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Revista Veintitantos

Aficionados que viven la intensidad del futbol

La pasión del deporte

Aficionados que viven la intensidad del futbol
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31/05/2018 | Autor: Anónimo
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Conozco muy poco de futbol, pero por toda la fiebre de la Copa Mundial de Rusia 2018, se me ocurrió inscribirme en un equipo femenil. Me enteré que esta selección existía porque una amiga mía del trabajo, de nombre Lorena, pertenece a él. Ella me dijo que era algo muy informal y que las chicas que lo integraban jugaban principalmente por diversión y para mantenerse en forma.
El día del primer entrenamiento, me puse una playera que me quedaba un poco chica pero era la única que tenía y unos shorts que uso para correr. También me puse tacos y espinilleras, algo que jamás en la vida había usado.
Me presenté en el campo donde las jugadoras entrenan. Vi a Lorena y conocí a mis otras compañeras. Me había imaginado que tendríamos una entrenadora, pero resultó que el entrenador era hombre y, de hecho, no era nada feo.
Para empezar, soltamos el cuerpo con un poco de calentamiento y acondicionamiento. ¡Y vaya que me calenté! El entrenador personalmente ejemplificaba algunos de los ejercicios que debíamos hacer antes de que nosotras los lleváramos a cabo.
Cuando demostró cómo hacer lagartijas, no pude evitar imaginarlo desnudo sobre mí, haciendo ese mismo movimiento pero con su pene bien metida
en mi intimidad.
En otro momento, las jugadoras tuvimos que acostarnos boca arriba y mover las piernas como si paseáramos en bicicleta; todo pintaba a que sería un ejercicio ordinario sin mayor chiste. Pero mientras hacía eso, la tela de mis calzones me frotaba el clítoris de una forma sorprendentemente deliciosa. Me humedecí.
Después de un buen rato de hacer ejercicios, el entrenador nos puso a correr alrededor del campo. Por último, nos dividimos en dos equipos para jugar un rato. El mío perdió, pero como quiera me la pasé bien, porque me estaba imaginando lo rico que sería cogerme al fornido entrenador.
Cuando terminó la práctica, me armé de valor y le dije que me había divertido, pero que temía estar adolorida al día siguiente por tanto ejercicio.
Me sugirió tomar un masaje y me aventé a preguntarle si él sería tan amable de ir a mi casa a dármelo.
Aceptó y al llegar a mi hogar, le pedí que pasara a mi recámara. Una vez allí, me quité la camiseta y el bra que como era deportivo y me comprimía los senos. Cuando me lo quité, el entrenador pudo apreciar el verdadero tamaño de mis bubis. Seguro se sorprendió de ver que eran incluso más grandes
de lo que parecían.
Me di la vuelta y me agaché hacia el piso sin doblar las piernas. Así, en esa postura, me bajé los shorts y los calzones.
El entrenador dijo que le encantaban mis nalgas y por su voz noté que estaba excitado.
Además, me confesó que cuando estuve corriendo, se había fijado en cómo me rebotaba el trasero y en lo enorme que se ve.
Una vez que estuve desnuda, me acosté boca abajo en la cama. Esperaba recibir mi masaje, pero no. Sentí que el entrenador me tomaba de la cintura y me acomodaba bruscamente en la posición de perrito, con la cola bien parada.
Me abrió las piernas y sentí cómo me ensartaba el pene hasta el fondo. Me cogió súper fuerte durante un tiempo larguísimo.
Me tenía bien agarrada de las caderas y me las movía para que siguiera su ritmo. Yo solita me toqué el clítoris mientras él seguía haciendo lo suyo.
Cuando me vine, lancé un grito de placer tan fuerte como el que daría si México ganara el Mundial.
El entrenador eyaculó, unos instantes después, de manera abundante y deliciosa sobre mis nalgas.
Bueno, al principio lo único que quería era un masaje para prevenir el dolor, y lo que recibí fue más bien un delicioso masaje interno en la vagina, tan fuerte que hasta adolorida quedé. Pero ese dolorcito valió la pena. ¡Ahora me encanta el futbol y no me pierdo un solo entrenamiento!
 
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