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Revista Veintitantos

Al paraíso con mi jefe

"Verlo lamer la piel de mis pechos fue más caliente que todas mis fantasías juntas"

Al paraíso con mi jefe
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18/04/2019 | Autor: @20s
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- ¿Se le ofrece algo más señor Olivares? – solté la pregunta obligada de cada noche, mi jefe me miró, apenas levantando la vista de sus papeles y me dijo que podía irme.

Salí de la sala de juntas del hotel y caminé hasta mi habitación. Organizar convenciones era un trabajo titánico, por fortuna, sólo eran 5 al año. Además, tenía sus ventajas, Franco, mi jefe y director de la agencia de comunicación y eventos, siempre hospedaba a su equipo en hoteles de primera.

Me sumergí en el agua tibia de la tina, dispuesta a mimarme, y cerré los ojos pensando en el ‘señor Olivares’. Sí, mi jefe me gustaba. Desde sus trajes formales hasta la descuidada barba entrecana que sombreaba su mentón. Pero sobre todo, me encantaba su olor. Masculino y amaderado. ¿A qué sabrían sus labios? ¿Y qué sentiría si me besara y poco a poco deslizará su húmeda lengua por mi cuello, hasta llegar a mis senos, donde aprisionaría mis pezones con sus dientes? 

Sexo con mi jefe

 

El sonido de alguien tocando a la puerta me sacó de golpe de mi fantasía. ¡Maldito servicio a la habitación! Se me había olvidado que había pedido la cena. En menos de 1 minuto me medio sequé y me puse una bata, dejé que mi larga melena mojada cayera sobe mi espalda. Ya habría tiempo de secarla después y lo mejor, de seguir con mi fantasía de Franco haciéndome el amor. 

Abrí la puerta, pero no era el room service, sino mi demonio personal. Franco sonrió incómodo, se había sacado la corbata y desabrochado los botones superiores de la camisa, podía vislumbrar el vello de su pecho. 

-Olvidé darle las copias del itinerario, para los invitados –sin pensarlo tomé la carpeta que me extendía, mientras le sonreía nerviosa. No podía sacar de mi mente el calor de sus labios besando mi piel, aunque fuera una fantasía. Especialmente cuando me di cuenta de que Franco desviaba su mirada a mi atuendo. La bata era delgada y dejaba traslucir la punta de mis senos. Noté que al verlos, Franco se relamió los labios y eso me infundió un inesperado ataque de valentía. 

-¿Quiere pasar, señor Olivares? –susurré. 

-No es necesario, señorita Paula –contestó rudamente-. Descanse. 

Cerré la puerta, arrojé la carpeta a una mesilla e insatisfecha me metí en la cama, aquella sería una larga noche.  

Tres días después, Franco invitó a todo nuestro equipo a cenar, para celebrar el éxito de la convención. Yo llevaba un vestido negro entallado y unos tacones azul medianoche. Brindamos por el triunfo de la agencia en un evento más. Cuando nos sirvieron la cena, yo quedé sentada al lado de Franco, le sonreí con naturalidad. Los últimos tres días apenas y me había dirigido la palabra para nada que no fuera trabajo, pese a mis sutiles coqueteos. Pero cada que me veía no podía apartar los ojos de mí. Su mirada castaña y su aroma varonil me volvían loca. Sin pensarlo, rocé mi pierna suavemente con la suya, él se apartó de inmediato. Me sentí herida, tal vez había sido mi imaginación. Me juré que no volvería a mirarlo como otra cosa que no fuera mi jefe. Baile con los chicos de la oficina y brindé con ellos, bajo la atenta mirada de mi jefe. 

De regreso en el hotel terminé de empacar mi maleta. Estaba molesta, sabía que Franco me deseaba, lo notaba en la forma en la que su cuerpo reaccionaba cuando lo rozaba por ‘accidente’. ¿Por qué él no hacía nada?

Llamaron a la habitación, me dispuse a abrir, seguro era una de las chicas que quería preguntarme a qué hora salía el avión de regreso a Monterrey. Me equivoque. Era Franco. Me miró un par de segundos y después me metió al cuarto. 

-¿Qué diabl…? –comencé, pero él me calló con un beso. 

No tenía ni idea de qué le pasaba, pero la sensación de sentir sus labios calientes sobre los míos nubló por completo cualquier pensamiento. Sabía tal y como me lo había imaginado, su cálida lengua lamió la mía y noté un toque de menta. Sus enormes manos enmarcaron mis caderas y mis senos se estrellaron con su camisa, endureciéndose debajo de mi sostén. Aspire a placer su colonia fresca y varonil. 

-Llevas toda la semana provocándome –susurró contra mis labios, tuteándome por primera vez.- Paula, traté de ser decente, pero ya no puedo más. ¿Tienes idea de lo excitante que te veías en esa bata con la piel mojada? 

-¿Y por qué no entraste a hacerme el amor? –pregunté entre beso y beso. 

-Porque soy tu jefe y te llevo 16 años. 

-¿Crees que eso me importa? –gemí mientras sus labios rozaban el punto debajo de mi oreja. 

-Voy a cojerte –murmuró contra mi oído- y luego voy a hacer que gimas mi nombre una y otra vez. 

Acarició mi cuello con la yema de sus dedos y empezó a bajar el cierre de mi vestido. El sonido del ziper fue omo una melodía angustiante. La lengua de Franco comienzó a lamer mi cuello, dibujando espirales, luego descendió hasta mis pechos, donde sus pulgares comenzaron a trazar círculos en mis pezones, tensando todos mis sentidos.

