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Revista Veintitantos

Bajo perfil (aprendiz de voyeur)

“… y pensar que sólo puedo observarte desde la penumbra de mi vida”

Bajo perfil (aprendiz de voyeur)
Shutterstock
31/01/2019 | Autor: Valeria Rodríguez
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No me gustan las grabaciones, no me interesan, yo quiero estar cerca, ver piel, escuchar gemidos, percibir el olor del sexo entrando en mi cuerpo… si es posible, estar en la acción, y observar tan detenidamente como se me antoje a donde yo quiera y no a donde el ojo del camarógrafo quiere. Quiero hacer mis propios zooms, mi propio guión… Sí, me declaro voyerista. 

Pero no sólo espío a mis vecinos, en realidad practico el voyerismo en todas partes.
Cada viernes mis amigos y yo nos lanzamos al ‘Under’, un antro de la Colonia Roma, una vieja casona “rescatada” por unos ‘darkis’, cerveza barata y música ‘under’, sin embargo el encanto para mí es otro. Los salones acondicionados para bailar son oscuros, la gente se mueve entre la penumbra, apenas la luz de la calle alumbra uno y los efectos de los videos proyectados en una gran pantalla iluminan el otro. Los trajes oscuros pululan, llenan el lugar… las minifaldas y los escotes con telas y cortes extravagantes también. Conforme pasa la noche los salones se van llenando, la gente se mueve con menos libertad pero más confianza, va juntándose, se tocan, se observan con más valentía… desde temprano elijo a unas cuantas parejas, de esas que deciden olvidarse que hay bastantes decenas más de personas ahí, y sin más deciden fajar. Me excita ver las ansias de las mujeres. Y me imagino que lo que sienten (o sentimos) era representado en la antigüedad con esas extrañas figuras mitad humanos, mitad animales. A esas horas, las fieras ganan.
Acechan a su presa, la rondan primero con sigilo y luego descaradamente, le hacen creer que su cacería (la de ellos) está casi consumada y cuando menos se lo imaginan son ellos los que están ahí sucumbiendo a sus deseos (¿una cerveza?), cegados por la testosterona y dispuestos a ‘lo que sea’ con tal de tocar con cada canción de The Cure o London After Midnight un poco más de piel… Esa humedecida por el calor y el deseo. Las feromonas hacen su trabajo.

En mi trabajo también soy voyerista.
Ahí más que excitarme me divierte ver como la calentura es capaz de mover las actuaciones más perspicaces, y como tras el bajo perfil que todos manejamos se esconden otras intenciones cuando el bravura del apasionamiento se presenta. Hay demasiada luz, la bestia que todos llevamos dentro no debe salir. Por el día la moral cambia el ofrecimiento de líquidos corporales por un café; y el de la carne por una comida fuera de la oficina.
Contrario al resto del reino animal, entre los humanos, ellos se ponen en celo, y ella la que se engalana para convencer al mejor partido… ¿easy girl? Otra vez la doble moral: calienta huevos, si he de ser más exacta.
Se arregla el escote frente a cualquier cosa que refleje su figura: una pared, un espejo, un monitor, una puerta… y ante su estatura diminuta todos pueden verle los senos de reojo mientras pasan al lado o esperan cordialmente a que termine de acicalarse. Y si se arregla los jeans, quizá los sorprenda gratamente dejándoles ver sus pantaletas, tal vez logre que mojen un poco sus propios interiores y hagan esfuerzos mentales extraordinarios por contener su erección; tanto como amarrar su imaginación, que les pide a gritos ser desamarrada de la soga de la razón y permitirle volar tan alto como las brasas de la lujuria se atrevan a elevarla. 
Ella no se excita viéndolos, se excita viéndose mientras la miran. Y tal es su calentura que llega a quedar en evidencia cuando inevitablemente sus pezones se prenden debajo de su casi transparente blusa. 
A veces temo que me descubran, que detecten que detrás de mis lentes de pasta dura se oculta la mirada de alguien que los vigila y hurga entre sus secretos y deseos más ocultos. Mi adrenalina sube cuando pienso que alguien pueda sorprenderme mirando a los que miran…

