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Revista Veintitantos

De amigos a la cama

Mi mejor amigo resultó ser mi mejor amante

De amigos a la cama
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21/06/2018 | Autor: Anónimo
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Hace muchos años que nuestra amistad comenzó. Puedo decir sin temor a equivocarme que nos conocemos de toda la vida y creo que es por eso que sólo nos veíamos como amigos, como hermanos, a pesar de tenernos muchísimo cariño. Yo le contaba todo, él hacía lo propio con sus conquistas, sus sueños, sus metas, sus ilusiones. Hasta que un día todo cambió...
 
Yo estaba algo triste porque mi última relación no había funcionado, me sentía decepcionada, ‘insuficiente’ para esa persona; él como siempre me consoló, haciéndome ver que tenía todo lo que un hombre podría desear. Una parte de mí sabía que lo decía por ser mi amigo, y la otra le creía porque él sería incapaz
de mentirme. Le dije que probablemente lo que más me dolía era que me había hecho sentir que no era ni bonita ni sexy. Su cuerpo se puso tenso,
de primera instancia pensé que se había molestado con mi ex; pero tomó mi rostro, me miró a los ojos y me dijo que era un idiota, que yo era la mujer más sexy que había visto en su vida, en todos los sentidos.
 
Mi reacción fue instintiva, mezclada con un gran deseo que no estaba consciente que existía dentro de mí: lo besé, en una combinación de agradecimiento,
liberación y anhelo acumulado, al parecer a lo largo de los años dentro de ambos, pues ese beso fue correspondido por completo. El apasionado contacto se convirtió en otra cosa, mi corazón comenzó a latir muy fuerte, sentí cómo se humedecía mi entrepierna, mis manos comenzaron a recorrer todo su fornido torso. Cuando el beso terminó ambos nos quedamos viendo directamente a los ojos, sonrojados.
 
¿Cómo seguir cuando una parte de mí no sabía qué hacer y la otra me pedía a gritos hundirme en sus deliciosos labios? Esa mirada que me pareció interminable, también un tanto incómoda, se acabó cuando él me preguntó si me había molestado. Le dije que no, preguntó si podía volver a hacerlo y asentí con la cabeza. Sus manos se colocaron estratégicamente en mi cintura acercándome a él, subieron a mi cuello, me besó muy apasionada y lentamente. Las caricias fueron subiendo de tono, sus dedos entraron de a poco por mi pantalón, se clavaron jalando mi ropa interior, mis manos saborearon su marcada
espalda, pidiendo más cercanía.
 
Subimos a mi habitación, mientras su mirada se clavaba en mi trasero. Entramos y lo primero que hizo fue besarme, sin apartar la mirada de la mía, para después girarme ante el espejo y tocarme los senos en tanto yo admiraba nuestro ardiente reflejo. Tras quitarme la blusa y bajarme el pantalón, sus manos se me acercaron con lujuria y recorrieron mi cuerpo entero. Sus labios se pasearon por mi espalda con ternura; toda la escena era una exquisita combinación que sólo lograba prenderme más.
 
Fuimos a la cama, pude sentir cómo comenzó a disfrutar de mi cuerpo con delicadeza, como apreciando cada rincón de él. Volvimos a elevar la temperatura: hizo a un lado mis pantis hundiendo sus dedos en mi zona V, su otra mano recorrió el resto de mi cuerpo hasta llegar a mi cuello, donde se posó para besarme con pasión y ver mi expresión durante unos minutos. 
 
Mientras tanto, yo recorría su espalda con mis dedos, llegando a su dura entrepierna que para ese momento lucía en unos boxers rojos ajustados, dejando ver un trasero firme y a la vez varonil.
 
Tras despojarnos de la ropa, su miembro se colocó entre mis piernas, sin penetrarme me miró a los ojos y besó todo mi cuerpo, para después introducir su pene y tomarme con fuerza, con penetraciones fuertes y profundas.
 
Mis manos se dedicaban a demostrar placer enterrando las uñas en su espalda y mi boca mordiendo suavemente su hombro. Me volteó, tomándome por la cadera y marcando el ritmo.
Su traviesa mano se posó en mi nalga dando un par de golpes, después arañó mi espalda sin ser demasiado agresivo. Hizo otro movimiento para cambiar de nuevo de posición, como me gustaba la anterior le pregunté en un susurro por qué lo hacía, me dijo que quería ver mis gestos de satisfacción, que le excitaba el hecho de pensar que él me provocaba esa sensación.
 
Subió mis piernas a sus hombros y me embistió tan rápido que sentía claramente cómo mis senos se movían a gran velocidad haciendo círculos, así que los tomé con mis manos y estimulé mis pezones mientras lo veía a los ojos. En ese momento entendí cuánto te prende ver los gestos de placer de alguien gracias a ti… Decidí que era momento de tomar el control, así que me monté sobre él. Me puse de vaquerita mientras él tomaba mi cadera para controlar la velocidad de las penetraciones y los movimientos.
 
De pronto me pidió parar porque estaba a punto de venirse. Le di un par de segundos y continué, pero él no quería terminar aún. Comenzamos una especie de lucha: él tratando de inmovilizarme, yo tratando de seguir moviéndome. Nuestros gemidos cada vez más fuertes... Fue tan excitante, tan intenso, que ambos llegamos juntos al orgasmo. Su espalda se arqueaba de gozo, mis piernas se sentían sin fuerzas, mi vagina palpitaba incontrolablemente.
 
Intercambiamos besos tiernos y caricias dulces, yo recostada sobre él, con nuestros cuerpos empapados de sudor.
 
Desde entonces, esta ha sido la manera en que hemos encontrado una nueva (y divertida) rutina para los lunes, en el mismo lugar y a la misma hora…
Viviendo el resto de los días como si siguiéramos siendo los mejores amigos, pero comiéndonos cada inicio de semana, como si fuéramos amantes que se
conocen bien de toda la vida y se juntan para llegar a ese hermoso lugar llamado Nirvana.
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