-Mírame, nena –murmuró antes de desabrochar mi sostén y lamer el pedazo de piel entre mis senos. 

Sexo con mi jefe

 

Verlo lamer la piel de mis pechos fue más caliente que todas mis fantasías juntas y cuando empezó  a succionar mi pezón izquierdo sin compasión, mientras su mano pellizcaba suavemente el derecho, sentí que iba a estallar. Sin querer se me escapó un gemido. Franco volvió a aprisionar mis labios con los suyos. Bajó sus manos a mis nalgas y me presionó con fuerza contra él, nuestros sexos se rozaron por encima de la ropa. Me humedecí con la sola idea de tenerlo dentro. Moví las caderas para sentir su dureza y le zafé el saco. Franco me recuestó sobre la cama y terminó de sacarse la ropa. Su mano buscó entre mis piernas y frotó mi sexo sobre mis bragas. Lo que provocó que contuviera el aliento.  

-Estás tan mojada –susurró contra mi oído-. ¿Sabes, llevo muchos días preguntándome a qué sabes? –dijo mientras descendía y besaba mi vientre, acercándose peligrosamente a mi entrepierna-. ¿Dulce o salada?

Sus ardientes palabras me provocaron una oleada de placer. Me quitó las pantys y abrió mis piernas con impaciencia. 

-Voy a saborearte Paula –dijo separando suavemente mis pliegues y acariciando mi clítoris. Mi humedad hacía que su dedo se deslizara con facilidad. Sopló sobre la carne sensible de mi sexo y mi cuerpo se arqueó. Entonces noté algo húmedo sobre mis labios, su lengua recorría mi rosada piel, lamiendo y succionando, dando pasadas cortas y presionando mi clítoris. 

-Franco –gemí, enredando mis dedos en su cabello. Me sacudí ante los toques de su experimentada lengua, cuando sentí que sus dedos acompañaban sus caricias. Uno se coló en mi interior y mi espalda volvió a arquearse de placer. Él lo retiró despacio y lo introdujo de nuevo con suavidad. Franco acariciaba mi punto más caliente con su lengua y yo me aferré a las sábanas. La visión de Franco entre mis piernas era tremendamente excitante. Empezó a darme toquecitos en mi centro y a penetrarme con sus dedos a un ritmo enloquecedor, todos los nervios de mi cuerpo comenzaron a prepararse para el clímax, que llegó, con la lengua de Franco entre mis piernas. 

Mi jefe me miró y sonrió divertido. Un frío terrible me invadió cuando su lengua abandonó mi clítoris, pero entonces rodeó uno de mis pezones y sus dientes tiraron de él suavemente. Gimoteé, porque mi cuerpo estaba muy sensible debido al orgasmo. Mi mano tomó su miembro y acaricié  su erección cuan larga era.

-Paula –fue delicioso escucharlo decir mi nombre con la voz enronquecida por el deseo. 

Jugueteé bajando y subiendo las yemas de mis dedos por su tronco, sintiendo la dureza de su miembro, mientras él enterraba la boca en mi cuello. Froté suavemente su glande, retirando una brillante gota, lo sentí palpitar. Franco retomó el control. Tomó su miembro y lo guió a mi entrada, su glande mojado rozó mi vagina, mientras decenas de oleadas de placer me recorrían. Jugaba conmigo, acariciándome sin penetrarme hasta un punto en el que convertía en una tortura. Sentir su pene duro recorrerme era casi insoportable y volvió encender todos mis sentidos, mi cuerpo ardía por tenerlo dentro.

-¿Quieres que te lo haga lento –dijo rozándome con su glande- o rápido? 

Ni siquiera puedo responder. Cuando su miembro se hundió en mí de golpe. Jadee al sentir toda su longitud dentro de mí. El vaivén era exquisitamente placentero, comenzó un movimiento rápido, sus caderas chocaron contra las mías, mi respiración estaba agitada. 

-Nena, estás tan apretada –jadeó. Su boca encontró la mía y su lengua acarició mis labios.

Sus embestidas recorrían mi sexo por dentro, Franco entraba y salía de mi cuerpo a un ritmo enloquecedor, el bombeo era tan fuerte y preciso que sentía que iba a desfallecer. Lo rodeé con mis piernas, empujándome más contra él. Liberó mi boca y clavó sus ojos en los míos, oscuros y llenos de deseo. 

-Paula, vente para mí, quiero ver cómo te corres –gimió. 

Una espiral de placer comenzó a envolverme conforme me penetraba más y más duro, dos estocadas más y las oleadas de calor recorrieron mis terminaciones nerviosas. Mientras mi orgasmo explotó, liberando todo el placer que contenía mi cuerpo, perdí la noción del tiempo… jadee, grité y gemí, mientras con una última embestida, Franco se derrumbó sobre mí.

Días después apago mi computadora y camino a la oficina de mi jefe, no hay nadie ya, mis tacones repiquetean sobre el parqué. Llamo suavemente a la puerta y me asomo.

- ¿Se le ofrece algo más señor Olivares? – suelto la pregunta obligada de cada noche. 

Franco me mira, deteniéndose en el escote de mi vestido y sonríe ladinamente.

-Usted sabe perfectamente lo que se me ofrece, señorita Paula.

 

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