna más húmeda. 

Me agarré con fuerza de su espalda, él me tomaba por la cintura y dirigía cada uno de los movimientos, el ritmo, la fuerza, la intensidad; yo me dejaba llevar, estaba dispuesta a terminar en cualquier momento. 

 

 

Llevábamos cerca de 40 minutos así, no cruzamos ni una sola palabra, las luces estaban apagadas, así que pocas veces nos vimos a los ojos. De pronto, sus dedos se apoderaron de mi. Yo recostada, sin hacer ni un sólo movimiento, sin abrir los ojos, sentí un escalofrío recorrer el cuerpo entero, una gran dosis de placer pre-orgásmico estaba adueñándose de mis piernas, brazos, labios ¡todo! Fue un momento de placer indescriptible, sólo puede asegurar que nunca en la vida me habían hecho venir con el sólo hecho de tocar mi punto G. No había penetración, no había besos, no me estaba moviendo, eran sólo sus dedos y yo. 

Fue en este instante que terminé, me sentí realmente mojada, mis nalgas estaban húmedas también, sus manos, su sábana. No quería saber de nada, quería seguir disfrutando el momento, mi orgasmo. Mi piel estaba, de nuevo, chinita, 

Me detuve unos segundos para asimilar todo lo que estaba pasando, para que mi cuerpo regresara a su estado “normal” o, al menos, mis pulsaciones bajaran. 

Se acercó a mi, mi beso y, por sorpresa tome su pene, caliente, duro y grande entre mi mano, lo acerqué a mi vagina y con la otra mano lo atraía hacía mi. Tomé su cadera, me despegué un poco de la cama e hice mis respectivos movimientos, esos circulares que los vuelve locos, continué besándolo, besando su cuello, mientras no dejaba de moverme.

Poco tiempo después, mientras sus ruidos se volvían un poco más intensos, eyaculó. Se pegó hacía a mi, me abrazó con fuerza y por milésima vez, me mordió, ¡qué rica sensación! Nos quedamos un momento así, hasta que se paró y prendió la luz, al fin le veía la cara, sonreímos, lo vi a los ojos y supe lo que tanto me preguntaba y temía estar equivocada.

“¿Será que podemos estar juntos?” Fue un sí definitivo y es que, díganme lo que quieran, pero un buen sexo asegura gran parte del éxito de la relación. Si en la cama nos entendemos, lo demás, es pan comido.

 

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