Y también soy voyeur en la intimidad…
Disfruto ver el cuerpo que me va a poseer. Antes de quitarnos la ropa imagino como serán sus brazos, su torso, sus hombros (me encantan los hombros), su espalda, sus nalgas, sus muslos, su sexo… y cuando están al descubierto me espero en observarlo todo. Tomo exquisitas fotografías mentales.
De hecho para que esté dispuesta a hacer sexo oral el pene tiene que gustarme, el antojo me entra por los ojos. Lo observo detenidamente mientras se pone duro, esa transformación llega a enardecerme hasta el punto de aturdirme, me siento como un vampiro que se saborea mientras vigila el cuello de su víctima. No es la sensación de tener entre mis manos un miembro rígido, ni saberlo ansioso de que lo pruebe lo que me hace agacharme y comenzar a lamerlo y chuparlo hasta extraer ese néctar tibio y viscoso que llena mi boca hasta saciarla; sino el cómo luce, la urgencia que denota su firmeza y si llega a asomarse de la punta un poco de su jugo… mmm… no puedo resistirme a probarlo. Y luego ya no puedo parar.
Pero mientras lo hago no dejo de pensar en cómo me veré, ni tampoco puedo evitar buscar los ojos de él, quiero ver su transformación tras la osadía de mi regalo, quiero verlo poseído por la excitación al límite, quiero verlo pedirme que no pare, que lo hago delicioso... incluso ver que sus labios pronuncien palabras más fuertes… No quiero perderme detalle de su rostro descompuesto por el placer. Quiero verlo todo. Eso es lo que realmente me mueve, me aviva, me prende. 
También procuro buscar un espejo, un mueble o un cristal en el que tener un reflejo de mi propio cuerpo moviéndose ante el éxtasis, impulsado por el deseo. En una habitación, desnuda y frente a un chico, me parece que camino diferente, me plantó frente a mi amante absolutamente segura, no me escondo ni trato de omitir el fuego que me consume por dentro. Y no puedo evitarlo, tomo la iniciativa, el control, dirijo el acto sexual concienzudamente. Por unos instantes, experimento una mezcla de pánico escénico, sin embargo, logro vencerlo y hago que me vean, y una vez que siento la mirada del chico recorriendo desde mis tobillos hasta mi frente, disfruto una especie de éxito. 
Me desdoblo y siento que una es la que está ahí disfrutando porque la tocan y toca, porque la besan y besa; y otra la que goza porque observa como tocan y besan a esa otra… y a veces se imagina que es ella.
En ocasiones no me reconozco, aunque me plante frente al espejo. Muchas veces lo he puesto a él a mi espalda, a penetrarme desde atrás, sólo para poder observarme en un primer plano en el espejo. Mi rostro se transforma, la lujuria borra cualquier otro rasgo que tenga. Me escucho decir “así, muévete rico… métemelo más… dame una nalgada… que me duela…” y me parece que ni siquiera es mi voz. No sé si algo más me posee o por fin es que salgo a la vida siendo como soy.
Y me gusta verme tocarme. No a solas. No mientras me masturbo en solitario sino cuando estoy ahí con un hombre concentrado en frotar su pene contra mi vagina tan dentro le sea posible; y no se da cuenta que yo me caliento más viéndome en el espejo tocándome los senos, apretando mis pezones, viendo como se ponen duros ante la presión de mis dedos, imaginando que alguien más lo hace… un hombre, una mujer… no sé. Sólo observo meticulosamente como desde fuera de un set de cine, de un montaje fotográfico, cada escena… y observo incluso los pensamientos.
Y soy voyerista sin quererlo…
Porque te apareces y no puedo evitar observar cada uno de tus movimientos, me gusta verte. Tengo las facciones de tu rostro clavadas en la mente. Tras muchos días de mirarte incansablemente logré encriptarlas. Creo que soy capaz de evocar la textura de tus labios, puedo cerrar los ojos y verlos como se deslizan sobre los míos, como los aprisionan mientras una especie de electricidad nos obliga a buscar lenta pero deseosamente en medio de ellos para atrapar secretos que nadie más podrá conocer.
A veces estás por ahí, cerca y logró convertirme en un fantasma, me hago transparente para poder acercarme, imagino que puedo tocar tus labios, pasar mis dedos alrededor de tu boca, dibujando su perfecto contorno, como para asegurarme que existe… que existes tú. Ni siquiera te escucho, me pierdo tratando de captar tus imágenes, me embeleso con tu presencia.
No pierdo detalle de cómo te mueves y, conozco a la perfección tus brazos y tus manos; puedo evocar un abrazo tuyo y sentir como el corazón me late más rápido en cuanto nuestros cuerpos hacen contacto. Tus manos rodeando mi cintura, acercándome a ti es una de mis fantasías favoritas porque ese es el momento en que nuestra historia –larga o corta, qué importa- comienza a escribirse ¿llegará ese instante? Es muy poco probable, sin embargo, me gusta tener esta sensación, este nervio cada vez que te apareces, esta emoción cada vez que te pienso, este deseo cada vez que te evoco. 
Puedo dejar la máscara y abandonar el bajo perfil para confesar que mi imaginación ha volado, sueño despierta con nosotros desnudos, y lo que hacemos supera todo lo que he hecho… y he hecho mucho.  Pero estaría dispuesta a probar toda la infinidad que queda entre tu piel y tu saliva.
Debajo de tus camisas puedo adivinar la complexión de tus hombros, mi escena ideal te coloca a ti de espaldas a un espejo, mientras yo me observo en él besando tu piel humedecida (¿recién mojada?), es suave, cálida… se me antoja chuparla, casi morderla.
Ese andar sigiloso pero seguro me invita a pensar que así te mueves en la intimidad y he llegado a los orgasmos más deliciosos imaginando que te mueves frente a mí así, mientras distraigo mi necesidad de tenerte masturbándome.
Quiero ver tu sexo tanto como he visto tu rostro, aprenderme de memoria su textura, guardar en mi mente su olor y su sabor… lo vislumbro y me caliento. Mi sexo lo espera tanto como mi corazón, ansía poder contenerlo y llenarse con tu semen, deleitarse con la explosión de tu cuerpo,  enajenarse con tu lujuria, extasiarse hasta lo indecible, hasta lo inimaginable.
¿Llegará ese instante? Es nada probable, sin embargo, me gusta tener esta sensación, este nervio cada vez que te apareces, esta emoción cada vez que te pienso, este deseo cada vez que te evoco. 

 

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